sábado, 27 de abril de 2013

Adelanto de Quinox, el ángel oscuro 4: Proyecto caos


La puerta de la cafetería se abrió con brusquedad y un hombre salió al exterior con paso apresurado. Anders Clairy caminó entre la gente que invadía esa mañana las calles de Raven City mirando a todos lados. 
—¡Eh, mira por dónde andas! —se quejó un transeúnte cuando Clairy tropezó con él al mirar el cristal de un coche y asustarse con un grito.
—Lo siento, lo siento —se disculpó Anders. Incluso en ese momento en el que el terror ocupaba buena parte de su cuerpo, no podía evitar ser educado.
Siguió caminando, tambaleándose. Debía llegar a casa. Sí, allí estaría seguro. Emitió un grito al ver su propio reflejo en el cristal de un escaparate. Comenzó a correr, chocando en su camino con más personas que se quejaron, al igual que el anterior, de su despiste. Pero Anders no contestó. Esta vez no.
Agarró con fuerza el maletín que llevaba entre sus brazos y lo apretó contra su pecho. Cada espejo, cada cristal, cada charco en el suelo le obligaba a emitir un grito y acelerar su avance.
—Por Dios. No, por favor —murmuraba.
Giró a la izquierda, pasando entre un grupo de amigos y empujándolo con los hombros.
—¿Pero qué le pasa a éste? —uno de los chicos se giró para observar como Anders se alejaba—. Está loco.
Clairy, ajeno a las palabras del muchacho, llegó hasta su coche y entró en él.
—Vale, Anders, relájate —se dijo a sí mismo una vez sentado en el confortable asiento de su Hyundai—. No pasa nada. Sólo que no has dormido bien en unos cuantos días y…
Lanzó un alarido cuando miró el espejo retrovisor de su vehículo. Agarró de nuevo el maletín, salió del vehículo y corrió. Comenzaba a llover ligeramente, pero a Anders no le importó. Era tal el terror que sentía en esos momentos que no le hubiera importado lo más mínimo que una ola gigante destrozara Raven City y lo matara. Solo quería descansar. Únicamente olvidarlo todo.
Al fin, encontró la manera de caminar sin asustarse a cada metro que avanzaba. Dirigió la mirada al suelo y procuró cerrar los ojos cada vez que veía un charco. Así, al menos, no veía nada y podía caminar más o menos tranquilo.
Tras una hora de camino, por fin llegó a casa, una bonita construcción a las afueras. El cielo se había despejado de nubes y el sol iluminaba su hogar como si del propio paraíso se tratara. Mientras se acercaba a la entrada y sacaba con manos temblorosas las llaves de su bolsillo, no pudo evitar posar sus ojos en una de las ventanas que flanqueaban la puerta. Por un momento apartó la mirada, pero luego volvió a mirar. Alargó una mano para tocar la fría superficie de la ventana y esbozó una sonrisa. No había nada. Solo y exclusivamente su propio reflejo.
Aliviado meneó la cabeza mientras emitía una risita. Se lo estaba imaginando todo. Demasiado trabajo, habría dicho Mary, su mujer. Y estaría en lo cierto. Definitivamente, necesitaba unas vacaciones, un descanso de varias semanas al menos.
—¡Mary! —llamó cuando entró en el acogedor hall de entrada—. Ya estoy aquí.
Nadie respondió.
—¿Mary? —repitió mientras atravesaba el pasillo que había junto a la escalera y que llevaba a la cocina—. Estoy muerto de hambre, cariño. ¿Hay algo de comer?
Esperaba encontrarse a su esposa, sentada en una silla frente a la mesa haciendo sudokus, como casi siempre que él llegaba de su trabajo, pero el lugar estaba tan vacío como, al parecer, el resto de su casa.
Extrañado, dejó el maletín sobre la mesa y se acercó al frigorífico con la esperanza de encontrar algunas sobras de la comida. Algo llamó su atención al acercarse a la nevera. Una nota, fijada a la superficie metálica del electrodoméstico con un imán que compraron el año anterior en DisneyLand. “Katie necesita mi ayuda para preparar un dulces. Volveré pronto. Te quiero, Mary”.
—Vale, pues aquí te espero —contestó Anders a la nota. Luego, abrió el frigorífico y rebuscó en su interior.
Como había esperado, quedaban algunos filetes empanados y sonrió cuando cogió el plato y se lo llevó al salón. Llevaba un día de perros. El estrés del trabajo y luego las visiones. Meneó la cabeza para apartar eso último de su mente. Ahora lo que necesitaba era comer algo, beber alguna cerveza bien fría y ver el partido de los Raven Cups. Tal vez así lograra despejarse y olvidar aquél día.
Entonces se detuvo y el plato de filetes cayó al suelo con un estruendo, rompiéndose en cientos de pequeños trozos.
—No, no —musitó mirando el amplio espejo que presidía el salón—. Por favor, otra vez no.
De repente, el espejo estalló. Miles de trozos de cristal rodearon el cuerpo de Anders. Sintió que algunos se clavaban en su brazo y en sus piernas. Los más grandes, como si tuvieran vida propia, se alojaron en su estomago. Lo último que Anders Clairy vio fue un fragmento de cristal acercándose a su ojo.


Frank Morrison observó el edificio abandonado que se alzaba frente a él. En concreto, el secuestrador estaba en la tercera planta. Era imposible saber cómo había llegado hasta allí. Todas las vallas que rodeaban el perímetro del edificio estaban intactas. Literalmente, no había manera de saber cómo había entrado. Aunque teniendo en cuenta todo lo que había sucedido en los dos últimos años, cualquier explicación era posible. Personas que se convertían en agua, que atravesaban las paredes, que eran capaces de menguar su tamaño… Todo aquello era una locura y él, odiaba pensarlo, no estaba preparado para eso. Las reglas del juego habían cambiado desde La tormenta. Tal vez iba siendo hora de retirarse  y dejar paso a sangre nueva.
—Capitán —uno de sus hombres se acercó a él, esquivando en su camino a la nube de policías que rodeaba el edificio—. El sospechoso sigue en la tercera planta.
—De sospechoso nada, Vaughn —replicó Frank—. Ha dejado bien claro que quiere un helicóptero y cinco millones de dólares por dejar libre al muchacho. Dejémonos de gilipolleces burocráticas. Es culpable. Culpable de cojones. ¿Sabéis algo del chaval?
—Solo que sigue con vida.
—¿El culpable tiene algún tipo de poder?
—Aún no sabemos si es un posthumano —admitió Vaughn.
—Vamos a entrar —anunció Morrison—. Vamos a entrar ahí a recuperar a ese chico.
—Pero capitán, no sabemos qué es capaz de hacer ese hombre.
—Tal vez no sea un posthumano. Tal vez solo sea un desgraciado que quiera sacar dinero a costa del sufrimiento de un niño. En mis tiempos entrabamos ahí y, si había que matar al desgraciado, se le mataba. Y eso es lo que vamos a hacer. Mi prioridad es recuperar a la víctima.
—Como ordene, capitán —accedió el policía a regañadientes.
Inmediatamente, se giró y comenzó a avanzar entre el resto de los policías, impartiendo órdenes. Morrison suspiró y volvió a mirar el tercer piso del edificio. Sí, definitivamente alguien tenía que hacer algo. No podían quedarse esperando a averiguar qué tipo de poder podía tener ese hombre. Debían actuar.
La voz amplificada por un megáfono de otro de sus hombres se alzó en el aire.
—¡Es su última oportunidad! —gritó el policía—. ¡Deje libre al muchacho y salga con las manos en alto! ¡Mis hombres están dispuestos a entrar!
Se hizo el silencio mientras todo el mundo aguantaba la respiración, esperando la respuesta del secuestrador. Entonces, en una de las desvencijadas ventanas del tercer piso, apareció una figura. El criminal agarraba al muchacho del cuello mientras levantaba la otra mano. Morrison frunció el entrecejo a la espera de lo que iba a suceder. Todos los policías que rodeaban el perímetro desenfundaron sus armas y apuntaron al hombre. Sabían por experiencia que, si era un posthumano, después de levantar la mano pasaba algo. La cuestión era qué sucedía.
Y sucedió. Un murmullo de alivio recorrió a todos los presentes cuando el secuestrador levantó el dedo corazón en un claro gesto de desafío.
—¡Un helicóptero! —gritó—. ¡Y cinco millones de dólares! ¡Si no los tengo en diez minutos, el niño morirá!
Dicho esto, dio un paso atrás y desapareció de la ventana, arrastrando al muchacho.
—¡Joder! —masculló Morrison—. ¡Entrad! Acabad con ese hijo de puta y liberad al muchacho.
Inmediatamente, el pelotón asignado al caso comenzó a avanzar. Veinte policías armados con escopetas de mira telescópicas y protegidos por altos escudos de hierro.
—Capitán —Vaughn apareció de nuevo a su lado—. ¿Y si lo mata?
—No lo hará —confirmó Morrison—. No tiene ningún tipo de arma. Si fuera así, ya nos la habría enseñado para dar más fuerza a sus palabras. La única manera que tiene de matar al chico es tirándolo por la ventana. Y ya se han alejado de ella.
—Eso espero —suspiró el policía.
—Yo también, Vaughn —coincidió el capitán de la policía de Raven City—. Yo también.
El pelotón había llegado ya a medio camino del edificio y se desplegaban en forma de abanico para cubrir todas las entradas. El silencio invadía al resto de los presentes. A lo lejos, se escuchó el sonido de un helicóptero. Morrison no sabía si era el que el secuestrador había pedido o algún helicóptero de alguna cadena de noticias. Lo cierto era que poco le importaba. Su atención estaba centrada en los hombres que iban a rescatar al muchacho.
De pronto se escuchó un alarido y el edificio se iluminó, rodeado por extraños rayos.
—¿Qué demonios ha sido eso? —Morrison desenfundó su arma y avanzó unos pasos.
Un nuevo destello rodeó el edificio y otro grito se alzó en el aire.
—¡Maldita sea! ¡Sacadlos de ahí! —ordenó Morrison a gritos—. ¡Es un posthumano! ¡Que vuelvan!
Demasiado tarde. El edificio volvió a brillar y los agónicos gritos de los policías que estaban en el interior llegaron hasta ellos como un lamento. Todos los presentes cerraron los ojos, en un intento inútil de no escuchar los gritos de sus compañeros. Morrison se sorprendió a sí mismo pensando que lo más lógico sería taparse los oídos. Sin embargo, todos sus hombres permanecían en su sitio, apuntando con sus armas al edificio y con los ojos cerrados.
Un tenue olor a carne quemada se extendió por el lugar cuando los gritos y las luces cesaron.
—Creo que tiene la capacidad de crear algún tipo de barrera alrededor del edificio —comentó Vaughn—. Todo el que entra…
—Acaba chamuscado —completó Morrison torciendo los labios—. No podemos entrar. ¡Mierda!
De pronto se escuchó el sonido de un aleteo. El capitán alzó la mirada al cielo. Todos los presentes lo hicieron. En los últimos dos años, ese sonido se había hecho demasiado familiar para los habitantes de Raven City. Los ciudadanos lo trataban como el preludio de algo bueno, como su salvación; la policía prefería mirarlo desde otra perspectiva. Ese aleteo era el anuncio de que El ángel oscuro se acercaba. Y, por regla general, cuando aparecía, había muertes.
Una sombra cubrió a toda la concurrencia cuando una figura apareció volando entre dos edificios. La figura de negras alas planeó sobre ellos un momento. Morrison tuvo la tentación de ordenar a sus hombres que dispararan, pero decidió dejarlo pasar. En esos momentos, su prioridad era el muchacho secuestrado. Ya tendría tiempo de acabar con Quinox, el ángel oscuro más adelante.
Quinox giró sobre sí mismo y dirigió su vuelo hacia la misma ventana por la que se había asomado el secuestrador un momento antes.

Devon Runnells miró al muchacho, que yacía en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. El chico temblaba de arriba a abajo y su rostro estaba manchado con las huellas de sus lágrimas. Después de escuchar los alaridos de los hombres que habían muerto tres pisos más abajo, había roto a llorar.
—No te preocupes, chico —susurró Devon—. A ti no te pasará eso. Antes me darán lo que pido. Ya verás como sí. Al menos, espero que lo hagan —añadió agachándose junto al muchacho—. Odiaría tener que hacerte daño.
El joven cerró los ojos y sintió un escalofrío cuando su secuestrador alborotó sus cabellos en un gesto siniestramente paternal. El ruido de un aleteo le obligó a abrirlo de pronto.
—Aparta tus sucias manos de él —ordenó una voz.
Cuando Runnells se giró vio la viva imagen de la muerte. Una figura vestida con una larga gabardina negra avanzaba a pasos tranquilos hacia él. Dos alas de cisne, oscuras como la noche, se balanceaban en su espalda con cada uno de sus movimientos. Su rostro estaba oculto por una capucha que dejaba sus rasgos en la más absoluta oscuridad.
—Has secuestrado a este chico y has matado a veinte policías. Siento decírtelo, amigo —dijo el recién llegado—. Pero vas a morir. Aquí y ahora.
—Quinox —susurró Runnells—. Llevo mucho tiempo esperándote. Sabía que tarde o temprano llegarías.
Algo se escuchó entra las tinieblas de la capucha. Algo parecido a una risa.
—No me digas que has montado todo esto por mí.
—Oh, no, no —negó el secuestrador moviéndose lentamente hacia la derecha—. Por supuesto que no. Todo es por dinero. Pero que tú estés aquí en un aliciente ¿no estás de acuerdo?
—La verdad, no. Estaba muy bien esta mañana, desayunando tranquilamente, hasta que te vi por las noticias. Me has jodido el día.
—Lo siento mucho —se disculpó Runnells con un atisbo de ironía en la voz—. Apuesto a que mientras desayunabas no pensabas que morirías hoy.
—No suelo pensar esas cosas —respondió Quinox dando un paso al frente. Al mismo tiempo, abrió la palma de su mano y una espada de fuego blanco crepitó en ella—. Es una actitud muy derrotista.
Y sin añadir una palabra más, movió sus alas para impulsarse y se abalanzó sobre el secuestrador. Runnells levantó ambas manos y algo invisible golpeó a Quinox. Sintió un ligero dolor en todo el cuerpo, que le hizo ralentizar sus movimientos. Pero no lo suficiente como para detenerle. Cuando llegó frente al secuestrador propinó un fuerte puñetazo en su rostro. Runnells se estrelló en el suelo a varios metros de dónde había estado un instante antes.
—Venga, tío —dijo Quinox, avanzando hacia él, con la espada de fuego temblando en su mano—. ¿De verdad pensabas que eso me iba a hacer algo? Puede servirte para detener a los policías de antes… para matarlos más bien —se corrigió—. Pero no contra mí.
Runnells comenzó a temblar. Había dado por sentado que podría defenderse de Quinox en el caso de que este apareciera. Ahora sabía lo equivocado que estaba. Empezó a temer por su vida. Si Quinox era famoso por algo era por no dejar a ningún delincuente vivo. Por eso era odiado y perseguido por la policía. Y por eso, Runnells sintió que su corazón empezaba a bombear con fuerza, aterrorizado.
—Apuesto a que esta mañana —Quinox se agachó frente a él—, cuando secuestraste al chico, no pensabas que acabarías muerto. Deberías haberlo pensado mejor. Tal vez, hubieras preferido, no sé. ¿Buscarte un trabajo honrado?
Y alzó la espada. El fuego iluminó el rostro de Runnells cuando la hoja descendió directa a su cabeza. De pronto, un resplandor rojo apagó la luminosidad blanca de la espada de Quinox. Algo se interpuso en su camino y desvió la trayectoria del arma. Quinox dio un salto hacia atrás y alguien se colocó justo frente a Runnells en actitud protectora.
Unas alas blancas se movían lentamente frente al secuestrador, que no podía apartar la mirada de la escultural figura que había frente a él. Cuando la recién llegada se giró hacia él, Runnells se perdió en unos grandes ojos azules, enmarcados por un bello rostro moreno. El cabello, rojo como el fuego, caía en cascadas sobre unos hombros firmes. Era la mujer más hermosa que había visto en su vida.
—¿Estás bien? —le preguntó la mujer.
—Yo… yo… —quiso decir Runnells.
—Eso quiere decir que sí —le interrumpió ella—. Deja tu verborrea para la policía. ¡Y tú! —gritó enfadada volviéndose hacia Quinox—. ¿Estás loco?
—Ha secuestrado a este chico —replicó Quinox, señalando con su espada blanca al muchacho.
—¿Y por eso tienes que matarle?
—La policía no podrá controlarle y lo sabes, Llama Blanca. Hay que eliminarle.
—La policía tiene sus propios medios, Quinox. No puedes ir por la ciudad matando a todo el que incumple la ley. Eso… no está bien.
Quinox dio un paso al frente, desintegró su espada y se encaró a la chica.
—¿Y hacer daño a un inocente sí está bien? ¿Secuestrar a un muchacho que no tiene la culpa de nada está bien?
—Si quieres ayudar a los habitantes de Raven City, cíñete a la ley.
—Yo no soy el Grupo Gamma, Llama Blanca. No busco desentrañar misterios ni resolver asesinatos. Busco limpiar esta ciudad de escoria como él. Pero te haré caso esta vez. No quiero pelear contigo —Quinox rodeó a Llama Blanca y se colocó frente a Runnell. Volvió a materializar la espada—. Pero este hijo de puta no se va a ir de rositas —añadió clavando la punta de su arma en el muslo del secuestrador.
El grito de Runnells rebotó en las paredes del edificio mientras el fuego penetraba en su piel y quemaba su carne. En ese momento, se escuchó el sonido de la policía que subía las escaleras.
—Espero que cuando veas esta herida te acuerdes de mi —Quinox agarró el rostro sudoroso y desfigurado por el dolor de Runnells—. Estaré vigilando. Más te vale no enfadarme. La próxima vez, no me importará pelear con ella.
Sin añadir una palabra más. El justiciero se levantó y se giró, haciendo hondear su gabardina. Luego, las alas negras se cimbrearon con elegancia y Quinox levantó el vuelo para salir por la ventana por la que había entrado. 
Los hermosos ojos azules de Llama Blanca se clavaron en Runnells.
—Más te vale hacerle caso —le advirtió antes de seguir a su compañero por la ventana.
De pronto, un pelotón de la policía irrumpió en el lugar con las armas en alto.
—¡No se mueva! —le ordenó una voz.
—¡Quieto! —grito otra.
Runnells se levantó y alzó las manos para matar a los policías, pero algo se clavo en su pecho. Mientras caía al suelo, temblando de pies a cabeza, vio a uno de los policías acercarse a él con el arma que lo había inmovilizado. Inmovilizadores los llamaban. Inventados por la Turner Enterprise eran capaces de eliminar el poder de un posthumano durante un tiempo limitado. El tiempo suficiente para llevarlos a unas inhumanas cárceles especiales para ellos. Dentro de esas celdas, Runnells no podría usar su poder, y sería como un ser humano normal.
En todo el tiempo que había pasado desde que adquirió sus poderes. Nunca habría imaginado que acabaría en una de ellas.

—Te has pasado, Quinox —le acusó Llama Blanca.
Estaban en un edificio cercano al lugar en el que la policía sacaba a Runnells. Desde allí, Quinox pudo ver al muchacho que habían salvado. Caminaba con la mirada perdida, aterrado aún, entre dos policías que le protegían rodeándole los hombros con sus brazos.
—Mira ese muchacho —dijo Quinox—. ¿Crees que se merece lo que le ha pasado? ¿Crees que, después de esto, seguirá siendo el mismo niño que antes?
—Eso no tiene nada que ver con lo que haces —replicó la muchacha—. Siento mucho lo que le ha pasado, pero debes dejar que esos criminales tengan un juicio digno.
—¿Juicio? —preguntó Quinox con tono indignado—. ¿Tuvo Meredith un juicio? ¿Alguna de las víctimas de esos posthumanos que yo mismo creé ha tenido un juicio digno?
—Tú no tuviste la culpa de nada, Quinox. Matar a todos los criminales de Raven City no te las devolverá.
—Yo destruí la Balanza del Caos. Yo provoqué La tormenta y arruiné las vidas de esas personas. Hacer de esta ciudad un lugar mejor para vivir es lo menos que  puedo hacer.
—Sí —coincidió Llama Blanca—. ¿Pero a qué precio?
—Al que haga falta —atajó Quinox.
—No quiero que te conviertas en lo que no eres, Tom —susurró la muchacha, llamándole por primera vez por su verdadero nombre.
Quinox respiró hondo. Una vez, hacia ya mucho tiempo, había habido algo entre Llama Blanca y él. Pero todo se acabó cuando comprobó que todo el que se acercaba a él acababa muriendo. Primero Meredith en Las Vegas; luego Jenny en Raven City. No, definitivamente, no iba a permitir que Llama Blanca corriera la misma suerte.
—Soy lo que soy, Miah —contestó él, llamándola también por su verdadero nombre—. No puedes cambiarme.
—Pero… —el teléfono de la joven comenzó a sonar, interrumpiendo sus palabras. Llama Blanca lo sacó del bolsillo y leyó en la pantalla.
Quinox la observó con curiosidad. Siempre se había preguntado como conseguiría Llama Blanca el dinero para pagar una casa y un teléfono móvil. Él tenía el dinero que había traído de Las Vegas, de su vida anterior como matón a sueldo. Pero ¿y ella? Olvidó automáticamente aquél absurdo pensamiento cuando la muchacha clavó sus azules ojos en él.
—Tengo que irme —dijo apresuradamente.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó Quinox. A pesar de sus diferencias, Llama Blanca y él eran amigos, y no lo dudaría ni un instante si la joven necesitara de su colaboración.
—El Núcleo soy yo. Tengo que hacer esto sola.
Y sin añadir una palabra más, las blancas alas de la joven se movieron y ella alzó el vuelo. Quinox no dejó de mirarla hasta que su amiga solo fue un punto en el cielo azul de Raven City.

La docena de personas se levantaron de sus sillas cuando el hombre más poderoso del planeta entró en la habitación. El presidente de los Estados Unidos, Alexander Barry, observó a los presentes con sus penetrantes ojos azules e hizo un movimiento con la mano.
—Por favor, amigos —dijo, mientras se sentaba en su cómodo sillón—. Sentaos.
Los demás se miraron unos a otros, sin acabar de acostumbrarse a la forma de ser de su nuevo presidente. Barry era la antítesis del formalismo. Había expresado en más de una ocasión lo poco que le gustaba que la gente se levantara cuando él entraba en una habitación, al igual que odiaba toda clase de protocolo. De hecho, en uno de sus discursos de más éxito sus palabras exactas fueron: “No estoy aquí para que me besen el culo, sino para hacer mi trabajo”. Por eso, Barry golpeó con delicadeza la mano de su ayudante cuando este fue a servirle una taza de café.
—Por Dios, Kevin —se quejó—. Tengo la taza y la cafetera justo en frente de mí. Puedo hacerlo yo. Soy Presidente, no paralítico. Bueno, ¿por qué estamos aquí? —preguntó mientras se servía él mismo el café.
—Jake Turner tiene un proyecto que quizá le interese, señor Presidente —le informó el secretario de defensa, William Rumsfield.
—Alex, Bill. Me llamo Alex —le corrigió—. Turner ¿eh? Es el dueño de la Turner Enterprise de Raven City ¿no? Suelen salir cosas buenas de esa corporación. ¿Está aquí?
—Está esperando fuera. Pero ha pedido expresamente que estemos únicamente usted y yo.
—¿Tan importante es?
Rumsfield se encogió de hombros.
—Está bien. Iros todos y hacedle pasar rápido. He quedado con mi hija para ver American Idol esta tarde.
Todos volvieron a mirarse tras escuchar esta última frase mientras Kevin caminaba hacia la puerta. Los presentes se levantaron y comenzaron a salir de la habitación entre despedidas protocolarias al Presidente, que éste devolvía frunciendo el entrecejo. Cuando todos se hubieron ido un hombre de poco más de treinta años entró en la estancia. Iba vestido con traje de chaqueta y el pelo brillantemente engominado hacia atrás. A pesar de su juventud, su mirada irradiaba un aire de superioridad que, incluso en aquél lugar en presencia del Presidente de los Estados Unidos y su Secretario de defensa, era patente. Jake Turner saludó a Rumsfield con un ligero movimiento de cabeza y luego miró al presidente:
—Señor presidente, es un placer conocerle —saludó.
—El gusto es mío, Turner —Barry se inclinó sobre la mesa y estudió con atención a Jake. Luego pareció recordar algo y su expresión cambió por completo—. Siento mucho lo de su mujer. La Tormenta se llevó muchas vidas. Ojalá pudiera haber hecho algo por evitarlo.
—Nadie podía hacerlo, señor Presidente. Todo fue tan… extraño. Sin embargo, tengo una solución —Jake tragó saliva para continuar. No había previsto que el Presidente sacara a colación el tema de Jenny. La echaba de menos, Dios sabía que lo hacía—. Algo que podría ayudarnos a parar los pies a los posthumanos.
—Posthumanos —murmuró el Secretario de defensa—. No me termina de gustar esa palabra.
—Técnicamente está bien empleada, Bill —explicó el presidente, echándose de nuevo hacia atrás—. Los posthumanos son un paso adelante en la evolución, sea cual sea su origen. Así que… está bien dicho. Lo acuñó la BBC ¿qué esperabas?
Rumsfield miró al presidente, sacudió la cabeza y volvió a dirigir la atención a Turner.
—Precisamente de ellos quería hablarle, señor Presidente —continuó Jake—. La Tormenta asoló gran parte de Raven City y se expandió por el resto del mundo. Muchos murieron, mi mujer entre ellas. Y muchos de los que sobrevivieron acabaron convirtiéndose en poco más que monstruos, infectados por el Transmutador genético. Desde aquello, la Turner Enterprise está investigando el Transmutador.
—¿Han podido averiguar de dónde viene o qué es exactamente? —preguntó Rumsfield, ansioso.
Jake negó con la cabeza.
—Por desgracia, no. Pero sí hemos encontrado la forma de usarlo.
—¿Usarlo? —el Presidente volvió a inclinarse sobre la mesa—. ¿Qué quiere decir con usarlo?
—Permítame enseñárselo —Turner caminó hacia la puerta, la abrió y una atractiva mujer entró en la habitación portando una jaula. En su interior, un ratoncito correteaba de un lado a otro. Luego Jake sacó de su maleta una bombilla y la enroscó en una lámpara que conectó por medio de unos cables a la jaula. 
—¿Qué demonios va a hacer? —preguntó el presidente—. ¿Freírlo?
—Ahora lo verá. 
Barry y Rumsfield observaron como Jake cogía un trozo de queso de la maleta y lo introducía en una pequeña caja que cerró completamente. Luego, metió la caja dentro de la jaula.
—Este ratón lleva tres días sin comer —explicó el dueño de la Turner Enterprise.
—Pobre —murmuró el Presidente.
—La caja tiene varios agujeros por las que se filtra el olor del queso —continuó Jake—. Dentro de poco, Watio lo olerá.
—Watio es el ratón ¿verdad? —quiso asegurarse Rumsfield.
—Ahora verá por qué se llama así.
Inmediatamente, Watio comenzó a caminar ansiosamente hasta la cajita. La rascó con sus diminutas patas, la hizo rodar y la empujó.
—Está tan ansioso por comer, que no parará hasta conseguirlo —murmuró Turner sin dejar de mirar como el ratón intentaba alimentarse una y otra vez—. El nivel de estrés de Watio debe estar creciendo ahora mismo.
La bombilla comenzó a encenderse. Al principio no fue más que un destello, pero poco a poco, la luz se hizo mucho más intensa.
—Dios mío —musitó el presidente.
—Como saben, ningún animal resultó afectado por La Tormenta —dijo Jake mientras introducía la mano en la jaula, abría la caja y permitía que Watio comiera. La bombilla se apagó entonces.
—Entonces ¿como…? —preguntó el Secretario de defensa.
—Le hemos inoculado Transmutador genético —contestó Turner—. Lo hemos convertido en un postanimal, a falta de una palabra mejor.
—Impresionante —le felicitó Barry—. Enhorabuena, señor Turner. Sabía que su empresa conseguía grandes logros, pero nunca imaginé esto.
—Gracias, señor presidente.
—Pero me asalta una duda —continuó el Presidente—. ¿De qué nos puede servir un ratón que enciende bombillas?
—Mi intención no es continuar mis investigaciones en animales, señor.
Barry le miró fijamente y luego dobló la cabeza para mirar al Secretario de defensa. Después se echó hacia atrás en su sillón y bebió un poco de su café.
—¿Está diciéndome que quiere autorización para experimentar con humanos? —preguntó sin andarse con rodeos.
Jake tragó saliva. Ahí estaba. El momento de la verdad. El momento por el que había estado trabajando durante los dos últimos años.
—En los dos últimos años ha habido una gran cantidad de asesinatos, robos y crímenes —dijo—. Muchos de ellos relacionados con posthumanos. Esta investigación podría ayudarnos a luchar contra ellos. Podríamos crear un grupo de personas capaces de…
—Quiere crear a los X-men ¿no? —Barry hizo una mueca con los labios.
—Eh, sí. Algo parecido, señor Presidente.
El Presidente asintió con la cabeza un momento, sin dejar de mirar a Jake, que esperaba impaciente.
—Su descubrimiento es algo magnifico, señor Turner. Pero experimentar con humanos es algo fuera de toda ética. Es cierto que ha habido un ligero aumento en el país, y fuera del país también, de actos delictivos. Pero son delitos menores, robos de poca monta casi todos. No puedo permitir que ponga en peligro la vida de personas con esos números. Lo siento, Turner, pero no puedo aceptar su petición.
—Esos delitos pueden subir de nivel, señor Presidente —replicó Jake.
—Lo sé, y cuando lo hagan, usted será la primera persona a la que llame. Pero mientras tanto, la animo a continuar sus investigaciones en animales —Barry se levantó de la silla, se acercó a Turner y extendió una mano.
—Gracias, señor Presidente —murmuró Jake devolviéndole el apretón.
—Cualquier adelanto de importancia, por favor, avíseme. Estoy impaciente por saber a dónde le lleva esto. Y, por favor —el presidente esbozó una amplia sonrisa—. Puede llamarme Bill.
Jake observó como Barry se marchaba de la habitación, comentándole a su ayudante algo sobre una enorme televisión, su hija y American Idol. Un momento después, también el Secretario de defensa se marchó, dejándolo solo en la habitación.
Watio se movió en la caja. Ya había terminado de comer y ahora se dedicaba a corretear.
—Tranquilo, Watio —susurró Turner—. No estás solo.

El batir de alas se dejó escuchar en el callejón cuando Llama Blanca aterrizó entre la lluvia que caía. La Eterna las escondió en la espalda y caminó sigilosamente. El mensaje que había recibido la citaba allí, pero no había nadie en aquél lugar. No sabía quién había sido y aquello hacia que estuviera mas alerta aún que de costumbre.
Dio unos pasos al frente y se detuvo cuando el viento hizo balancearse el cartel de una tienda de frutas abandonada. Muchas cosas habían cambiado en Raven City desde lo que los humanos llamaban la Tormenta. Las tiendas eran una de ellas. Como La Tormenta se había iniciado en esa ciudad, los poderes que los posthumanos habían adquirido eran más fuertes allí que en cualquier otro lugar del mundo. Raven City era la zona cero y se había convertido en una ciudad altamente peligrosa. Miles de personas emigraron ante la falta de seguridad, cerrando comercios y abandonando edificios enteros. Y ahora, Llama Blanca estaba junto a lo que consideraba un vestigio de la antigüedad. Y no era para menos. Con La Tormenta se había creado un nuevo orden mundial.
La justiciera observó con detenimiento el callejón, pero no había nada, excepto unos cubos de basura medio vacíos en una esquina. Y tampoco había nadie a excepción de ella misma. Únicamente una espesa nube de humo gris flotaba a la altura de su cabeza, unos metros más adelante. Buscó con la mirada el origen del humo, temiendo encontrar un incendio y, por tanto, alguien a quien salvar. Pero no había nada.
Frunció el entrecejo al comprobar que el humo se movía de una manera extraña. Giraba y revoloteaba de un lado a otro, se estiraba y se encogía. Como si tuviera vida propia, pensó la joven.
—¿Hola? —preguntó Llama Blanca, pero la única respuesta que obtuvo fue el ulular del viento—. Ya estoy aquí. Deja que te vea.
Y entonces, el humo comenzó a descender al suelo. Allí fue tomando, poco a poco, la forma de un ser humano hasta que Llama Blanca tuvo en frente a un hombre vestido con una gabardina gris que ocultaba sus rasgos con un sombrero.
—Hola, Llama Blanca —le saludó el desconocido—. Sabía que vendrías.
—¿Quién eres?
—Alguien que te ayudará.
—¿Tienes nombre? —inquirió la muchacha dando dos pasos más en dirección a él.
—No he venido aquí a hablar de mí —respondió el hombre. Llama Blanca pudo notar el amago de una sonrisa entre la sombras de su rostro—. Hay cosas mucho más importantes que tú y que yo en estos momentos.
—¿De qué hablas?
—La Joya de Ádel.
La justiciera hizo rechinar los dientes. No había pensado que apareciera tan pronto.
—¿Qué sabes tú de la Joya de Ádel?
—Oh, mucho. Créeme. Sé que Siriel la está buscando y que tu misión es encontrarla antes. Así como evitar que Baal’ zam encuentre las Piedras de la Decadencia...
—Pareces saber mucho de mí —Llama Blanca abrió la mano y su espada de fuego comenzó a materializarse en ella—. Y no me gusta nada.
—Da igual si te gusta o no —replicó el de la gabardina—. Lo realmente importante es que la Joya ha aparecido. Y que Siriel va a por ella.
—No tengo por qué creerte. 
—Claro que no, pero irás a donde yo te diga. Porque esa es tu naturaleza ¿no? Tu misión. Si no buscas las Joya ni las Piedras… ¿qué eres?
Llama Blanca frunció el entrecejo y luego arrugó los labios en un gesto de fastidio. Tenía toda la razón. No sabía quién era él, ni porque quería ayudarla, pero si le decía donde estaba la Joya, ella acudiría. Como el desconocido había dicho: era su misión. Además, poca gente en el mundo sabía de la existencia de los Eternos, de la Joya o de las Piedras de la decadencia. Y los que lo sabían, ella los conocía perfectamente. Y, desde luego, el enigmático hombre vestido con gabardina y que parecía convertirse en humo que tenía en frente, no era uno de ellos.
—¿Donde dices que está? —preguntó sin hacer desaparecer la espada de su mano.
—En los Alpes suizos —contestó el desconocido —. Te enviaré a tu teléfono móvil las coordenadas exactas
Llama Blanca contuvo el impulso de preguntarle cómo había conseguido su número de teléfono.
—¿Cómo sabes que está allí? —quiso saber la joven.
—No pierdas el tiempo conmigo —dijo el hombre mientras comenzaba a convertirse en humo de nuevo—. Sal cuanto antes. No sé cuánto tiempo más estará la Joya allí.
—¡Espera! —gritó Llama Blanca—. ¿Quién eres?
Pero el  hombre ya había desaparecido. En su lugar solo quedó una nube de humo que se elevaba lentamente hacia el cielo.



Al norte de Raven City, el viento arremolinó unas hojas caídas alrededor de los pies de Tom Randall. El muchacho alzó la mirada para observar el río de luces que era la ciudad a esas horas de la noche y, con un suspiro caminó entre las tumbas del cementerio, arrastrando su gabardina negra por el suelo.
En aquél lugar se encontraban tres de las personas que más habían significado para él: Jenny, su padre y su madre. Y las tres habían muerto. Cuando llegó a una sencilla tumba blanca, Randall bajó la mirada para leer el nombre inscrito en ella. Jenny Turner. La última de sus víctimas. Hinchó las narices, enfadado consigo mismo. Si él no hubiera abierto la Puerta del Limbo dos años antes, ahora no estaría visitando la tumba de su mejor amiga. Igual que con Meredith. La muchacha de Las Vegas murió por su culpa, cuando Pete “El rompehuesos” intentaba asesinarle a él. Al menos, en el caso de Meredith, había podido redimirse cuando separó la cabeza del cuerpo de su asesino. Pero ¿Y Jenny? ¿Y todas esas personas que murieron cuando el Elixir salió de la Balanza del caos y se expandió por el mundo? ¿Cómo podía vengarlas? ¿Cómo redimirse?
—Lo siento, Jenn —murmuró—. Lo siento mucho. Estos dos años han sido… una mierda. Te echo de menos.
Una ligera brisa le atrajo un sonido. Tom se puso en tensión. Era una costumbre que había adquirido los dos últimos años. Siempre atento, siempre alerta, dispuesto a matar si hacía falta, con tal de salvar a los ciudadanos de Raven City de los seres que él mismo había creado.
El sonido volvió a producirse y Randall abrió la palma de la mano para dejar que una llama se materializara sobre ella. La espada de fuego blanco apareció al mismo tiempo que él se giraba y atacaba. Se detuvo cuando el fuego lamió la piel del cuello de David Dean.
—David, joder —maldijo Tom—. ¿Qué haces aquí?
—Estoy buscándote —contestó el policía cuando la espada de fuego desapareció de la mano de Randall—. ¿Sabes? De todos los poderes que tienes, esa espada es la que más miedo me da.
—Puedo romperte las costillas con solo mirarte —le recordó Tom con una amarga sonrisa.
—Sí, pero no lo harías.
—No tientes a la suerte. ¿Cómo sabías que estaba aquí?
—Vienes casi todas las noches.
—¿Me estás siguiendo? —inquirió Randall enarcando una ceja
David hizo una mueca con los labios y dio un paso al frente.
—Llama blanca me lo pidió —respondió Dean—. Está preocupada por ti, Tom.
—Llama blanca debería meterse en sus propios asuntos. Y tú también, ya que lo preguntas.
—No te lo he preguntado.
—Pero ibas a hacerlo. ¿Qué te dijo exactamente Llama blanca?
David sonrió. En el fondo, a pesar de sus poderes y de la lucha interior que mantenía, Tom Randall solo era un hombre enamorado.
—Nada. Solo que te vigilara. Que comprobara que estás bien. Mira, Tom. No sé qué paso entre vosotros. Pero si sé que hubo un tiempo, poco después de que matarais a Baldur, en el que eras otra persona… distinta.
—Esa persona ya no existe —dijo Tom girándose para mirar la tumba de Jenny—. Murió cuando murió Jenn.
—Sí, y te dedicaste únicamente a perseguir posthumanos. Todos perdimos a alguien en aquellos días. Yo perdí a mi mejor amigo; Siriel, el amor de su vida. Y todos continuamos con nuestras vidas. Pero tú… nos apartaste a todos, tus amigos, de ti…
—Yo no tengo amigos, David. Tú y yo no somos amigos. Es lo mejor para ti.
—Eso lo decidiré yo ¿no?
—No —contestó Randall secamente—. No tienes voz ni voto en esto. Todo el que se acerca a mí… acaba muriendo.
David sacó el móvil del bolsillo y le mostró a Tom la pantalla.
—¿Esta gente acabó muriendo, Tom? —le preguntó.
Randall se obligó a mirar las imágenes que se reproducían en la pantalla del teléfono. Quinox agarrando a un niño que había caído de un piso quince y llevándolo sano y salvo hasta su madre; Quinox sacando a una anciana de un incendio; Quinox deteniendo a un hombre capaz de convertirse en arena. Quinox, Quinox…
—Toda esta gente está viva gracias a ti —le recordó David—. Te deben la vida. ¡Maldita sea, si hasta han hecho muñecos de ti!
Y le mostró la imagen de una reproducción de Quinox, con su larga gabardina negra y la capucha ocultando sus rasgos. Era uno de esos muñequitos cabezones que ponen en los coches.
—Joder, aparta eso de mi vista —pidió Tom avergonzado.
—La gente te quiere… te guste o no.
—¿Has venido hasta el cementerio solo para decirme esto? —preguntó Randall, atajando la conversación con el tono de voz—. Porque si es así, podías haberme llamado por teléfono. O mejor, un mensaje.
David hinchó las narices y sopesó por un momento la idea de continuar indagando en la vida personal de Tom, pero desistió. No sabía cómo podía reaccionar el súper héroe y, además, había cosas más importantes en las que centrarse.
—Tengo un caso que quizás te interese —anunció—. Uno bastante raro. Un hombre ha aparecido asesinado en su casa.
—David, por muy poco que me guste decirte esto, que alguien aparezca asesinado en su casa no es algo raro.
—¿Y si te digo que la víctima ha aparecido atravesado una y mil veces por los cristales de un espejo?
—Eso es, al menos, curioso —coincidió Tom. Luego miró a David esbozando una triste sonrisa—. Hace un momento me has dado bastante por culo. Ahora me tienes que invitar a un café.
David Dean le devolvió la sonrisa y se apresuró a alcanzar a Tom cuando este comenzó a caminar hacia la salida del cementerio.
—Claro, amigo —dijo.
—No soy tu amigo.

Luigi pulsó de nuevo la tecla Intro y se repantingó en su silla para observar el trabajo bien hecho en el monitor del ordenador, mientras bebía un poco de la lata de Coca cola que tenía sobre la mesa.
—Muy bien, Luigi —se felicitó a sí mismo. 
Orgulloso, paseo la mirada por su “oficina”. Le gustaba llamar así al local en el que pasaba la mayoría de las tardes, desde hacía cuatro o cinco años, ya ni lo recordaba. No era una oficina, por supuesto. Solo una pequeña habitación medio vacía, con una única mesa para apoyar el ordenador, un flexo que iluminaba su Mac y una mini nevera para guardar Coca colas. Podía prescindir de cualquier tipo de lujo. Lo único que necesitaba era su ordenador y una pequeña ventana. El resto, sobraba.
Con una sonrisa, Luigi se levantó para acercarse a la ventana. Apoyó una mano en la pared y esperó.
—Vamos, chicos. Dadle a papá lo que necesita.
Pasaron diez segundos, veinte y el informático comenzó a ponerse nervioso. La espera estaba durando demasiado.
—¿Qué pasa? —se preguntó extrañado—. Juraría que…
De pronto, la solitaria calle que estaba mirando cobró vida. El McDonald’s que había frente a su edificio comenzó a vomitar gente empapada. Algunos resbalaron en el suelo cuando salieron espantados del local y Luigy rió de buena gana. A lo lejos, escuchó el sonido de las sirenas de policía, bomberos y ambulancia.
Ya estaban allí las fuerzas de seguridad cuando algo se movió detrás de él. El informático esbozó una sonrisa.
—Siempre tan silenciosa —comentó—. Aunque no lo suficiente.
—Y tú siempre tan capullo —replicó una voz de mujer—. ¿Qué te ha hecho esa gente para que tengas que estropearles la cena?
—Nada —contestó Luigy girándose y encogiéndose de hombros—. Pero es divertido. El problema de que hoy en día todo esté informatizado es que alguien como yo puede meterse en tu base de datos y joderte la noche abriendo el sistema anti incendio.
—El mundo sería un lugar mejor sin gente como tú —decidió la recién llegada.
—En eso te doy la razón —Luigi sonrió animadamente y se acercó a la mesa de su ordenador—. Tengo algo para ti, Siriel. Si ese es tu verdadero nombre…
Siriel dio un paso al frente y dejó que la luz del flexo la iluminara. Como siempre que la veía, Luigi no pudo evitar observarla. La preciosa figura de la mujer volvería loco a cualquier hombre de este planeta, y su cabello negro caía en cascadas rodeando un rostro enigmáticamente hermoso. Sus ojos color esmeralda miraban al mundo con una mezcla de curiosidad y determinación. Y eran justamente esos ojos los que obligaban a Luigi a apartar la mirada de su cara. Siriel no parecía tener más de veinticinco o treinta años, pero sus ojos reflejaban sabiduría. Más de la que debiera tener una mujer de su edad.
—No he venido aquí para que me mires las tetas, Luigi —se quejó Siriel fulminándole con la mirada—. ¿Qué dices que tienes?
—Ah, eh. Sí —el hacker desvió los ojos por fin a su monitor y comenzó a teclear mientras explicaba—. Esta mañana me ha saltado una alerta. La misma que programé hace un par de años para ti, cuando me pediste que buscara esa joya. La misma joya que luego, al parecer, perdiste. Y también la misma —agregó haciendo una mueca con la boca— de la que no tengo la más mínima información.
—No te hace falta información —atajó la mujer—. Conque sepas cómo es, te basta.
—Permíteme que lo dude.
—Duda lo que quieras, Luigi. Pero no te voy a decir nada más.
—De todas maneras… —el informático pulsó la tecla de su Mac y una imagen apareció reflejada en el monitor. Luigi lo señaló como si señalara un gran descubrimiento—. No hace falta que me digas nada. ¡Aquí la tienes!
Siriel se acercó a la mesa y apoyó las manos en ella para observar mejor la imagen que tenía delante. En ella, un hombre gordo y con barba, vestido como si fuera un Indiana Jones de tres al cuarto, mostraba a la cámara una piedra preciosa. La joya tenía el tamaño del puño de un hombre y, en su interior, se arremolinaba algo. Como una extraña galaxia en miniatura.
—¿Dónde has encontrado esta foto? —inquirió Siriel, sintiendo como su corazón comenzaba a latir desbocado.
—En Facebook, por supuesto. No te imaginas la de cosas que puedes encontrar…
—¿Quién es? —le interrumpió ella.
—Domhnall Kea, un arqueólogo escocés. Encontró… eso hace un par de días en los Alpes suizos mientras excavaba.
—¿Sigue allí?
—Según su Facebook, sí. La joya solo ha sido un descubrimiento colateral. Así lo ha llamado él.
—Me voy, Luigi —dijo Siriel girándose para dirigirse a la puerta.
Luigi la siguió con la mirada y luego volvió a hablar:
—¡Espera! ¿Vas a pagarme o qué?
—Te pagaré cuando dejes de mirarme el culo cuando me marcho —contestó Siriel antes de cerrar la puerta detrás de ella.

Podéis adquirir las entregas anteriores desde la tienda.

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lunes, 25 de marzo de 2013

Lupus in fabula 5 ya está aquí


Por fin tenemos disponible el quinto número de Lupus in Fabula. Y aquí paso a poneros su contenido. Enhorabuena a Abel Murillo, que le ha costado casi la vida poner este número a nuestra disposición.


Fantasía en Movimiento: Stardust
Sounds & Emotions: Alan Menken
Roberto Alhambra y La Alianza de los Tres Soles
Planeta Nipón: Caballeros del Zodiaco
Creatura Ex Natura: Licántropos
Masters del Frikiverso: Brandon Sanderson y Nacidos de la Bruma
La Forja de los Octaedriles: Fucking Canvas
Alberto morán Roa y Barb Hernández: El Rey Trasgo
El Replicante: Generación Kindle
El Sepulcro de Angelnight: Tim Burton y la influencia de Frankstein
Vael Zanón y El Ocaso de los Ángeles
Territorio Gamer: Dark Soul
Novena Viñeta: The Authority
La Cueva de los Fraggles: Hora de Aventuras

Podéis leer la revista AQUI

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Dejémonos de chorradas

El otro día, hablando con unos amigos surgió la eterna conversación. ¿Existe Dios? ¿No existe? Yo, fiel y a mi costumbre, eludí hablar del tema porque me parece una discusión absurda que nunca, bajo ninguna circunstancia terminará y no nos lleva a ninguna parte. Al final, en vez de debatir si Dios existe o no, acabamos intentando convencer al bando contrario de lo que nosotros pensamos y eso es un error.
La religión se basa en la fe, y la fe, según el diccionario es la "creencia en algo sin necesidad de que haya sido confirmado por la experiencia o la razón, o demostrado por la ciencia". Si esto es así, si un religioso cree en Dios por su fe sin tener pruebas de ningún tipo. ¿Como puede un ateo convencerle de lo contrario? ¿Que pruebas puede darle de que Dios no existe si él no necesita ninguna para creer que sí? Y lo mismo para los ateos. Tampoco tenemos ninguna prueba de que Dios no exista. Tenemos razones para creerlo, nuestros propios motivos, pero desde luego ninguna prueba fehaciente. Es, simplemente, otro tipo de fe.
Muchos dirán que los ateos tenemos la ventaja de la ciencia. Dios no pudo crear al hombre porque el hombre viene del mono. Pero ¿quién nos dice que Dios no creo al mono? Pero es que el mono viene de unas células que había en la tierra cuando era joven... ¿y quién te dice que Dios no creó esas células?  Pero es que la tierra se creó con el Big Bang y... pues lo mismo. Ésas, a mi entender, son tesis absurdas que usan los ateos de pura cepa para intentar convencer a los religiosos de su punto de vista.
Yo soy ateo, no creo en Dios porque no tengo pruebas de que exista y porque es mi forma de pensar. Tan respetable como el que crea en la existencia de un ente superior. Y que cada cual crea en lo que le de la gana y todos felices.
Lo que me niego a aceptar es que intenten convencerme de lo contrario, igual que yo no intento convencer a nadie de lo que opino. Así que dejémonos de chorradas, el ateísmo  igual que la religión, es un modo de vida. Que cada uno viva como quiera sin jorobar a los demás.
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domingo, 24 de marzo de 2013

En busca de la felicidad o El poder del dinero

Ayer vi En busca de la felicidad, de Will Smith. Soy consciente de que esta película le gusta a mucha gente porque ensalza el valor de la lucha, el amor paterno-filial y esas cosas. Pues, siendo sincero, a mi no me gustó. Quizás si la hubiera visto en otras circunstancias o en otra época me hubiera incluso emocionado, pero no ahora. Porque, la verdad, para ver dramas ya tenemos el telediario todos los días y la vida en general.
Pero no voy a hacer aquí una crítica de la película. Os voy a hacer más bien una reflexión desde el punto de vista de una persona que crea historias. Y también, por qué no decirlo, un poco de mi visión del mundo. Soltaré algunos SPOILERS, así que quien no haya visto la película y no quiera que le destripe el final, mejor que no siga leyendo. Empezamos.
Tenemos a un hombre con un hijo y una mujer. La mujer se larga y los deja a él y al niño solos. El padre tiene problemas económicos: le quitan el dinero del banco, le echan de la casa... Lo normal hoy día, vamos  Pero mientras tanto él lucha como un gladiador por lograr un puesto en una importante empresa de brokers (se escribe así ¿no?), trabajando para ellos durante seis meses sin ver un dólar. Después de muchas vicisitudes, logra el trabajo, se hace rico y él y su niño son felices y comen perdices. Visto así, tenemos a un tío insistente, luchador, el hombre que todos desearíamos ser. 
Pero no olvidemos que la película está basada en una historia real. ¿Qué significa eso? Que esta historia es algo excepcional, por eso la han contado en una película. Lo normal, nos guste o no, es que estas cosas no salgan bien. Historias como éstas las hay a montones y no terminan así.
Ahora, cojamos la misma historia, pero cambiemosle el final. Después de todas esas vicisitudes, el padre no consigue el trabajo. La visión de ese hombre cambia completamente. Me explico. Tenemos a un tío de treinta y tantos, tirando a cuarenta años; con un hijo de ocho o diez. Le embargan el dinero, le echan de la casa. Está más seco que yo. Tiene que andar por la ciudad con su hijo colgado de un brazo y todas sus pertenencias en el otro. Durmiendo en albergues, incluso en los servicios del metro. Y todo porque se le ha metido entre ceja y ceja trabajar como becario para una empresa durante seis meses sin que le paguen, con la pequeña esperanza de que pasado ese tiempo, quizás, y solo quizás, le contraten. ¡Joder! Lo normal en esas circunstacias sería que se buscara otra cosa donde le pagaran algo para que, al menos el niño, pudiera vivir en condiciones ¿no? Pero no, él empecinado en el puto trabajo. Si la historia hubiera sido así, si no le hubieran dado el trabajo y no se hubiera hecho rico, estaríamos hablando de un inconsciente, un irresponsable y un mal padre. Pero como lo consiguió, pues es un luchador y un ejemplo a seguir. Para que veáis que el tener dinero o no, puede cambiar lo que la gente piensa de los demás.
Con ésto quiero decir que, cuando escribamos novelas, y creemos al personaje principal. No es solo su forma de ser lo que le define, sino también el final, si consigue su objetivo o no. Si al final de Armageddon, Bruce Willis se queda en el meteorito para que éste no caiga sobre la tierra y, aún así cae y la tierra queda destruida  no habría quedado como un héroe, sino como un gilipollas.  ¿O no? ¿Qué opináis vosotros?

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martes, 12 de marzo de 2013

Saga Quinox. La historia que inspiró la saga


Cuando comencé a escribir Quinox 1: Exilio, no imaginé, ni por un momento, que acabaría gustándole a tanta gente. Para mí, recibir emails, mensaje de Facebook o comentarios de los lectores es un verdadero regalo. Nada me gusta más que saber de primera mano que habéis disfrutado con su lectura.
Pero al contrario de lo que pensáis, la historia de Tom Randall no comienza en Exilio. Su verdadera historia, la historia que inspiró la Saga Quinox, comenzó antes, allá por el año 2009.
Yo estaba dando mis primeros pasos como escritor. Había publicado algunos relatos en ciertas páginas, como Aurora bitzine. Entonces encontré un foro llamado Tierras de acero que hoy, por desgracia, ha caído prácticamente en desuso. En ese foro te daban la posibilidad de escribir relatos y enseñárselos al mundo. Y no solo eso, sino que lo maquetaban en lo que ellos llamaban Cuadernos Tierras de Acero. Diseñaban una portada para el relato y lo maquetaban de dos maneras distintas: en pdf para leerlo en el ordenador o en formato libro para que lo imprimieras, lo graparas y quedara como si fuera un  cuaderno. Me gustó muchísimo la idea y decidí probar suerte.
Por aquél entonces, las películas de superhéroes estaban copando todos los cines. Spiderman, X-men… Yo había visto unas cuantas y me encantaban. Así que se me ocurrió escribir un cómic. Quería crear un héroe desde el principio, contar su origen.
Y de ahí surgió Quinox. Le di una ciudad en la que moverse. Igual que Superman tiene a Metropólis; Spiderman, Nueva York y Batman a Gotham City, yo quería que Quinox se moviera en su propio ambiente. Así que lo primero que me imagine de la saga fue el nombre de la ciudad: Raven City.
Por supuesto, tenía que tener también un poder. La telequinesis fue la elegida. Siempre me ha atraído mucho este poder. Da muchas posibilidades y no todas han sido explotadas en el cine, los cómics o la literatura.
Una vez tuve toda la información sobre el superhéroe, comencé a pensar en los villanos. Y ahí surgieron Caos, Jake, Pete “El rompehuesos” y Ryan Jones. El resto solo fue dar rienda suelta a mi imaginación.
La primera entrega se llamó Mutación y a los lectores de Tierras de acero les gustó mucho. Así que me decidí a continuar la historia. Tras Mutación llegaron Metamorfosis y Revelaciones, que termina la trilogía. Hubo muchas descargas de los Cuadernos Tierras de acero y recibí muchos mensajes de apoyo y de felicitaciones. Incluso había quien me pedía que escribiera más aventuras de Quinox. 
Yo lo dejé estar un tiempo. Estaba inmerso en la escritura de Habitación fantasma y Crónica galáctica, además del trabajo que todo hijo de vecino tiene que tener para poder comer, al menos de vez en cuando. 
Poco a poco, el foro fue perdiendo fuerza. Cada vez entraba menos gente y fue desapareciendo.
Yo, por mi parte, casi me olvidé de Quinox. Me centré en escribir otras novelas y otros relatos y Tom Randall se diluyó en mi mente. Aunque, eso sí, muchas veces me asaltaban ideas para una hipotética segunda trilogía.
Y entonces llegó Amazon. Por aquél entonces yo estaba leyendo Juego de Alas, de Fernando Trujillo y César García (algunos de vosotros a lo mejor la conocéis como La guerra de los cielos) en su versión en papel, publicada por la editorial Mundos épicos. Me gustó mucho el libro y me puse a informarme sobre los autores. Me encontré con que habían decidido pasar de editoriales y embarcarse en el mundo de la auto edición con Amazon. Yo no sabía de qué iba el tema y le mandé un mensaje a Fernando, felicitándole por su libro y preguntándole por Amazon.
Él me contestó muy amablemente y resolvió todas mis dudas. Y me convenció de probar suerte.
El problema era que yo no tenía ninguna novela disponible. Así que recopilé todos los relatos que había ido publicando en diversas webs y algunos inéditos y los uní en una antología llamada El guardián de la fantasía. Evidentemente, no vendí gran cosa de ese libro, pero yo no estaba dispuesto a cejar en mi empeño de comprobar hasta dónde se podía llegar con Amazon.
En aquél momento solo tenía dos novelas escritas: Habitación fantasma y La cabeza de la serpiente, pero ambas estaban pendientes de valoración en varias editoriales y no quería meter la pata.
Entonces, Tom Randall volvió a aparecer en mi cabeza. ¿Y si publicaba Quinox? Solo tendría que repasarla un poco o tal vez reescribirla y publicarla, cuestión de un par de semanas. Craso error. No sabía hasta qué punto, Quinox iba a cobrar vida propia.
Cuando empecé con la reescritura de Mutación, Tom Randall decidió irse por otros derroteros. Accedí a hacer algunos cambios, pero Quinox se empeñó en irse de Raven City y mudarse a Las vegas. ¡Y no solo eso! ¡Quiso cambiar por completo de personalidad, enemigos y amigos! No quería ser el Randall que yo creé unos años antes.
Yo me dejé vencer. ¿Qué otra cosa iba a hacer? Él tiene telequinesis y yo soy un simple humano sin poderes.
Entonces decidí hacerle caso y crear una historia completamente nueva, partiendo de cero. Y apareció Exilio. Lo que había comenzado como la reescritura de un relato ya escrito se convirtió en el origen de una historia completamente distinta. Aunque, eso sí, con algunos puntos en común.
Lo primero que cambió fue la personalidad de Tom. Si en la versión original, nuestro amigo era un muchacho retraído, tímido e introvertido; en la nueva, era todo lo contrario. Un tipo duro con muy mala leche, pero con un gran corazón latiendo en el pecho.
A parte de la historia propiamente dicha, que no os voy a contar para no destripárosla, también cambiaron los personajes. Hay algunos que salen en la original que no aparecen en la que todos conocéis. Asímismo, también hay nuevos personajes en la nueva versión. Llama Blanca fue la primera en aparecer. Es un personaje completamente nuevo para la versión que conocéis. Pete “El rompehuesos” apenas aparece en la primera versión y, sin embargo, en la nueva es prácticamente un protagonista y su papel es completamente distinto. 
Incluso los elementos que pueblan el universo de Quinox cambiaron. En la primera versión no hay Eternos ni ningún tipo de lucha entre el bien y el mal ni nada de eso. El origen de los poderes de Tom es más… terrenal, por decirlo de alguna manera.
La versión que vais a leer difiere prácticamente en todo con la que habéis leído, excepto algunos pequeños detalles y otra cosa: el final.
No sé si habéis leído la Saga Quinox así que prefiero no contar mucho. Solo diré que me gustó tanto el final de esta versión que decidí usarlo para la nueva. Eso sí, de forma distinta.
Bueno, no voy a hablar más. Lo que vais a leer es el germen de la Saga Quinox, La historia que inspiró la Saga. La he repasado y corregido e incluso reescrito en algunos puntos, pero he respetado completamente el argumento. No he añadido nada, que no fuera una pequeña frase para mejorar el estilo o sustituido alguna palabra. Por lo demás es, exactamente igual a como lo escribí hace unos años.
Solo vosotros podréis decirme si el cambio que sufrieron las aventuras de Tom Randall fue para mejor o para peor. 
Pongo a disposición vuestra esta historia para que conozcáis un poco más la Saga que tantas satisfacciones me ha dado. Y si no la habéis leído, quizás sea un buen vehículo para que os intereséis por ella.

POdéis comprarla por solo 0,89 € desde aquí.

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