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Las 20 preguntas a... Irene Comendador

"Hay mucho talento escondido en blogs, en páginas anónimas y escondidas en baúles llenos de escritos, en auto publicaciones. No siempre las editoriales leen lo que les llega a las manos (por desgracia) y ahí se pierden muchas obras magistrales."


Irene Comendador nació un caluroso miércoles de Julio de 1980 y se confiesa enamorada de las letras desde que tiene uso de razón. Con ocho años ya escribía sus primeros relatitos cortos de cualquier cosa que se le pasara por la cabeza. Pero no fue hasta principios de 2010 que encontró el mundo bloguero y decidió mostrar, a quién quisiera leerla, su pequeña afición.
Gratamente sorprendida de que su forma de escribir gustara, siguió haciéndolo mientras cambiaba constantemente de estilo y género, ya que le gusta innovar y perderse por cualquier sitio, con la necesidad de explorarlo.
Ha ganado algún que otro concurso en la red y ha quedado finalista en otros tantos. Resultados y motivaciones que hacen que quiera seguir en la brecha de sus líneas.
Su primera aportación al papel, y seguro que no la última, es un relato corto que la editorial Irreverentes publicará en una microantología dentro de poco. También está inmersa en un proyecto de novela, ya muy avanzado, que espera que pronto vea la luz y tenga buena acogida.
Se describe como una insomne, polifacética y alocada madrileña con ganas de vivir y una adicción que es la escritura.

Y ahora... Las 20 preguntas

¿Cuándo comenzaste a escribir? ¿Qué fue lo que te introdujo el gusanillo de la escritura en las venas?
Escribí mi primer relato corto (algo decente) a los diez años, que  por cierto mandé a un concurso de instituto y gané (el premio diez mil pesetas en libros). Me hizo mucha ilusión.
Supongo que lo que me llevó a escribir fue mi descontrolada imaginación, tengo tanto por ahí arriba que si no lo doy salida me ahoga.

¿Tienes algún truco a la hora de escribir que quieras compartir con nuestros lectores?
No tengo trucos, aunque solo puedo escribir si estoy del todo concentrada, cuando viene una idea tengo que hacerle caso en el acto. Supongo que soy muy impulsiva, hasta para eso.

¿Qué te inspira?
Cualquier cosa, una canción (sobre todo una canción), una película, conversaciones en el trabajo (trabajo de cara al publico), en general la vida cotidiana.

¿Te has enfrentado alguna vez a la página en blanco? ¿Qué hiciste para superarlo?
Si, en rachas cortas por suerte, suele coincidir con mi estado de ánimo.
Nada, dejar pasar el tiempo y retomarlo de vez en cuando para ver si ya dejaba de ser blanca esa página.

¿Qué es para ti escribir?
Desintoxicarme. Normalmente tengo demasiadas cosas en la cabeza como ya he dicho, necesito sacar las ideas, si no me atormentan.

¿Te basas en personas reales para construir tus personajes?
Pues la mayoría de las veces no (suelo escribir mucha ciencia ficción), aunque creo que todos tendemos a poner algo de nosotros en lo que escribimos.

¿Cuál es tu objetivo a la hora de escribir una historia?
Que me guste a mi misma como ha quedado, confiando siempre en que así guste también al que lee después. 

¿Prefieres escribir novela o relato?
Los relatos cortos me resultan más fáciles, obviamente por el tiempo empleado en ellos, pero escribir algo mas extenso también tiene su gracia.

¿Qué es lo más difícil de escribir una novela?
Siempre digo que lo mas complicado es darle sentido al texto, mantener la intriga y la calidad en cada pagina; se tiende a dejarse llevar por la historia, eso hace que en ciertos párrafos lo que cuentas pierda la gracia o importancia que al principio querías darle.

¿Tienes algún tipo de manía al escribir?
Necesito silencio, estar concentrada, hay gente que escribe con música que le pueda sugestionar, a mí en cambio me despista el sonido.

¿Escribes con papel y bolígrafo o con ordenador?
La lentitud del bolígrafo me desespera, cuando quiero escribir el final de una frase ya se me ha olvidado, por eso siempre escribo con el teclado.

¿Lo tienes todo bien atado cuando comienzas a escribir una historia o prefieres ir improvisando sobre la marcha?
El groso de la historia quizás ya le tenga en mente, pero muchas veces cuando termino de escribir no tiene nada que ver con lo que en un principio pensé. Incluso hasta llegar a tener que cambiar partes del principio para que sean coherentes con las del final.

¿El escritor nace o se hace?
Bajo mi punto de vista las dos cosas, unos nacen ya con ese gen bajo el brazo, y les cuesta “menos” plasmar lo que quieren; otros en cambio se van puliendo con el tiempo, al fin y al cabo escribir es un arte y estudio, donde siempre se puede mejorar. En cambio para tener imaginación al crear historias hay que haber nacido con ella.

¿Cuánto tiempo pasa desde que se te ocurre una historia hasta que terminas una novela?
Depende de lo larga que sea. En el caso de los relatos cortos puedo escribirlos en un rato, corto, y luego repasarlos unas cuantas veces para ver si quiero cambiar algo. En novelas largas, pues la ultima que escribí tiene unas 140 páginas y he tardado tres meses, es algo compleja, con muchos personajes y gran cantidad de información, por lo que no sé cómo sería crear otro tipo de novela. No soy rápida en esto de escribir, o quizás no disponga del tiempo necesario para dedicarle. (Cosas de trabajar tanto)

¿Alguna vez has pensado en tirar la toalla? ¿Por qué decidiste no hacerlo?
Todos los días. Pero no podría dejar de escribir, tal vez dejar de enseñar lo que hago sí, aunque seguiría escribiendo para mi misma. Esto es una droga dura para mi organismo.

¿Crees que los autores noveles están “marginados” hoy día?
Pues no. Las cosas han cambiado muchísimo con esto de Internet, los blogs y demás conductos para mostrar lo que haces. Hoy en día cualquiera (tenga talento o no) puede exponer su trabajo al mundo, otra cosa es que las editoriales lleguen a interesarse por la mercancía. Creo que la suerte que tenga cada uno juega un gran papel en ese tema.

¿Cuál crees que es el mayor error de un escritor?
Lo que vulgarmente se llama “subírsele a la cabeza el éxito” Muchos grandes (y pequeños) escritores han decaído en sus obras con el tiempo, por pensar que cualquier cosa que sale de sus manos es un best seller, y no es así, hay que currárselo mucho para conseguir calidad.
Pero el caso contrario también es un problema, los escritores que se ponen barreras, que se autocensuran por “el qué dirán”. A mi este ultimo error me está costando mucho salvarle, pero poco a poco lo estoy consiguiendo.

¿Piensas que hace falta publicar con un gran sello para que el lector disfrute con la lectura?
Para nada, hay mucho talento escondido en blogs, en páginas anónimas y escondidas, en baúles llenos de escritos, en auto publicaciones. No siempre las editoriales leen lo que les llega a las manos (por desgracia) y ahí se pierden muchas obras magistrales. O escritores que ni siquiera se plantean mandar sus creaciones a las editoriales por el miedo al rechazo.

¿Quién se esconde tras el autor?
Pues se esconde todo y a la vez nada (me explico) Un autor refleja en su trabajo todo lo que lleva dentro, muestra su alma y lo deposita en “papel” para que el resto lo admire, pero al tiempo se oculta tras ese velo que desprenden las letras, tras esa capa de fantasía, leyenda o utopía que creas al plasmar algo irreal, tu otro mundo paralelo. (No sé si me he explicado bien ¬¬)

¿Qué genero/s te gusta escribir? ¿Por qué?
Los escribo casi todos, me gusta tocar todos los palos, incluso diría que me cuesta estar demasiado tiempo escribiendo sobre lo mismo (es por eso lo de mi preferencia a los relatos cortos, cambiando de genero con más facilidad) Supongo que la ciencia ficción es el que más me gusta, y en todos sus vertientes, ya sea terror, fantasía, romanticismo, erotismo o incluso pornografía (que quien me conoce sabe que también hago mis pinitos) Pero como ya digo, cualquier cosa que mi cabecita haya programado para ese día, ella al fin y al cabo es la que decide por mi.


Un placer responder a estas preguntas y esperando que le haya quedado al lector satisfecha su curiosidad. Un beso y hasta pronto. 


Podéis encontrar a Irene Comendador en su blog : http://irenecomendador.blogspot.com/
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Fragmento de comedia romántica

Parece que la decisión de tomármelo con más calma y disfrutar de la literatura ha dado sus frutos. Ayer hice un pequeño alto en las aventuras de Tom Randall para escribir algo que llevaba muchísimo tiempo rumiando: una novela romántica. No, no he escrito la novela entera, solo un pequeño fragmento, para ver cómo se me da esto de hacer reír al personal. Aún no tiene nombre, es sólo una prueba. Algo así como el episodio piloto de una serie, que luego tal vez cambie, una toma de contacto. Os lo dejo aquí abajo para que lo leáis y me deis vuestra opinión. Sed sinceros, por favor. Necesito saber si tengo un ápice de talento para la comedia.

Me llamo Ricardo Castilo y sí, soy escritor. Hace poco publiqué mi cuarto libro, “El tesoro de la Atlántida”, una novela de aventuras, acción y amor. Estoy muy contento con ella. Me ha dado muchas satisfacciones. Una película basada en ella en marcha, traducción a un montón de idiomas y mucho, mucho dinero.
Pero no todo ha sido siempre así. Hubo un tiempo en que mi carrera de escritor estaba estancada… perdida y absolutamente estancada. Después de doce años escribiendo novelas de terror y fantasía sin lograr siquiera que me publicaran tuve que caer bajo. Muy, muy bajo. Escribí una novela romántica.
No os equivoquéis. Me gustan las novelas románticas, pero para los demás. Yo prefiero la sangre, los dragones y los magos. Pero desgraciadamente, el mundo editorial no entiende de aficiones y gustos. Se vende lo que se vende. Y en aquella época se vendía la novela romántica. Esos libros que vemos en las estanterías de los centros comerciales con mujeres medio desnudas en actitud desafiante. Nunca pensé que un libro mío tuviera una cubierta como esa, pero lo cierto es que la tuvo.
Y fue precisamente con esa portada, cómo comenzó la historia de cómo llegué a ser un escritor consagrado.
Con esa portada y con una frase que tuve la desgracia de escuchar en más de una ocasión.
  
—Sinceramente, su libro no me gusta. El argumento es predecible y repite palabras con demasiada alegría.
Yo asentí con una sonrisa, mientras extendía la mano para coger de manos de mi interlocutora su ejemplar de Rosas al viento, mi primer libro publicado. Era una mujer ya entradita en años y en carnes, con un cabello blanco que caía en bucles hasta las hombreras de su chaqueta rosa. Todo ello rematado con un tocado amarillo de dudoso gusto. Me fascinaba su sinceridad.
—Y dígame, señora… —quise saber su nombre, mientras cogía la pluma y me disponía a firmar el ejemplar.
—Mariposa.
—¿Mariposa? —pregunté carcajeándome por dentro—. ¿En serio? ¿Señora Mariposa?
—Sí ¿no le gusta?
Yo me incliné hacia un lado para mirar la pequeña cola que había a la espera de una firma y una dedicatoria. La editorial había gastado más dinero en el vaso de agua que descansaba sobre mi mesa que el que podría ganar con las ventas de mi libro. Al menos ese día.
—Sí, claro —respondí, educado—. Es… impredecible y no se repite demasiado. Dígame, Señora… Mariposa. Si no le gusta el libro ¿por qué está aquí?
—Los que diseñaron la cubierta hicieron un buen trabajo.
Yo ojeé por enésima vez la portada de mi libro. Un hombre con el torso al aire marcaba pectorales y abdominales, mientras una mujer semidesnuda yacía en un suelo de piedra con actitud desafiante.
«Escribe novela romántica», me dijo Juan, mi mejor amigo y editor. «Verás como las vendes como rosquillas». Sí, y un huevo.
—Sí, bueno —esbocé una amplia sonrisa, falsa como un billete de treinta euros—. Quisieron ponerme a mí, pero me negaba a ser la pasión masturbatoria de viejas con nombre de insecto. Aquí tiene su dedicatoria.
Le tendí el libro cerrado antes de que la mujer pudiera replicar y, con un movimiento de cabeza, le indiqué al siguiente de la fila que pasara. La señora Mariposa se alejó de la mesa con expresión derrotada. Seguro que estaba acostumbrada a decir la última palabra. La imaginaba en su casa, puteando a diestro y siniestro a su pobre marido, posiblemente un hombre delgado y con cara de gilipollas.
Sonreí para mis adentros al imaginar la cara que pondría, cuando viera lo que había plasmado en la primera página del libro, escrito con elegante letra y firmado por el “gran” Ricardo Castillo.
La siguiente en la fila era una muchacha de unos veinte años. Guapa como ella sola. Volví a sonreír, esta vez de verdad, sin fingir.
—Hola —saludé—. ¿Cómo te llamas?
—Violeta.
—¿Violeta? —reprimí la risa con un carraspeo—. ¿Estás de coña?
¿Es que aquél día todo iba de naturaleza? Ya tenía una mariposa y una violeta. ¿Habría alguien por ahí detrás que se llamara fotosíntesis?
—No, para nada. Yo… —Violeta esbozó una sonrisa triste.
—No, no te preocupes. Sólo estaba de broma —me apresuré a decir—. Es que había una mariposa por aquí y… Bueno, da igual. ¿Te gustó el libro?
—No lo he leído aún, pero me han hablado muy bien de él.
El mundo se me vino abajo. O no lo habían leído o no había gustado. ¿Qué demonios estaba haciendo allí?
—Bueno, vamos mejorando —dije, intentando ver el vaso medio lleno—. Al menos aún no te parece predecible.
Pensé un momento. Quería escribirle a esa muchacha una dedicatoria original, algo que la animara a leer el libro en cuanto llegara a casa. Pero en aquellos momentos, con la cabeza completamente aletargada, la única rima que se me ocurría con Violeta era teta. Y no, no iba a hablarle de tetas a esa chica.
—¿Sabes qué? —exclamé de repente—. No se me ocurre nada. Me he tirado escribiendo este libro un año. Y ¿para qué? Para que una vieja con nombre de bicho me diga que repito palabras y para que una belleza como tú venga a que le firme sin haber leído el libro. Apuesto a que no tienes ni idea de qué va y sólo lo has comprado porque te sobra el dinero y el tío de la portada está bueno.
—Bueno —Violeta pareció violenta con mi reacción, pero me sentí bien al desahogarme—, reconozco que la portada es bonita y que el hombre…
—¿Ves? Mira, vamos a hacer una cosa —le propuse mientras abría el libro y comenzaba a escribir—. Te voy a dejar mi teléfono y, si te apetece, me llamas un día y te hago la dedicatoria entonces, a ver si se me ha ocurrido algo interesante. ¿Te parece?
—¿Me está pidiendo una cita? —preguntó ella resplandeciente.
—No. Te estoy pidiendo que te largues, te leas el libro y, si te gusta y quieres una dedicatoria, me llames.
Violeta se marchó por el mismo camino que había cogido la señora Mariposa. Había llegado a la conclusión de que lo único bueno que había en mi libro era la portada. Un tío y una tía supermacizos a punto de darle alegría al cuerpo. Eso no era literatura.
El siguiente en la cola avanzó con paso dubitativo. Seguro que había escuchado mis últimos comentarios y estaba asustado. Le saludé con un brusco movimiento de cabeza. Era un muchacho que superaría en días los dieciocho años. Gafas de culo de vaso y espinillas que cubrían cada milímetro de su epidermis como si de la superficie lunar se tratara. Me sentí un poco extraño. No terminaba de entender qué hacía un espécimen como aquél en la sesión de firmas de una novela romántica. Lo imaginaba más bien jugando a algún juego de rol con sus compañeros de facultad. Simplemente no encajaba. Cuando habló lo comprendí:
—Yo sólo quería preguntar si sabes quién es la modelo de la portada —dijo con decisión.
Eso ya fue demasiado para mí.
—¡Es un dibujo! —exploté levantándome de la silla, provocando que el vaso de agua, que era el único beneficio que iba a tener la editorial ese día, se derramara salpicando las zapatillas Nike del muchacho—. ¡Un puto dibujo! ¡Sólo son píxeles! ¡No existe! ¿Tan difícil es de entender? ¿Es que nadie le presta atención al puñetero libro?
En ese momento, los encargados de la pequeña librería del centro de Málaga en el que estaba firmando los libros, me miraron con expresión adusta. Mosqueados. Lógico. Pero era lo que había. Yo había ido allí a firmar libros, con todo mi cariño y dedicación. Y ¿qué me encontraba? Una panda de estúpidos que tenían más interés por los turgentes pechos de la chica de la portada que por las letras escritas en las páginas.
—¡Oye! —llamé a los encargados—. ¿Para la próxima por qué no llamáis al ilustrador? —les pregunté lleno de rabia.
Sin decir una palabra más me levanté para marcharme. No sin antes tropezar con la mesa y provocar que los libros cayeran al suelo sin ton ni son. Tuve tan mala suerte que uno de los ejemplares empujó el gran cartón que había junto a la mesa, en la que se reproducía, a tamaño natural, la portada de las narices. El cartón cayó, empujando a su vez una estantería, repleta de copias de Rosas al viento.
Tras el alboroto provocado se hizo el silencio. Todos me miraban. Yo sentí que mi rostro se ponía colorado como el culo de un mandril. Pero me recompuse. Con un digno movimiento, estiré la camisa para ponerla lo más lisa posible y esbocé una amplia y seductora sonrisa.
—Ya les avisaré cuando haya otra presentación —les confirmé—. Prometo que traeré al ilustrador y a la tía buena de la portada.
Todos seguían en silencio, mirándome boquiabiertos, pero yo no olvidé mis buenos modales ni un instante.
—Que pasen buena tarde.
Y me fui.

La noticia de mi espantada en la firma de libros corrió como la pólvora por internet. Facebook, Twitter, Myspace, incluso vi algún que otro video corto en Youtbe. Desde mi flamante Iphone 4 vi imágenes mías, fuera de mí. Mi rostro parecía el de un orco sacado de El señor de los Anillos.
Sonreí mientras daba buena cuenta de mi vaso de Acuarius. Había sido un poco cabrón, debía reconocerlo. Pero bueno ¿acaso Pérez-Reverte no es un poco cruel a veces? ¿Por qué no yo? La respuesta me vino pronto. Porque yo no era Pérez-Reverte. Yo no había publicado Las aventuras del Capitán Alatriste, ni El club Dumas o La piel del tambor. Yo era Ricardo Castillo, autor de una novela romántica de mala muerte llamada Rosas al viento. Joder, hasta el nombre era demasiado dulce. Engordaba solo de escucharlo.
En aquellos momentos, bebiendo mi refresco en un bar, muy alejado de la librería donde había intentado firmar mis libros, me encontraba tranquilo. La imagen de portada había sido el detonante, pero no era sólo eso. Era el título, el género, todo… Odiaba ese libro y todo lo que representaba. ¿Por qué? Pues porque me gusta escribir. Pero escribir lo que yo quisiera.
El hecho de meterle mano a una novela romántica fue solo una cuestión comercial. Yo suelo escribir fantasía, terror, aventura… pero eso no vende. Sin embargo, una novela con la imagen de una tía medio en bolas es éxito asegurado. Por eso lo hice. Y por eso también tenía ganas de colgarme de los pies en una farola cualquiera de la ciudad y dejar que me azotaran sin compasión.
Estaba mirando una imagen en la que salía yo con cara de orco frente a la muchacha bonita… Violeta. Y de pronto, la imagen del orco desapareció para ser sustituida por la de Juan Andrades, mi editor y mejor amigo. El culpable de que yo hubiera escrito Rosas al viento. Automáticamente, Highway to hell de ACDC comenzó a sonar por el altavoz del teléfono.
Con una mueca, descolgué.
—Ehh —fue mi saludo.
—¿Así es como quieres vender? —me preguntó Juan—. ¿Llamando pervertida a una vieja y pidiéndole una cita a una chica?
—No llamé pervertida a nadie, ni le pedí una cita —reflexioné un momento—. Aunque lo hubiera hecho.
—¿Ah no? ¿Y qué dirías que es una dedicatoria que dice: A la señora Mariposa, para que me olvide cuando se toque la cosa? Firmado, Ricardo Castillo.
—¿Una broma? —contesté con expresión ausente alzando de nuevo mi vaso de Acuarius.
—Ya. Oye ¿tienes fuerzas para una noticia más?
—¿Tiene algo que ver con una tía y un tío medio desnudos?
—En cierto modo sí. ¿Tienes El sur a mano?
—¿El sur de España?
—No, idiota, el periódico.
Esbocé una sonrisa traviesa. Me encantaba dar la tabarra a Juan cuando se me presentaba la oportunidad. Busqué con la mirada al camarero que iba de aquí para allá, sirviendo copas:
—Perdona —le llamé cuando lo tuve cerca—. ¿Tienes por casualidad El sur por aquí?
El chico me tendió el periódico, que tenía guardado bajo la cafetera y, cuando lo tuve delante volví a hablar por mi teléfono:
—¿Qué pasa?
—Página veinticinco. ¡Pero no lo leas aún! —me advirtió antes de colgar.
Yo, como no podía ser de otro modo, le ignoré y busqué la página. Cuando leí la primera frase grité:
—¡Mierda!
—Te lo dije, tío —dijo una voz a mi espalda—. No lo leas aún.
Juan estaba tras de mí, con su eterna sonrisa de pillo y su cabello negro perfectamente engominado. Iba trajeado, como solía ser habitual en él. El muy capullo debía de haber estado hablando conmigo mientras iba hacia el bar. No era difícil para él saber que yo estaba allí. Pasaba más tiempo en aquél pub que en mi propia casa.
—¿Por qué me haces esto, Juan? —le pregunté fuera de mí—. ¿No ves el día que llevo?
—Eso es relativo, amigo. Realmente no lo he visto, no he estado contigo —emitió una risita—. Aunque me hubiera encantado ver cómo le metías caña a la señora Mariposa.
—Rosas al viento es tan mala, patética y aburrida como excitante es su portada —leí—. ¿Quién demonios ha escrito esto? ¿Y qué carajos tiene esa maldita portada?
—Bueno, la chica está bastante buena ¿no?
—Lucía Ramírez —dije rumiando cada silaba de aquél nombre. La mujer que había escrito la primera crítica de la novela; la mujer que la había puesto a parir—. Seguro que no tiene ni idea de literatura y no ha leído un libro en su vida.
—Bueno, yo no apostaría mucho por eso, colega —Juan se sentó a mi lado y pidió un whiskey con cola—. Tiene un carrerón y tres novelas en el mercado.
—Será fea.
—No, está como un tren.
—Y vive con cinco gatos y sin amigos.
—Mil quinientos cincuenta y tres amigos en Facebook. ¿Te has desahogado ya?
—Olvídame, me voy a casa. Sólo quiero acostarme y dormir.
Cuando me estaba dando la vuelta, Juan se levantó de su asiento y me impidió el paso.
—¿Pero qué dices? La noche es joven y sí, has tenido un mal día. Pero acostarse no es la mejor manera de olvidarlo —pareció meditar un momento—. A menos que te acuestes con la de la portada, eso sería otra historia.
—Juan…
—Vamos a hacer una cosa. Quédate conmigo media hora. Si no consigo que la noche mejore te vas a llorar por lo terriblemente desgraciado que eres y lo buena que es la portada. ¿Qué me dices?
Yo le miré, sopesando la idea de hacerle caso o no. Y entonces la vi. Apareció por la puerta, justo tras el hombro de mi editor, que seguía diciendo algo que no alcanzaba a oír. En aquellos momentos sólo existía ella. Los mismos ojos, la misma mirada desafiante, los mismo turgentes senos…
—No me lo puedo creer —me lamenté—. Es ella.
Mi amigo se giró cuando me escuchó y su mirada se quedó tanto o más prendada que la mía.
—¿Ves? Te lo dije —le oí decir—. La noche mejoraría.
Sí, amigos. Justo frente a mí, en medio de toda aquella gente, se hallaba el origen de mis problemas, la mujer más bella que había visto en mi vida.
La mujer que aparecía en la maldita portada de mi maldito libro.





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Reseña. Juego de alas Vol. 1, de Fernando Trujillo y César G. Muñoz

LIBRO PUBLICADO EN AMAZON BAJO EL NOMBRE DE LA GUERRA DE LOS CIELOS. VOL. 1
Las novelas blog (o blognovelas) son un fenómeno que está proliferando mucho últimamente en internet. El poder leer una historia al ritmo que el autor la va escribiendo es una oportunidad fantástica. Algo parecido a ver una serie de televisión. Y no sólo es bueno para los lectores. Los autores tienen la oportunidad de mostrar al mundo su trabajo y, con un poco de suerte, una editorial podría interesarse por él. Eso les sucedió a Fernando Trujillo y a César G. Muñoz.
Yo empecé a leer esta novela en su fase de internet. Por desgracia lo pillé al final. Cuando iba a empezar el tercer o cuarto capítulo me encontré con un post que se titulaba “Contacto editorial”, y de un plumazo habían volado todos los capítulos. Pero la historia había hecho bien su trabajo y no me pasó como me pasa con otras novelas, que poco a poco voy olvidándome de ellas. Esta se quedó grabada a fuego en mi mente y, de vez en cuando buscaba en internet algo sobre ella. 
Y un día, por fin, sin previo aviso, se publicó. Y es que creo que no me quedo corto al afirmar que esta es una de las mejores novelas que he leído, y he leído mucho. Eso de que los españoles no somos buenos con la fantasía se queda en un mero tópico cuando leemos Juego de alas, de Fernando Trujillo y César G. Muñoz. 
De entrada nos encontramos con un epilogo de infarto, que nos muestra como el mundo cambia de pronto por la Onda, un extraño suceso que provoca el caos en todo el planeta. Varios años después, el mundo ha cambiado por completo. Una extraña niebla que no se mueve y en la que la gente desaparece para siempre, ha ocultado pequeñas o grandes porciones de la tierra.  Todo es distinto y, en esa situación, Rick, un militar condenado a muerte, recibe la oportunidad de salvarse si atraviesa con un grupo de cien soldados un extraño portal que lleva a otro mundo.
A partir de aquí comienza un desfile de personajes, a cada cual más carismático. Podemos meternos en la mente amnésica de Raven, un pobre hombre sin recuerdos, con extraños poderes que ni él sabe de dónde han salido y perseguido por extraños individuos. El resto de los personajes es mejor no comentarlos pues en ellos reside lo original de la propuesta de Juego de alas y sería destripar indiscriminadamente la trama.
El argumento da giros insospechados en el lugar menos esperado y, poco a poco, se van uniendo las piezas de ese rompecabezas en el que se ha convertido el planeta entero. Así nos damos cuentas de que la Niebla, los poderes de Raven y el portal que tiene que atravesar Rick no son más que la punta del iceberg.
Hay que comentar también la cuidada presentación de la novela. En Juego de alas, la editorial Mundos épicos ha hecho un buen trabajo. Empezando por una portada estupenda en la que se aprecia perfectamente el terror y la angustia que siente Raven al ser perseguido y atormentado, y la ciudad de Londres envuelta en la siempre eterna Niebla. Y terminando con la maquetación interna de libro. Todo un lujo para nuestros ojos.
Todo en esta novela es bueno. Empezando por la originalidad de su propuesta y terminando en la credibilidad de los personajes. Una vez más, los autores españoles nos han demostrado que son capaces de escribir novelas de fantasía iguales, o mejores, que las anglosajonas.

Podéis leer la reseña original en Fantasymundo, aquí.

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Fernando Trujillo

Conocí a Fernando Trujillo cuando comenzó a subir en un blog una novela coescrita con Cesar G. Muñoz, Juego de alas. Una historia de fantasía, ciencia ficción, suspense... (la jodía novela lo tenía todo). Es una de las pocas blog novelas que me han mantenido pegado a la pantalla del ordenador, leyendo capítulos. Afortunadamente, una editorial se interesó por ella y dejaron de subirla. Cuando me entere que el libro salía a la venta tuve que pedirle a los chicos de Fantasymundo que me la consiguieran. Me había quedado con la intriga y no estaba dispuesto a quedarme sin saber como terminaba la historia. 
Desde entonces he leido algo más de él: Blanco y negro y La prisión de Black Rock. Y puedo decir que es uno de mis escritores favoritos. Su estilo es dinámico y fresco. Conforme lees te da la sensación de que su prosa surge de forma natural. Los diálogos, el guión, todo es perfecto en sus libros.
Sus historias te atrapan desde la primera página y no te sueltan hasta el final. A día de hoy, Juego de alas es una de mis novelas favoritas. Blanco y negro me sorprendió por lo interesante de su propuesta y por el carisma de los personajes. Si leéis Blanco y negro, atención con los pintorescos personajes de Tedd y Todd. No tienen desperdicio.
Además de buen escritor, en cierto modo, Fernando se ha adelantado a su tiempo.Vende sus novelas en formato electrónico a través de Amazon. Y la verdad es que le está yendo bastante bien. Cinco mil copias en menos de un año es una cifra nada desdeñable.
Además, poco a poco, su camino literario en Amazon está subiendo. Comenzó publicando en electrónico, ahora también da la posibilidad de comprarlo en papel. Por si esto fuera poco, está traduciendo sus obras al francés y al inglés.
Por eso admiro a Fernando. Por escribir de puñetera madre, por dejarme leer sus novelas y regalarme muchos ratos de entretenimiento y por desmarcarse del resto y probar algo que los demás escritores no somos capaces.
En este enlace podréis ver los libros que tiene a la venta en Amazon y, si queréis saber qué tal le va en su incursión en Amazon y conocerle un poco más, podéis visitar su blog El desván de Tedd y Todd.


Hablando un poco de mí, sí, tarde o temprano le meteré mano a Amazon como Fernando. Por probar más que nada. Ya sabéis, soy un culo inquieto. 
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Adelanto de Quinox, el ángel oscuro 3: Eternos

Portada diseñada por Andrea Saga

Nueva York

La cafetería Starz, en pleno corazón de Manhattan, estaba medio vacía aquella noche. Dos hombres, sentados a la barra, mantenían una acalorada discusión sobre el último partido de los Yankees y varias personas más comían algo, acomodadas en los cómodos asientos que estaban pegados a la ventana. Desde allí se veía desfilar las luces que emitían los faros de los coches al pasar por la carretera cercana. Por lo demás todo estaba en silencio.
Miah suspiró fastidiada. Eso era lo que menos le gustaba de su trabajo. Los turnos de noche eran silenciosos y soporíferos. Tanto que, al desviar un momento su mirada de los ventanales que daban a la calle, comprobó que Alex, su jefe, estaba sentado en una silla, con el respaldo apoyado en la pared, haciendo unos crucigramas.  Y ella allí, fregando unos platos como una estúpida.
La puerta silbó cuando alguien entró en el local. La muchacha alzó la cabeza para mirar al recién llegado y se encontró con un hombre alto y apuesto. El hombre más guapo que había visto en su vida. Alex apenas separó los ojos del crucigrama. Estaba claro que tendría que ser ella quién se encargara de atender al cliente. Algo que, por otro lado y mirándolo bien, tampoco era una catástrofe.
Así que, Miah dejó los platos en el fregadero, se limpió las manos y se acercó al hombre, que la miraba desde el otro lado de la barra.
—Buenas noches —saludó ella mostrando la mejor sonrisa que tenía—. ¿Qué desea?
El desconocido la observó un momento con unos ojos perfectamente azules y una medio sonrisa que estuvo a punto de hacer enrojecer a Miah. Ella se sorprendió de captar tanto su atención pues no se consideraba precisamente una belleza. Con sus ojos negros, que contrastaban con su piel extremadamente blanca y su silueta delgada y desgarbada, no atraía demasiado la mirada de los hombres.
Sin embargo, el que tenía delante la estaba repasando centímetro a centímetro.
—Esta noche tengo hambre —dijo al fin el recién llegado—. ¿Qué tal un buen plato de chorizo con huevos fritos?
Miah miró la hora. Las cinco de la mañana. No era mala hora para cenar, si habías estado toda la noche de marcha. En Nueva York eso no era extraño. En aquella ciudad podía suceder cualquier cosa.
—¿De beber? —preguntó mientras pasaba el papel con la comanda por un hueco practicado en la pared que daba a la cocina.
—Café —repuso él—. Aún queda noche por delante.
Ella rió ante el comentario.
—Amigo, son las cinco de la mañana —Miah pulsó el botón que pondría en marcha la cafetera—. Dentro de poco se hará de día.
—No me refiero eso. ¿Cómo te llamas?
Ella se sorprendió ante el cambio repentino de conversación pero, en cierto modo, se sintió halagada. No todos los días un hombre tan apuesto le preguntaba su nombre. De hecho, nunca lo hacían.
—Miah —susurró mientras colocaba la taza de café en la barra.
—Bonito nombre —concedió él al tiempo que cogía la taza y le daba un largo trago.
La muchacha tuvo que contener un gesto. El líquido estaba recién salido de la cafetera, ardiendo. Sin embargo el hombre no pareció acusar la temperatura en su garganta.
—Y dime, Miah ¿Qué hace una chica como tú en una cafetería a las cinco de la mañana?
—Bueno… trabajo aquí.
Él respondió con una preciosa sonrisa.
—Ya, pero no me refería a eso.
—Digamos que no he tenido suerte. Este trabajo me permite, al menos, pagar el alquiler.
El desconocido miró tras Miah, directo hacia Alex, que seguía enfrascado en su crucigrama.
—Sin embargo, parece que aquí todo lo haces tú ¿verdad?
Ella también observó a su jefe y luego miró al hombre.
—Es el jefe, supongo que puede permitírselo.
—Sí, es lo que tienen los jefes.
—¿Cómo te llamas? —quiso saber ella, envalentonada por la agradable conversación que estaban teniendo.
En ese momento, la puerta volvió a silbar. Un hombre y una mujer entraron en el local y pasearon la mirada por todo el lugar. Miah sintió un ramalazo de envidia al ver la perfecta figura de la recién llegada. Era preciosa. Por suerte, iba acompañado de un hombre, no menos perfecto, y seguro que la atención del desconocido que tenía delante no se vería desviada hacia ella. Parecía que esa noche se concentrara en el Starz una reunión de modelos o algo parecido.
—Disculpa —se excusó ella—. Voy a atenderles y ahora vuelvo.
De pronto, el hombre extendió un brazo y la agarró de la mano, obligándola a volverse.
—No deberías estar aquí —le dijo en un susurro—. Vete, por favor. Es muy peligroso.
Y sin esperar contestación, se levantó y se giró para enfrentarse a los dos recién llegados.
—Siriel… Baal’ zam —dijo a modo de saludo—. Estáis últimamente muy pesados.
—Estamos hartos de tu equilibrio, Núcleo —repuso la mujer.
—Ah, pero os conocéis —comprendió Miah tras la barra—. ¿Deseáis algo? —añadió intentando hacerse ver tras la espalda del cliente.
—Te he dicho que te vayas, Miah —dijo este. Luego volvió a prestar su atención al hombre y la mujer—. Será mejor que os vayáis, sabéis lo importante que es mi papel. Baldur puede volver en cualquier momento.
El hombre tomó la palabra al fin, acercándose a aquél al que habían llamado Núcleo.
—Baldur hace cientos de años que no aparece, Marlen. Posiblemente esté perdido en cualquier dimensión. Bien lejos de aquí.
Así que se llamaba Marlen, pensó Miah. No era un nombre excesivamente bonito para un hombre, pero le valía.
—Disculpad —intervino—. Podéis seguir hablando de… lo que sea de lo que estáis hablando. Pero decidme qué queréis y os lo traeré.
Baal’ zam apartó la mirada de Marlen para posarla en la muchacha.
—No te metas donde no te llaman, niña.
—¿Cómo se atreve? —por fin, Alex se había desentendido de su crucigrama y se acercaba a grandes pasos a Baal’ zam—. Pídale disculpas a la señorita ahora mismo —ordenó.
El hombre hinchó las narices en un gesto de fastidio y enfado. La mujer se apresuró a colocar una mano en su hombro para tranquilizarle.
—No hemos venido aquí para esto —dijo.
—Estos malditos humanos… —susurró Baal’ zam.
—¿No has escuchado lo que te he dicho? —Alex empujó ligeramente al hombre para intentar captar su atención—. No puede llegar aquí insultando a mis empleados, no…
Su voz se quebró de repente. Alex clavó los ojos en el hombre que tenía delante y luego fue desviando su mirada hasta el rostro de Miah. Y entonces su boca comenzó a chorrear sangre. Miah gritó cuando comprobó que el brazo de Baal’zan estaba hundido hasta el codo en el estomago de su jefe. Cuando este extrajo el brazo, el cuerpo inerte de Alex cayó al suelo como un fardo, dejando una mancha carmesí que iba creciendo a cada instante.
Y entonces llegó el caos. Marlen atacó primero golpeando en el cuello de Baal’ zam y apartándolo momentáneamente de su lado. Siriel dio un salto y se abalanzó sobre él, que logró esquivar el golpe por poco y alejarse lo suficiente.
Todos en el Starz gritaron. Varias de las parejas que comían algo tranquilamente saltaron de sus asientos y corrieron a la salida. La discusión sobre el último partido de los Yankees pasó a un segundo plano, de repente, y los dos hombres lanzaron varios alaridos al aire y siguieron los pasos de las parejas, pasando por encima del cadáver de Alex.
Miah, por su parte, al ver la cruel e inexplicable muerte de su jefe, se agachó horrorizada para protegerse con la barra. Aunque algo le decía que nada podría salvarla de un hombre que había atravesado el cuerpo de otro, solo con ayuda de su brazo.
La batalla no se hizo esperar. Al otro lado de su parapeto, la muchacha escuchó golpes y maldiciones. Una lluvia de cristales cayó sobre ella, sin duda provenientes de los vasos que aún quedaban sobre la barra cuando Marlen llegó. Ella se arrastró por el suelo, intentando protegerse la cabeza con los brazos pues comenzaban a caer cascotes de piedra del techo. Y entonces, se escuchó el aleteo.
Era como el sonido que hace un águila al alzar el vuelo, pero más alto. Mucho más potente. El ruido se dejó oír y, al poco tiempo, varios sonidos iguales se le unieron. Y se hizo el silencio.
Miah intentó escuchar algo a través de la quietud que se había apoderado del Starz, pero no oyó nada. Nadie hablaba, únicamente algún cristal al caer sobre el suelo, daba algo de realidad a la escena.
La muchacha se limpió los mocos que caían de su nariz e intentó recuperar la calma. Ya había pasado todo, se decía. Cerró los ojos, deseando que cuando volviera a abrirlos, todo fuera como antes. Pero no fue así. La luz parpadeante del local seguí allí, vibrando de manera desquiciante.
Al fin, haciendo acopio de la poca valentía que tenía, Miah se levantó lo justo para asomar los ojos sobre la barra. Lo que vio terminó por desmontarla. Marlen estaba apoyado contra la única pared del local que no tenía ventanas. Estaba elevado varios centímetros del suelo, clavado al cemento por una espada, brillante y pulida, que penetraba en su hombro y que surgía del brazo de Baal’ zam. Además, Miah comprobó aterrorizada que, tras la espalda del asesino surgían dos enormes alas parecidas a las de un cisne. Y Siriel no se quedaba atrás.
Al principio, la mujer parecía estar fundida con la oscuridad pero, al moverse, Miah la vio. De su espalda también surgían alas. Dos preciosas y enormes alas de cisne.
Las dos figuras aladas ignoraron por completo a la muchacha. Siriel se acercó al cuerpo moribundo de Marlen y clavó sus ojos verdes en los de él.
—No teníamos que haber llegado a esto —dijo—. Podíamos habernos unido.
—Sabes que eso no es posible —susurró Marlen con la voz entrecortada—. El equilibrio…
—El equilibrio sólo es un invento.
—Deja de hablar con él —intervino Baal’ zam moviéndose para que su espada saliera de la carne de la víctima—. ¿Quién será tu sucesor? —preguntó volviéndose hacia Marlen.
—Ni… siquiera yo… lo sé.
—Da igual —dijo Siriel girándose y desentendiéndose de la conversación—. Al menos hemos ganado tiempo. El nuevo Núcleo necesitará un tiempo para aprender a usar sus poderes. Mientras tanto, podremos buscar las piedras y la joya sin interrupciones.
—Nuestra unión sólo es temporal, Siriel. Debes tener eso bien claro.
—Sí, lo sé, Baal’ zam. Sólo hasta que el Núcleo haya muerto.
Un sonido les llamó la atención. Alguien corría a través de la cocina, posiblemente para escapar por la puerta trasera del local.
—La camarera —comprendió Baal’ zam.
—Déjala —ordenó Siriel—. No dirá nada. Y si lo hace nadie la creerá.
—Ha muerto —anunció entonces el hombre. Había vuelto a mirar el cuerpo de Marlen y este yacía sin vida sobre los cristales rotos, con la herida del hombro expulsando sangre.
Siriel se agachó junto al cadáver y cerró los ojos del muerto con cariño.
—Lo siento —susurró.

En la calle aledaña al Starz, una figura corría como alma que lleva al diablo, pisando con fuerza los charcos de la lluvia del día anterior. Miah estaba aterrorizada después de lo que acababa de ver. No sabía qué eran esas criaturas, ni por qué se habían peleado entre sí. Pero lo único que quería era alejarse de ellas lo más posible.
Siguió huyendo un buen rato, forzando sus músculos al límite, ayudada por las fuerzas que el miedo le infundía. Por fin, derrotada y llorando, paró. A lo lejos, se escuchaba el sonido de las sirenas de la policía y los bomberos que, sin duda, acudían al Starz alertados por el sonido de la batalla. Pero ella no volvería. Se negaba a ello.
Más tranquila comenzó a caminar en dirección a su casa. Quería ducharse y descansar. Quizás, a la mañana siguiente, cuando despertara, todo no fuera más que un mal sueño. Y entonces, al pasar cerca del escaparate de una tienda de ropa, Miah volvió a detenerse. Había visto por el rabillo del ojo su reflejo y había notado algo extraño.
Con miedo, temiendo lo que estaba a punto de ver, retrocedió unos pasos y se acercó al cristal. Frunció el entrecejo al ver la imagen que le devolvía. Tuvo que parpadear varias veces para convencerse de que lo que estaba viendo era real.
Con la mano temblorosa acarició el cristal. Pasó los dedos por el reflejo de sus ojos. Parecían ser más claros. ¿O tal vez era su piel que se había vuelto más oscura? Su cabello también había sufrido una transformación. La desordenada mata negra había dado paso a un precioso pelo lacio y suave color fuego.
Aterrada y sorprendida al mismo tiempo, Miah retrocedió para comprobar que su cuerpo también había cambiado. Bajo el uniforme blanco de la cafetería se adivinaban unas formas que, unos momentos antes, no estaban allí. 
—Oh, Dios mío —susurró—. ¿Qué me ha pasado?

* * * *

Raven City
Cinco años después

Llama Blanca aterrizó sobre el suelo del balcón y se giró para observar las vistas mientras plegaba las alas. Desde el piso quince de aquél edificio podía verse perfectamente la línea de la costa de Raven City y, muchos metros más abajo, las personas caminaban de un lado a otro por el paseo marítimo como minúsculas hormigas.
La justiciera no sintió nada respecto a la altura. Al fin y al cabo ella surcaba los cielos de la ciudad más alto si cabe. No era nada especial para ella. Volvió a darse la vuelta para caminar hasta la puerta de cristal que daba acceso a la casa. Una vez dentro, Tom Randall la miró con expresión de fastidio.
—No me gusta que entres por ahí —espetó—. ¿Qué hay de mi intimidad? Llama a la puerta como todo el mundo.
—Lo siento —se disculpó ella con una sonrisa—. Es la costumbre.
Randall le devolvió la sonrisa levantándose del sillón en el que estaba sentado.
—¿Qué te parece? —preguntó extendiendo las manos para mostrar a Llama Blanca su nueva y flamante televisión—. Cuarenta pulgadas, imagen de alta definición y DVD integrado.
—Muy bonita. ¿Qué piensas ver ahí? ¿Programas del corazón?
—Olvidaba que a ti no te gusta la televisión. ¿Un refresco?
Tom se internó en la casa en dirección a la cocina. Llama Blanca sonrió al verlo tan feliz. Habían pasado dos semanas desde que encontraran las Piedras de la Decadencia y derrotaran a Baal’ zam, cerrando las Cuevas Oscuras. En ese tiempo, Jake y Jenny, los amigos de Randall, se habían curado de sus heridas y el muchacho había alquilado una casa en pleno paseo marítimo.
También había cambiado ella. Debía matarle. Era el Híbrido, y como tal, representaba una amenaza que había que eliminar. Así se lo había dicho, su Señor, aquél al que debía obediencia.
Pero Llama Blanca sabía que aquello estaba mal. Ella conocía a Randall y sabía que no era malo, que podía salvarle. Aunque por otro lado, estaba segura de que su Señor era más sabio que ella. Había vivido mucho más tiempo y tenía más experiencia. Por mucho que le doliera, tenía que matar a Randall.
—Sí —contestó—. Una Coca cola.
Ella le observó a través del hueco que había en la pared, que daba a la cocina y que, sin duda, usaría para pasar los platos hasta el salón. Su amigo se había girado y hurgaba en el frigorífico en busca del refresco. Aquél era el momento, pensó con dolor.
Alzó una mano temblorosa e invocó su poder. Una llama de fuego apareció en la palma. La mantuvo allí un momento, cargándola lo suficiente para que matara con rapidez a su amigo. Iba a hacerlo por la espalda, a traición. Él le salvó la vida dos semanas antes. No se merecía aquello. Cerró los ojos indecisa. ¿Qué hacer?
“Nada puede salvarlo. Su destino es acabar con la humanidad. Debes truncar ese destino ahora que no tiene poder”. Las palabras de su Señor irrumpieron en su mente como un torrente. Tenía razón, maldita sea, la tenía. Sin abrir los ojos para no ver el final de Randall, Llama Blanca se dispuso a lanzar la bola que acabaría con su amigo.
Pero el timbre de la puerta la interrumpió. Ella abrió los ojos e hizo desaparecer la bola de fuego a toda velocidad. En realidad se sintió aliviada. 
Tom se levantó sobresaltado con un paquete de latas de refresco en la mano.
—¡Lo encontré! —gritó con aire triunfal—. ¿Llama Blanca?
Pero la muchacha se había ido. La puerta del balcón estaba entreabierta y Tom habría jurado oír el sonido de un aleteo. El timbre volvió a sonar y Randall dejó las latas sobre la encimera y se dirigió a la puerta.
Jake y Jenny entraron en la casa en cuanto él abrió la puerta. No se esperaba aquella visita, pero lo cierto era que le apetecía pasar un rato con sus amigos. Echó una última mirada hacia el balcón para comprobar que, realmente, Llama Blanca no estaba allí y luego se volvió hacia los recién llegados.
—¡Chicos! —exclamó—. Que sorpresa.
—¿No pensabas invitarnos nunca a visitar tu nueva y flamante casa? —preguntó Jenny con una sonrisa—. ¡Es preciosa!
—Gracias. ¡Pasad!
Los invitados pasaron y, tras el clásico tour por la casa, se sentaron en el sillón.
—Me alegro de que decidieras quedarte —comentó Jake con una sonrisa. 
Tom se fijo en que la expresión de su amigo no era del todo franca. Había algo extraño. No, no estaba contento. Al menos no del todo.
Tras lo sucedido dos semanas antes, Jake estaba mejor de la herida que el cuerpo poseído de Nathan Hurley le había infligido. Sin embargo, en la mirada del rico empresario había algo de desconfianza. Randall sospechaba que su amigo no terminaba de fiarse de él. Y lo comprendía. Todo había sucedido justo cuando él volvió a la ciudad y, de alguna manera, sabía que él estaba implicado. Además, estaba seguro de que no le gustaba lo más mínimo la relación que mantenía con Jenny, su esposa.
Lo que Jake no sabía era que Tom decidió quedarse en la ciudad para protegerlos. Sabía que todo lo sucedido, de un modo u otro, tenía algo que ver con él y sus amigos podían estar en peligro. Por eso había alquilado aquél dúplex y escondido el maletín con el dinero en el segundo piso. Por eso estaba allí.
—Yo también me alegro, chicos —dijo—. Os echaba mucho de menos. ¿Queréis algo de comer?
En ese momento, un teléfono comenzó a sonar. Jake dio un respingo y metió la mano en el bolsillo. Mientras Tom y Jenny se alejaban en dirección a la cocina para preparar algo de picotear, Turner salió al balcón para hablar en la intimidad.
—¿Te quedaras mucho tiempo? —Jenny hizo la pregunta con miedo, como si temiera una respuesta.
—No lo sé —contestó Tom sacando del frigorífico un poco de embutido. Y decía la verdad, no sabía cuánto estaría en la ciudad. De hecho, no sabía si había hecho bien al quedarse. Llama Blanca le explicaba muy poco, solo lo justo y necesario y ni siquiera sabía si la justiciera le decía la verdad—. Tal vez un tiempo.
Ella le miró con aquellos ojos que tanto le gustaban. Randall se sentía fatal por lo sucedido dos semanas antes y, aunque la chica no lo aparentaba, sabía que le había afectado. Ver como un hombre al que el brazo se le convertía en una afilada espada acuchillaba a su marido, no debió ser una visión agradable.
—Cuanto más, mejor —comentó ella, alargando un brazo para acariciar los dedos de Tom.
—Tendréis que comer sin mi —anunció Jake entrando de nuevo en la casa—. Tengo que ir a la oficina. Ha surgido algo.
La mirada de Jenny lo dijo todo. Ojos caídos, labios apretados… la misma cara que puso Meredith apenas un mes antes, cuando Randall le dijo que tenía que irse a trabajar después de una noche de sexo. Decepción, desesperanza… Tom sacudió la cabeza. Aquello había sucedido en otro tiempo, en otra vida.
—Está bien —dijo la muchacha en un susurro—. Hablamos luego.
Cuando Jake se fue, ambos amigos se dirigieron a la mesa. La televisión estaba puesta y, en esos momentos, una atractiva mujer daba las noticias de última hora.
—¿Estás bien? —preguntó Tom, una vez se sentaron frente a la pequeña mesa.
Ella desvió la mirada y la perdió en la pantalla del televisor.
—Últimamente está… imposible —dijo—. Apenas pasa tiempo en casa.
—Está ocupado —Randall intentó excusar a su amigo, aunque sabía que nada podía ocultar el hecho de que no hacía ni caso a su esposa—. Me comentó que estaba liado con no se qué proyecto. Tal vez, cuando esto termine…
—¿Y si no termina, Tom? ¿Y si después de este proyecto viene otro, y otro más? ¿Hasta cuándo podré aguantarlo?
—Tal vez debáis tener paciencia… los dos.
—La paciencia hace tiempo que se agotó —declaró ella metiéndose un trozo de pan con paté en la boca.
Tom, sin saber muy bien qué hacer, se arrastró por el sofá hasta ponerse junto a ella. Rodeó sus hombros con sus brazos y la atrajo hacia sí.
—Últimamente no estoy bien —continuó la joven—. Tengo pesadillas y no soy capaz de dormir seguida toda la noche. A veces pienso que todo habría sido distinto si tú no te hubieras ido.
—Yo no tengo nada que ver en todo esto, Jenn. Es a Jake a quien quieres. 
—Tal vez, pero no es él quien me quiere a mí.
Jenny levantó la cabeza, colocándola a pocos centímetro de la de Tom. Él pudo oler el aroma que desprendía su piel y sintió que un calor subía por su estomago. Sus manos se entrelazaron.
—Confía en él —susurró Randall—. Tarde o temprano…
—No puedo confiar en alguien que nunca está —le interrumpió ella posando sus labios en los de él.
Tom se dejó llevar. Hacía ya un mes de la muerte de Meredith y su recuerdo le atormentaba cada noche. Añoraba la tibieza de su cuerpo, las carantoñas por la mañana. El calor humano, en definitiva. Por eso cuando Jenny le besó, él la abrazó con fuerza, rodeando la delgada figura de la muchacha.
Ambos se echaron en el sofá, besándose desesperadamente. Las manos de ella exploraron bajo la camiseta de Randall, que sintió que se encendía poco a poco. 
Y entonces, él se detuvo. Algo había llamado su atención. Unas palabras que la atractiva presentadora del telediario había dicho.
—¿Qué pasa? —quiso saber Jenny, con la voz entrecortada.
Tom desvió la mirada mientras ella seguía besando su cuello y acariciando bajo su camiseta. Lo que vio en la televisión le obligó a apartar con delicadeza el delgado cuerpo de la muchacha.
—¿Qué pasa? —repitió ella, indignada—. ¿Es que…?
—Calla un momento, por favor —pidió Randall inclinándose para coger el mando a distancia y subir el volumen del aparato.
«…policía investiga la fuga de un preso, altamente peligroso, de la cárcel de Las Vegas», informaba la mujer. «Pete Reinolds, conocido en los círculos criminales de Las Vegas como El rompehuesos, rompió las defensas de la cárcel…». Aquí pusieron una imagen del criminal.
Tom se puso en tensión. No pudo evitar alargar una mano y servirse un poco de alcohol en un vaso de una botella que, previamente, había puesto sobre la mesa. 
Por fin le ponía cara al asesino de Meredith. Por fin sabía quién era el responsable de su caída en desgracia. Hasta hacía un momento, prácticamente lo había olvidad, decidido a comenzar una nueva vida. Pero había vuelto, había escapado de la cárcel en la que él había colaborado para meterle y ahora era una presencia bien real. Alguien que su corazón le pedía que matara.
Sintió rabia. Había fantaseado con la idea de vengarse muchas veces. Pero la ignorancia de su verdadera identidad y la necesidad de alejarse de todo aquello que había sido en Las Vegas, le disuadía. Ahora lo tenía delante. Tenía un rostro.
El vaso que había estado aguantando en la mano reventó, cedido por la fuerza.
—Oh, Tom —exclamó Jenny, sobresaltada.
Los cristales habían volado alrededor. Cristales finos, de los que se clavan en la piel con facilidad. Rápidamente, la muchacha corrió a por un trapo para curar las heridas de Randall, pero se detuvo al coger la mano de Tom.
—No tienes nada —comentó.
Pero su amigo no la escuchaba. Su mirada estaba clavada en el hombre de ojos azules y pelo blanco y extremadamente corto que había en la pantalla del televisor. El licor resbalaba por su mano, arrastrando los pequeños trozos de cristales que debían haberse clavado en su piel.
Su interior hervía de furia y rabia contenida.

* * * *

En las afueras de Raven City se alzaba una monumental mole de metal. Antiguamente una fábrica de tabaco cayó en desgracia a mediados de los setenta, dejando como único recuerdo su esqueleto metálico podrido. En aquellos momentos era usada únicamente por los jóvenes de la ciudad, que acudían allí para fumar y divertirse, alejados del bullicio y de la vigilancia de sus padres.
Pero lo que nadie alcanzaba a imaginar, es que bajo sus pies se extendía un amplio complejo científico, propiedad de la Turner Enterprise. Allí, en el más absoluto de los anonimatos, se realizaban experimentos de todo tipo, destinados a hacer, más rico si cabe, a Jake Turner.
El cabeza visible de la empresa entró en el complejo con paso decidido. Había estado esperando la llamada que había recibido en casa de Tom durante un largo año. Y por fin había llegado. Por fin su tan ansiado proyecto había concluido. Recorrió los largos pasillos subterráneos, flanqueados a cada lado por luces blancas hasta llegar a una puerta de madera.
La puerta se abrió sin un crujido y Jake entró en una habitación repleta de ordenadores de todo tipo y de hombres vestidos con batas blancas. Su equipo de científicos. Al fondo, una ventana dejaba ver otra habitación, ésta completamente negra, en la que había una camilla, iluminada por un potente foco de luz. Sobre ella, el cuerpo inerte de una persona, miraba el techo con los ojos vacíos. Justo al lado, una columna de metal surgía del suelo para llegar al techo. Y en su interior, en una pequeña concavidad, se encontraba el objeto que hacía posible el milagro que, esperaba, estaba a punto de ver.
Cada vez que veía la piedra se asombraba igual. Por más conocimientos que tuviera sobre ella siempre le sorprendía. La joya pudiera parecer una joya normal, pero en su interior se retorcía una nebulosa de luces que cambiaba de colores. Era como si palpitara. Sus científicos habían intentado abrirla para descubrir los secretos que encerraba, pero fue inútil. Nada pudo hacer mella en la lisa superficie de la piedra.
—Doctor Andrews —saludó Jake cuando uno de los científicos se acercó a él, un hombre de unos cincuenta y cinco años, obeso y con calvicie—. Esperaba su llamada con ansia.
—Ha sido maravilloso, señor Turner —Andrews no parecía querer esperar a contar sus últimos adelantos—. Algo que jamás habría imaginado poder presenciar. Y sólo con eso —añadió señalando con un dedo tembloroso la piedra que había en la habitación contigua.
Su jefe sonrió, ansioso por ver aquello que le querían mostrar.
—¿Cree que podemos sacarlo a la luz?
—Lo verá ahora mismo, señor —el científico hizo un gesto a uno de sus subordinados, que pulsó un botón que apagó todas las luces. Sólo en la habitación de al lado permaneció encendido el foco que iluminaba el cadáver. La piedra a través del cristal latía con un débil resplandor. Aquello era lo que más maravillaba a Jake, la extraña luz que revoloteaba en el interior de aquella joya encontrada tanto tiempo atrás, en pleno desierto del Sahara.
—Morrison nos ha proporcionado este nuevo cadáver —explicó Andrews a su lado—. Ahora verá.
Jake respiró hondo cuando el científico pulsó otra de las teclas. Esta vez, en la habitación de la piedra se escuchó un zumbido. La joya brillo con más intensidad. Tanto, que Turner tuvo que entrecerrar los ojos para poder ver bien. No quería perderse ni un instante de tan mágico momento. 
De repente, el cadáver cobró vida. Turner apenas podía creer lo que estaba viendo. Nada más entrar, lo había visto. La mirada perdida, los ojos vacíos y vacuos; la tonalidad cenicienta de su piel. Ese hombre estaba condenadamente muerto. Y ahora, sus brazos se movían. Sus ojos miraban el techo con vida, el color de su piel volvía a ser normal. Aquella piedra, o lo que fuera que había en su interior, le había resucitado.
—Me voy a hacer de oro. ¿Cuándo podemos sacarlo a la luz?
—Aún tenemos mucho que mejorar, señor Turner —respondió Andrews—. El último que resucitamos no ha salido del todo bien.
—¿A qué se refiere?
—Conserva sus recuerdos, pero no todos. Está desorientado y tiene accesos de locura.
—¿Cree que podrá arreglar eso?
—Es pronto para saberlo —fue la escueta respuesta del científico.
—Bueno trabajo, doctor Andrews —le felicitó extendiendo la mano para apretársela—. Manténgame informado.
Sin esperar respuesta, Jake Turner se giró para marcharse. Tenía muchas cosas que hacer.

* * * *

Aquella habitación era fascinante. David Dean paseó la mirada por enésima vez sobre las paredes cubiertas de imágenes surrealistas. Ángeles y demonios se retorcían por doquier en una extraña danza macabra. También había esculturas, pequeñas figuras que representaban a las mismas criaturas.
Si no hubiera visto lo que vio dos semanas antes, cuando Pete “El rompehuesos” Reinolds, escapó de la prisión volando a través de una ventana, con dos enormes alas de murciélago aleteando en su espalda, pensaría que su compañero estaba loco.
Pero no era así. Era demasiada casualidad. Richard Bryan, que ahora se debatía en coma entre la vida y la muerte, sabía algo sobre el criminal y sus extraños poderes. Así lo atestiguaban todas aquellas reliquias que guardaba escondidas en una habitación secreta en su propia casa. 
Pasó la mano por un antiguo oleo que representaba a la Virgen María con el niño Jesús en brazos. Tras ella, como si de una aparición terrorífica se tratara, una criatura con alas de pesadilla los miraba con expresión perdida. También había una figura, al parecer moldeada en barro, que representaba a dos de las mismas criaturas, una de ellas con alas de ángel, inmersos en una batalla con extrañas espadas llameantes en sus manos.
Pero de todas ellas, de todas las reliquias que había allí, la que más curiosidad le despertaba era un antiguo pergamino, en el que había dibujado algo, a base de carbón creía David. Se trataba de un paisaje de montaña, repleto de frondosos árboles. Un riachuelo discurría sinuoso entre ellos. Y allí en medio, un cráter con una extraña piedra negra. Un meteorito, tal vez. Y de él surgía algo, como una voluta de humo con forma humanoide. Le llamaba la atención porque era el único objeto en aquél lugar que no mostraba criaturas con alas. No parecía ser un demonio o un ángel. Sin saber exactamente por qué, le asustaba aquella imagen.
El sonido de su móvil le sacó de sus pensamientos.
—Agente Dean —respondió.
Una sonrisa se dibujo en su rostro cuando escuchó lo que le decían al otro lado de la línea.
—Está bien. Muchas gracias, doctor —agradeció antes de colgar.
Sin perder un instante, David salió de la habitación y arrastró el mueble que hacía las veces de puerta hasta cubrir por completo la abertura. Una vez hecho el trabajo salió de la casa apresuradamente.
Richard Bryan había despertado del coma y era hora de que contestara a algunas preguntas.

* * * *

Raven City era preciosa desde aquella altura. Llama Blanca observaba la ciudad, sentada con los brazos rodeando sus rodillas, en lo más alto de la enorme mole de cristal que era el Edificio Turner. Por la noche, las luces de los edificios formaban una amalgama maravillosa de colores que le hacía sentir relajada. Desde allí no se escuchaba el ruido del tráfico ni las voces de los habitantes que protegía. Sólo una débil brisa de aire fresco golpeaba su rostro y hacía ondear su melena.
Solía acudir allí cuando necesitaba pensar. En aquellos momentos, su Señor no podía serle de gran ayuda pues su problema radicaba directamente en él. Quería que acabara con Tom, pero ella no estaba segura de poder hacerlo. Esa misma mañana lo había intentado, como otras tantas veces, a lo largo de las dos semanas anteriores. Pero era inútil. No podía. ¿Y si su Señor se equivocaba? ¿Y si asesinaba a alguien inocente? No podría vivir con ello el resto de su vida. Además, había algo más.
Se lo había negado a sí misma, había intentado ocultarlo, pero lo cierto era que sentía algo por ese hombre. No sabía si era amor o, simplemente aprecio. Tal vez sólo fuera la necesidad que tenía de contacto, de cariño. A lo mejor no era nada, pero notaba una extraña comezón en el estomago cada vez que pensaba en asesinarle. Y aquello la frustraba.
Se levantó, observando la ciudad a su alrededor. Estaba en el mismo borde del edificio. A sus pies, doscientos metros de vacío hasta el suelo, donde serpenteaban las carreteras y las luces de los coches. Alzó la mirada para mirar directamente a la luna llena y sentir el aire refrescar su rostro. Necesitaba hacer algo, si no se volvería loca. Por eso saltó.
Adquirió una posición vertical, para no generar ningún tipo de resistencia al aire. Cayó a toda velocidad, sin perder de vista el suelo, que se acercaba cada vez más. Y entonces desplegó sus alas, que aparecieron a su espalda como por arte de magia. Las alas frenaron la caída un momento, para luego remontar el vuelo y planear entre los edificios.
Se deslizó suavemente en el aire, cimbreando sus alas con elegancia, atravesando con velocidad el cielo de Raven City. Buscaba algo concreto, mientras observaba el suelo que pasaba rápidamente debajo de ella.
Alguien gritó entre los edificios de la ciudad. Llama Blanca oyó el lamento rebotar en las paredes, directamente hasta sus oídos. Sin perder un momento, viró el vuelo para dirigirse al origen del grito. Era una mujer, el grito que había oído era de mujer. Como por arte de magia, los latidos de su corazón se aceleraron, como siempre que actuaba. Cinco años atrás no habría pensado así, pero lo cierto era que sentía una extraña satisfacción cada vez que salvaba a alguien de las garras de la muerte.
Imprimió más velocidad al movimiento de sus alas para acelerar su vuelo. Su objetivo estaba cada vez más cerca. Lo localizó saliendo a todo correr de un oscuro callejón. La mujer huía de algo que la había aterrado, pero parecía estar a salvo. Por propia experiencia, Llama Blanca sabía que, tras una mujer corriendo, casi siempre iba su atacante. Pero nadie más salió del callejón. Extendió sus alas para frenar la velocidad y descender suavemente.
La víctima ya se había perdido tras una esquina, pero seguían escuchándose sonidos en el interior del callejón. Una vez posada en el suelo, la justiciera escondió sus alas y caminó lentamente. Alguien forcejeaba. Pudo ver dos figuras al fondo de la calle, iluminadas por una farola que parpadeaba. Eran dos hombres peleando. Su mente comenzó a trabajar y dedujo lo que había pasado. Uno de los dos había intentado atacar a la mujer y el otro la estaba defendiendo. Algo muy común.
Sin embargo, frunció el entrecejo al comprobar que aquello iba a más. Uno de ellos no estaba simplemente defendiendo a la mujer. Mantenía al otro hombre atrapado contra la pared, apretando con fuerza su cuello.
—¡Eh! —gritó—. ¿Qué demonios haces?
El atacante la ignoró y Llama Blanca apretó el paso para acercarse lo más posible a ellos. Una cosa era proteger a una mujer indefensa, otra muy distinta, asesinar al agresor.
—¡Déjale en paz! —ordenó haciendo que su voz resonará entre las paredes del callejón.
Entonces, por fin, le soltó. La víctima cayó al suelo como un fardo y respiró a toda velocidad, intentando recobrar el aire perdido. La silueta del agresor se giró hacia ella y Llama Blanca pudo ver el destello de unos ojos bajo la luz de la farola.
—Está muy bien que hayas salvado a la muchacha —dijo la muchacha—, pero no creo que matarle sea la solución.
Seguía avanzando, impaciente por averiguar la identidad del hombre que había levantado en el aire, con tanta facilidad, a la figura que estaba tirada en el suelo. Lo había hecho con una sola mano, lo que le daba una pista de la fuerza que podía tener el desconocido.
El que había atacado a la mujer se revolvió en su sitio y comenzó a arrastrarse en el suelo para alejarse de su atacante. Finalmente, se levantó y, acuciado por el miedo corrió hasta perderse en la oscuridad. Llama Blanca le dejó huir. En aquellos momentos le interesaba más el hombre que tenía en frente.
—Merecía morir —dijo el desconocido en un susurro.
La justiciera frunció el entrecejo. Había escuchado esa voz. Le resultaba tremendamente familiar. El que había hablado dio un paso atrás para alejarse de ella. Y, por fin, la luz de la farola iluminó sus rasgos.
—Maldita sea, Tom —musitó Llama Blanca—. ¿Qué has hecho?
Randall estaba frente a ella. Era una imagen completamente diferente a la que había visto esa misma mañana, en su piso nuevo del paseo marítimo. Unas oscuras ojeras enmarcaban los ojos, antes vivarachos del muchacho, y toda la piel de su rostro estaba perlado de un sudor pegajoso.
—Quería violarla —continuó Tom—. No podía dejar que saliera con vida, Llama Blanca.
—No debiste hacer eso. ¿Qué habría pasado si no llego a aparecer? ¿Le habrías matado?
—¿No era esto lo que querías? ¿No me dijiste que podía ser un superhéroe?
—Pero no así. No tienes derecho a matar.
—¿Y él? —replicó Randall señalando con la cabeza el lugar por el que se había marchado el violador.
Ella meneó la cabeza, destrozada. Llevaba dos semanas negándose a matarle porque podía ver algo más en él, que el simple hecho de que era el Hibrido, el único capaz de acabar con el mundo. Su Señor, se lo había dicho, y ella se negaba a hacerle caso. Quería ver luz en la oscuridad.
—No me lo pones fácil. Yo confiaba en ti. Creía que eras bueno. Creía que eras un héroe.
—Tal vez no sea un héroe —dijo él—. Tal vez sea un villano.
Y tras decir esto, Tom Randall se giró y corrió. Llama Blanca quiso seguirle pero sus músculos no le respondieron. Estaba en estado de shock. Finalmente, la verdad había salido a la luz. Estaba equivocada, muy equivocada. Por mucho que le doliera, Tom era un peligro y debía ser eliminado.

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