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Fernando Trujillo

Conocí a Fernando Trujillo cuando comenzó a subir en un blog una novela coescrita con Cesar G. Muñoz, Juego de alas. Una historia de fantasía, ciencia ficción, suspense... (la jodía novela lo tenía todo). Es una de las pocas blog novelas que me han mantenido pegado a la pantalla del ordenador, leyendo capítulos. Afortunadamente, una editorial se interesó por ella y dejaron de subirla. Cuando me entere que el libro salía a la venta tuve que pedirle a los chicos de Fantasymundo que me la consiguieran. Me había quedado con la intriga y no estaba dispuesto a quedarme sin saber como terminaba la historia. 
Desde entonces he leido algo más de él: Blanco y negro y La prisión de Black Rock. Y puedo decir que es uno de mis escritores favoritos. Su estilo es dinámico y fresco. Conforme lees te da la sensación de que su prosa surge de forma natural. Los diálogos, el guión, todo es perfecto en sus libros.
Sus historias te atrapan desde la primera página y no te sueltan hasta el final. A día de hoy, Juego de alas es una de mis novelas favoritas. Blanco y negro me sorprendió por lo interesante de su propuesta y por el carisma de los personajes. Si leéis Blanco y negro, atención con los pintorescos personajes de Tedd y Todd. No tienen desperdicio.
Además de buen escritor, en cierto modo, Fernando se ha adelantado a su tiempo.Vende sus novelas en formato electrónico a través de Amazon. Y la verdad es que le está yendo bastante bien. Cinco mil copias en menos de un año es una cifra nada desdeñable.
Además, poco a poco, su camino literario en Amazon está subiendo. Comenzó publicando en electrónico, ahora también da la posibilidad de comprarlo en papel. Por si esto fuera poco, está traduciendo sus obras al francés y al inglés.
Por eso admiro a Fernando. Por escribir de puñetera madre, por dejarme leer sus novelas y regalarme muchos ratos de entretenimiento y por desmarcarse del resto y probar algo que los demás escritores no somos capaces.
En este enlace podréis ver los libros que tiene a la venta en Amazon y, si queréis saber qué tal le va en su incursión en Amazon y conocerle un poco más, podéis visitar su blog El desván de Tedd y Todd.


Hablando un poco de mí, sí, tarde o temprano le meteré mano a Amazon como Fernando. Por probar más que nada. Ya sabéis, soy un culo inquieto. 
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Adelanto de Quinox, el ángel oscuro 3: Eternos

Portada diseñada por Andrea Saga

Nueva York

La cafetería Starz, en pleno corazón de Manhattan, estaba medio vacía aquella noche. Dos hombres, sentados a la barra, mantenían una acalorada discusión sobre el último partido de los Yankees y varias personas más comían algo, acomodadas en los cómodos asientos que estaban pegados a la ventana. Desde allí se veía desfilar las luces que emitían los faros de los coches al pasar por la carretera cercana. Por lo demás todo estaba en silencio.
Miah suspiró fastidiada. Eso era lo que menos le gustaba de su trabajo. Los turnos de noche eran silenciosos y soporíferos. Tanto que, al desviar un momento su mirada de los ventanales que daban a la calle, comprobó que Alex, su jefe, estaba sentado en una silla, con el respaldo apoyado en la pared, haciendo unos crucigramas.  Y ella allí, fregando unos platos como una estúpida.
La puerta silbó cuando alguien entró en el local. La muchacha alzó la cabeza para mirar al recién llegado y se encontró con un hombre alto y apuesto. El hombre más guapo que había visto en su vida. Alex apenas separó los ojos del crucigrama. Estaba claro que tendría que ser ella quién se encargara de atender al cliente. Algo que, por otro lado y mirándolo bien, tampoco era una catástrofe.
Así que, Miah dejó los platos en el fregadero, se limpió las manos y se acercó al hombre, que la miraba desde el otro lado de la barra.
—Buenas noches —saludó ella mostrando la mejor sonrisa que tenía—. ¿Qué desea?
El desconocido la observó un momento con unos ojos perfectamente azules y una medio sonrisa que estuvo a punto de hacer enrojecer a Miah. Ella se sorprendió de captar tanto su atención pues no se consideraba precisamente una belleza. Con sus ojos negros, que contrastaban con su piel extremadamente blanca y su silueta delgada y desgarbada, no atraía demasiado la mirada de los hombres.
Sin embargo, el que tenía delante la estaba repasando centímetro a centímetro.
—Esta noche tengo hambre —dijo al fin el recién llegado—. ¿Qué tal un buen plato de chorizo con huevos fritos?
Miah miró la hora. Las cinco de la mañana. No era mala hora para cenar, si habías estado toda la noche de marcha. En Nueva York eso no era extraño. En aquella ciudad podía suceder cualquier cosa.
—¿De beber? —preguntó mientras pasaba el papel con la comanda por un hueco practicado en la pared que daba a la cocina.
—Café —repuso él—. Aún queda noche por delante.
Ella rió ante el comentario.
—Amigo, son las cinco de la mañana —Miah pulsó el botón que pondría en marcha la cafetera—. Dentro de poco se hará de día.
—No me refiero eso. ¿Cómo te llamas?
Ella se sorprendió ante el cambio repentino de conversación pero, en cierto modo, se sintió halagada. No todos los días un hombre tan apuesto le preguntaba su nombre. De hecho, nunca lo hacían.
—Miah —susurró mientras colocaba la taza de café en la barra.
—Bonito nombre —concedió él al tiempo que cogía la taza y le daba un largo trago.
La muchacha tuvo que contener un gesto. El líquido estaba recién salido de la cafetera, ardiendo. Sin embargo el hombre no pareció acusar la temperatura en su garganta.
—Y dime, Miah ¿Qué hace una chica como tú en una cafetería a las cinco de la mañana?
—Bueno… trabajo aquí.
Él respondió con una preciosa sonrisa.
—Ya, pero no me refería a eso.
—Digamos que no he tenido suerte. Este trabajo me permite, al menos, pagar el alquiler.
El desconocido miró tras Miah, directo hacia Alex, que seguía enfrascado en su crucigrama.
—Sin embargo, parece que aquí todo lo haces tú ¿verdad?
Ella también observó a su jefe y luego miró al hombre.
—Es el jefe, supongo que puede permitírselo.
—Sí, es lo que tienen los jefes.
—¿Cómo te llamas? —quiso saber ella, envalentonada por la agradable conversación que estaban teniendo.
En ese momento, la puerta volvió a silbar. Un hombre y una mujer entraron en el local y pasearon la mirada por todo el lugar. Miah sintió un ramalazo de envidia al ver la perfecta figura de la recién llegada. Era preciosa. Por suerte, iba acompañado de un hombre, no menos perfecto, y seguro que la atención del desconocido que tenía delante no se vería desviada hacia ella. Parecía que esa noche se concentrara en el Starz una reunión de modelos o algo parecido.
—Disculpa —se excusó ella—. Voy a atenderles y ahora vuelvo.
De pronto, el hombre extendió un brazo y la agarró de la mano, obligándola a volverse.
—No deberías estar aquí —le dijo en un susurro—. Vete, por favor. Es muy peligroso.
Y sin esperar contestación, se levantó y se giró para enfrentarse a los dos recién llegados.
—Siriel… Baal’ zam —dijo a modo de saludo—. Estáis últimamente muy pesados.
—Estamos hartos de tu equilibrio, Núcleo —repuso la mujer.
—Ah, pero os conocéis —comprendió Miah tras la barra—. ¿Deseáis algo? —añadió intentando hacerse ver tras la espalda del cliente.
—Te he dicho que te vayas, Miah —dijo este. Luego volvió a prestar su atención al hombre y la mujer—. Será mejor que os vayáis, sabéis lo importante que es mi papel. Baldur puede volver en cualquier momento.
El hombre tomó la palabra al fin, acercándose a aquél al que habían llamado Núcleo.
—Baldur hace cientos de años que no aparece, Marlen. Posiblemente esté perdido en cualquier dimensión. Bien lejos de aquí.
Así que se llamaba Marlen, pensó Miah. No era un nombre excesivamente bonito para un hombre, pero le valía.
—Disculpad —intervino—. Podéis seguir hablando de… lo que sea de lo que estáis hablando. Pero decidme qué queréis y os lo traeré.
Baal’ zam apartó la mirada de Marlen para posarla en la muchacha.
—No te metas donde no te llaman, niña.
—¿Cómo se atreve? —por fin, Alex se había desentendido de su crucigrama y se acercaba a grandes pasos a Baal’ zam—. Pídale disculpas a la señorita ahora mismo —ordenó.
El hombre hinchó las narices en un gesto de fastidio y enfado. La mujer se apresuró a colocar una mano en su hombro para tranquilizarle.
—No hemos venido aquí para esto —dijo.
—Estos malditos humanos… —susurró Baal’ zam.
—¿No has escuchado lo que te he dicho? —Alex empujó ligeramente al hombre para intentar captar su atención—. No puede llegar aquí insultando a mis empleados, no…
Su voz se quebró de repente. Alex clavó los ojos en el hombre que tenía delante y luego fue desviando su mirada hasta el rostro de Miah. Y entonces su boca comenzó a chorrear sangre. Miah gritó cuando comprobó que el brazo de Baal’zan estaba hundido hasta el codo en el estomago de su jefe. Cuando este extrajo el brazo, el cuerpo inerte de Alex cayó al suelo como un fardo, dejando una mancha carmesí que iba creciendo a cada instante.
Y entonces llegó el caos. Marlen atacó primero golpeando en el cuello de Baal’ zam y apartándolo momentáneamente de su lado. Siriel dio un salto y se abalanzó sobre él, que logró esquivar el golpe por poco y alejarse lo suficiente.
Todos en el Starz gritaron. Varias de las parejas que comían algo tranquilamente saltaron de sus asientos y corrieron a la salida. La discusión sobre el último partido de los Yankees pasó a un segundo plano, de repente, y los dos hombres lanzaron varios alaridos al aire y siguieron los pasos de las parejas, pasando por encima del cadáver de Alex.
Miah, por su parte, al ver la cruel e inexplicable muerte de su jefe, se agachó horrorizada para protegerse con la barra. Aunque algo le decía que nada podría salvarla de un hombre que había atravesado el cuerpo de otro, solo con ayuda de su brazo.
La batalla no se hizo esperar. Al otro lado de su parapeto, la muchacha escuchó golpes y maldiciones. Una lluvia de cristales cayó sobre ella, sin duda provenientes de los vasos que aún quedaban sobre la barra cuando Marlen llegó. Ella se arrastró por el suelo, intentando protegerse la cabeza con los brazos pues comenzaban a caer cascotes de piedra del techo. Y entonces, se escuchó el aleteo.
Era como el sonido que hace un águila al alzar el vuelo, pero más alto. Mucho más potente. El ruido se dejó oír y, al poco tiempo, varios sonidos iguales se le unieron. Y se hizo el silencio.
Miah intentó escuchar algo a través de la quietud que se había apoderado del Starz, pero no oyó nada. Nadie hablaba, únicamente algún cristal al caer sobre el suelo, daba algo de realidad a la escena.
La muchacha se limpió los mocos que caían de su nariz e intentó recuperar la calma. Ya había pasado todo, se decía. Cerró los ojos, deseando que cuando volviera a abrirlos, todo fuera como antes. Pero no fue así. La luz parpadeante del local seguí allí, vibrando de manera desquiciante.
Al fin, haciendo acopio de la poca valentía que tenía, Miah se levantó lo justo para asomar los ojos sobre la barra. Lo que vio terminó por desmontarla. Marlen estaba apoyado contra la única pared del local que no tenía ventanas. Estaba elevado varios centímetros del suelo, clavado al cemento por una espada, brillante y pulida, que penetraba en su hombro y que surgía del brazo de Baal’ zam. Además, Miah comprobó aterrorizada que, tras la espalda del asesino surgían dos enormes alas parecidas a las de un cisne. Y Siriel no se quedaba atrás.
Al principio, la mujer parecía estar fundida con la oscuridad pero, al moverse, Miah la vio. De su espalda también surgían alas. Dos preciosas y enormes alas de cisne.
Las dos figuras aladas ignoraron por completo a la muchacha. Siriel se acercó al cuerpo moribundo de Marlen y clavó sus ojos verdes en los de él.
—No teníamos que haber llegado a esto —dijo—. Podíamos habernos unido.
—Sabes que eso no es posible —susurró Marlen con la voz entrecortada—. El equilibrio…
—El equilibrio sólo es un invento.
—Deja de hablar con él —intervino Baal’ zam moviéndose para que su espada saliera de la carne de la víctima—. ¿Quién será tu sucesor? —preguntó volviéndose hacia Marlen.
—Ni… siquiera yo… lo sé.
—Da igual —dijo Siriel girándose y desentendiéndose de la conversación—. Al menos hemos ganado tiempo. El nuevo Núcleo necesitará un tiempo para aprender a usar sus poderes. Mientras tanto, podremos buscar las piedras y la joya sin interrupciones.
—Nuestra unión sólo es temporal, Siriel. Debes tener eso bien claro.
—Sí, lo sé, Baal’ zam. Sólo hasta que el Núcleo haya muerto.
Un sonido les llamó la atención. Alguien corría a través de la cocina, posiblemente para escapar por la puerta trasera del local.
—La camarera —comprendió Baal’ zam.
—Déjala —ordenó Siriel—. No dirá nada. Y si lo hace nadie la creerá.
—Ha muerto —anunció entonces el hombre. Había vuelto a mirar el cuerpo de Marlen y este yacía sin vida sobre los cristales rotos, con la herida del hombro expulsando sangre.
Siriel se agachó junto al cadáver y cerró los ojos del muerto con cariño.
—Lo siento —susurró.

En la calle aledaña al Starz, una figura corría como alma que lleva al diablo, pisando con fuerza los charcos de la lluvia del día anterior. Miah estaba aterrorizada después de lo que acababa de ver. No sabía qué eran esas criaturas, ni por qué se habían peleado entre sí. Pero lo único que quería era alejarse de ellas lo más posible.
Siguió huyendo un buen rato, forzando sus músculos al límite, ayudada por las fuerzas que el miedo le infundía. Por fin, derrotada y llorando, paró. A lo lejos, se escuchaba el sonido de las sirenas de la policía y los bomberos que, sin duda, acudían al Starz alertados por el sonido de la batalla. Pero ella no volvería. Se negaba a ello.
Más tranquila comenzó a caminar en dirección a su casa. Quería ducharse y descansar. Quizás, a la mañana siguiente, cuando despertara, todo no fuera más que un mal sueño. Y entonces, al pasar cerca del escaparate de una tienda de ropa, Miah volvió a detenerse. Había visto por el rabillo del ojo su reflejo y había notado algo extraño.
Con miedo, temiendo lo que estaba a punto de ver, retrocedió unos pasos y se acercó al cristal. Frunció el entrecejo al ver la imagen que le devolvía. Tuvo que parpadear varias veces para convencerse de que lo que estaba viendo era real.
Con la mano temblorosa acarició el cristal. Pasó los dedos por el reflejo de sus ojos. Parecían ser más claros. ¿O tal vez era su piel que se había vuelto más oscura? Su cabello también había sufrido una transformación. La desordenada mata negra había dado paso a un precioso pelo lacio y suave color fuego.
Aterrada y sorprendida al mismo tiempo, Miah retrocedió para comprobar que su cuerpo también había cambiado. Bajo el uniforme blanco de la cafetería se adivinaban unas formas que, unos momentos antes, no estaban allí. 
—Oh, Dios mío —susurró—. ¿Qué me ha pasado?

* * * *

Raven City
Cinco años después

Llama Blanca aterrizó sobre el suelo del balcón y se giró para observar las vistas mientras plegaba las alas. Desde el piso quince de aquél edificio podía verse perfectamente la línea de la costa de Raven City y, muchos metros más abajo, las personas caminaban de un lado a otro por el paseo marítimo como minúsculas hormigas.
La justiciera no sintió nada respecto a la altura. Al fin y al cabo ella surcaba los cielos de la ciudad más alto si cabe. No era nada especial para ella. Volvió a darse la vuelta para caminar hasta la puerta de cristal que daba acceso a la casa. Una vez dentro, Tom Randall la miró con expresión de fastidio.
—No me gusta que entres por ahí —espetó—. ¿Qué hay de mi intimidad? Llama a la puerta como todo el mundo.
—Lo siento —se disculpó ella con una sonrisa—. Es la costumbre.
Randall le devolvió la sonrisa levantándose del sillón en el que estaba sentado.
—¿Qué te parece? —preguntó extendiendo las manos para mostrar a Llama Blanca su nueva y flamante televisión—. Cuarenta pulgadas, imagen de alta definición y DVD integrado.
—Muy bonita. ¿Qué piensas ver ahí? ¿Programas del corazón?
—Olvidaba que a ti no te gusta la televisión. ¿Un refresco?
Tom se internó en la casa en dirección a la cocina. Llama Blanca sonrió al verlo tan feliz. Habían pasado dos semanas desde que encontraran las Piedras de la Decadencia y derrotaran a Baal’ zam, cerrando las Cuevas Oscuras. En ese tiempo, Jake y Jenny, los amigos de Randall, se habían curado de sus heridas y el muchacho había alquilado una casa en pleno paseo marítimo.
También había cambiado ella. Debía matarle. Era el Híbrido, y como tal, representaba una amenaza que había que eliminar. Así se lo había dicho, su Señor, aquél al que debía obediencia.
Pero Llama Blanca sabía que aquello estaba mal. Ella conocía a Randall y sabía que no era malo, que podía salvarle. Aunque por otro lado, estaba segura de que su Señor era más sabio que ella. Había vivido mucho más tiempo y tenía más experiencia. Por mucho que le doliera, tenía que matar a Randall.
—Sí —contestó—. Una Coca cola.
Ella le observó a través del hueco que había en la pared, que daba a la cocina y que, sin duda, usaría para pasar los platos hasta el salón. Su amigo se había girado y hurgaba en el frigorífico en busca del refresco. Aquél era el momento, pensó con dolor.
Alzó una mano temblorosa e invocó su poder. Una llama de fuego apareció en la palma. La mantuvo allí un momento, cargándola lo suficiente para que matara con rapidez a su amigo. Iba a hacerlo por la espalda, a traición. Él le salvó la vida dos semanas antes. No se merecía aquello. Cerró los ojos indecisa. ¿Qué hacer?
“Nada puede salvarlo. Su destino es acabar con la humanidad. Debes truncar ese destino ahora que no tiene poder”. Las palabras de su Señor irrumpieron en su mente como un torrente. Tenía razón, maldita sea, la tenía. Sin abrir los ojos para no ver el final de Randall, Llama Blanca se dispuso a lanzar la bola que acabaría con su amigo.
Pero el timbre de la puerta la interrumpió. Ella abrió los ojos e hizo desaparecer la bola de fuego a toda velocidad. En realidad se sintió aliviada. 
Tom se levantó sobresaltado con un paquete de latas de refresco en la mano.
—¡Lo encontré! —gritó con aire triunfal—. ¿Llama Blanca?
Pero la muchacha se había ido. La puerta del balcón estaba entreabierta y Tom habría jurado oír el sonido de un aleteo. El timbre volvió a sonar y Randall dejó las latas sobre la encimera y se dirigió a la puerta.
Jake y Jenny entraron en la casa en cuanto él abrió la puerta. No se esperaba aquella visita, pero lo cierto era que le apetecía pasar un rato con sus amigos. Echó una última mirada hacia el balcón para comprobar que, realmente, Llama Blanca no estaba allí y luego se volvió hacia los recién llegados.
—¡Chicos! —exclamó—. Que sorpresa.
—¿No pensabas invitarnos nunca a visitar tu nueva y flamante casa? —preguntó Jenny con una sonrisa—. ¡Es preciosa!
—Gracias. ¡Pasad!
Los invitados pasaron y, tras el clásico tour por la casa, se sentaron en el sillón.
—Me alegro de que decidieras quedarte —comentó Jake con una sonrisa. 
Tom se fijo en que la expresión de su amigo no era del todo franca. Había algo extraño. No, no estaba contento. Al menos no del todo.
Tras lo sucedido dos semanas antes, Jake estaba mejor de la herida que el cuerpo poseído de Nathan Hurley le había infligido. Sin embargo, en la mirada del rico empresario había algo de desconfianza. Randall sospechaba que su amigo no terminaba de fiarse de él. Y lo comprendía. Todo había sucedido justo cuando él volvió a la ciudad y, de alguna manera, sabía que él estaba implicado. Además, estaba seguro de que no le gustaba lo más mínimo la relación que mantenía con Jenny, su esposa.
Lo que Jake no sabía era que Tom decidió quedarse en la ciudad para protegerlos. Sabía que todo lo sucedido, de un modo u otro, tenía algo que ver con él y sus amigos podían estar en peligro. Por eso había alquilado aquél dúplex y escondido el maletín con el dinero en el segundo piso. Por eso estaba allí.
—Yo también me alegro, chicos —dijo—. Os echaba mucho de menos. ¿Queréis algo de comer?
En ese momento, un teléfono comenzó a sonar. Jake dio un respingo y metió la mano en el bolsillo. Mientras Tom y Jenny se alejaban en dirección a la cocina para preparar algo de picotear, Turner salió al balcón para hablar en la intimidad.
—¿Te quedaras mucho tiempo? —Jenny hizo la pregunta con miedo, como si temiera una respuesta.
—No lo sé —contestó Tom sacando del frigorífico un poco de embutido. Y decía la verdad, no sabía cuánto estaría en la ciudad. De hecho, no sabía si había hecho bien al quedarse. Llama Blanca le explicaba muy poco, solo lo justo y necesario y ni siquiera sabía si la justiciera le decía la verdad—. Tal vez un tiempo.
Ella le miró con aquellos ojos que tanto le gustaban. Randall se sentía fatal por lo sucedido dos semanas antes y, aunque la chica no lo aparentaba, sabía que le había afectado. Ver como un hombre al que el brazo se le convertía en una afilada espada acuchillaba a su marido, no debió ser una visión agradable.
—Cuanto más, mejor —comentó ella, alargando un brazo para acariciar los dedos de Tom.
—Tendréis que comer sin mi —anunció Jake entrando de nuevo en la casa—. Tengo que ir a la oficina. Ha surgido algo.
La mirada de Jenny lo dijo todo. Ojos caídos, labios apretados… la misma cara que puso Meredith apenas un mes antes, cuando Randall le dijo que tenía que irse a trabajar después de una noche de sexo. Decepción, desesperanza… Tom sacudió la cabeza. Aquello había sucedido en otro tiempo, en otra vida.
—Está bien —dijo la muchacha en un susurro—. Hablamos luego.
Cuando Jake se fue, ambos amigos se dirigieron a la mesa. La televisión estaba puesta y, en esos momentos, una atractiva mujer daba las noticias de última hora.
—¿Estás bien? —preguntó Tom, una vez se sentaron frente a la pequeña mesa.
Ella desvió la mirada y la perdió en la pantalla del televisor.
—Últimamente está… imposible —dijo—. Apenas pasa tiempo en casa.
—Está ocupado —Randall intentó excusar a su amigo, aunque sabía que nada podía ocultar el hecho de que no hacía ni caso a su esposa—. Me comentó que estaba liado con no se qué proyecto. Tal vez, cuando esto termine…
—¿Y si no termina, Tom? ¿Y si después de este proyecto viene otro, y otro más? ¿Hasta cuándo podré aguantarlo?
—Tal vez debáis tener paciencia… los dos.
—La paciencia hace tiempo que se agotó —declaró ella metiéndose un trozo de pan con paté en la boca.
Tom, sin saber muy bien qué hacer, se arrastró por el sofá hasta ponerse junto a ella. Rodeó sus hombros con sus brazos y la atrajo hacia sí.
—Últimamente no estoy bien —continuó la joven—. Tengo pesadillas y no soy capaz de dormir seguida toda la noche. A veces pienso que todo habría sido distinto si tú no te hubieras ido.
—Yo no tengo nada que ver en todo esto, Jenn. Es a Jake a quien quieres. 
—Tal vez, pero no es él quien me quiere a mí.
Jenny levantó la cabeza, colocándola a pocos centímetro de la de Tom. Él pudo oler el aroma que desprendía su piel y sintió que un calor subía por su estomago. Sus manos se entrelazaron.
—Confía en él —susurró Randall—. Tarde o temprano…
—No puedo confiar en alguien que nunca está —le interrumpió ella posando sus labios en los de él.
Tom se dejó llevar. Hacía ya un mes de la muerte de Meredith y su recuerdo le atormentaba cada noche. Añoraba la tibieza de su cuerpo, las carantoñas por la mañana. El calor humano, en definitiva. Por eso cuando Jenny le besó, él la abrazó con fuerza, rodeando la delgada figura de la muchacha.
Ambos se echaron en el sofá, besándose desesperadamente. Las manos de ella exploraron bajo la camiseta de Randall, que sintió que se encendía poco a poco. 
Y entonces, él se detuvo. Algo había llamado su atención. Unas palabras que la atractiva presentadora del telediario había dicho.
—¿Qué pasa? —quiso saber Jenny, con la voz entrecortada.
Tom desvió la mirada mientras ella seguía besando su cuello y acariciando bajo su camiseta. Lo que vio en la televisión le obligó a apartar con delicadeza el delgado cuerpo de la muchacha.
—¿Qué pasa? —repitió ella, indignada—. ¿Es que…?
—Calla un momento, por favor —pidió Randall inclinándose para coger el mando a distancia y subir el volumen del aparato.
«…policía investiga la fuga de un preso, altamente peligroso, de la cárcel de Las Vegas», informaba la mujer. «Pete Reinolds, conocido en los círculos criminales de Las Vegas como El rompehuesos, rompió las defensas de la cárcel…». Aquí pusieron una imagen del criminal.
Tom se puso en tensión. No pudo evitar alargar una mano y servirse un poco de alcohol en un vaso de una botella que, previamente, había puesto sobre la mesa. 
Por fin le ponía cara al asesino de Meredith. Por fin sabía quién era el responsable de su caída en desgracia. Hasta hacía un momento, prácticamente lo había olvidad, decidido a comenzar una nueva vida. Pero había vuelto, había escapado de la cárcel en la que él había colaborado para meterle y ahora era una presencia bien real. Alguien que su corazón le pedía que matara.
Sintió rabia. Había fantaseado con la idea de vengarse muchas veces. Pero la ignorancia de su verdadera identidad y la necesidad de alejarse de todo aquello que había sido en Las Vegas, le disuadía. Ahora lo tenía delante. Tenía un rostro.
El vaso que había estado aguantando en la mano reventó, cedido por la fuerza.
—Oh, Tom —exclamó Jenny, sobresaltada.
Los cristales habían volado alrededor. Cristales finos, de los que se clavan en la piel con facilidad. Rápidamente, la muchacha corrió a por un trapo para curar las heridas de Randall, pero se detuvo al coger la mano de Tom.
—No tienes nada —comentó.
Pero su amigo no la escuchaba. Su mirada estaba clavada en el hombre de ojos azules y pelo blanco y extremadamente corto que había en la pantalla del televisor. El licor resbalaba por su mano, arrastrando los pequeños trozos de cristales que debían haberse clavado en su piel.
Su interior hervía de furia y rabia contenida.

* * * *

En las afueras de Raven City se alzaba una monumental mole de metal. Antiguamente una fábrica de tabaco cayó en desgracia a mediados de los setenta, dejando como único recuerdo su esqueleto metálico podrido. En aquellos momentos era usada únicamente por los jóvenes de la ciudad, que acudían allí para fumar y divertirse, alejados del bullicio y de la vigilancia de sus padres.
Pero lo que nadie alcanzaba a imaginar, es que bajo sus pies se extendía un amplio complejo científico, propiedad de la Turner Enterprise. Allí, en el más absoluto de los anonimatos, se realizaban experimentos de todo tipo, destinados a hacer, más rico si cabe, a Jake Turner.
El cabeza visible de la empresa entró en el complejo con paso decidido. Había estado esperando la llamada que había recibido en casa de Tom durante un largo año. Y por fin había llegado. Por fin su tan ansiado proyecto había concluido. Recorrió los largos pasillos subterráneos, flanqueados a cada lado por luces blancas hasta llegar a una puerta de madera.
La puerta se abrió sin un crujido y Jake entró en una habitación repleta de ordenadores de todo tipo y de hombres vestidos con batas blancas. Su equipo de científicos. Al fondo, una ventana dejaba ver otra habitación, ésta completamente negra, en la que había una camilla, iluminada por un potente foco de luz. Sobre ella, el cuerpo inerte de una persona, miraba el techo con los ojos vacíos. Justo al lado, una columna de metal surgía del suelo para llegar al techo. Y en su interior, en una pequeña concavidad, se encontraba el objeto que hacía posible el milagro que, esperaba, estaba a punto de ver.
Cada vez que veía la piedra se asombraba igual. Por más conocimientos que tuviera sobre ella siempre le sorprendía. La joya pudiera parecer una joya normal, pero en su interior se retorcía una nebulosa de luces que cambiaba de colores. Era como si palpitara. Sus científicos habían intentado abrirla para descubrir los secretos que encerraba, pero fue inútil. Nada pudo hacer mella en la lisa superficie de la piedra.
—Doctor Andrews —saludó Jake cuando uno de los científicos se acercó a él, un hombre de unos cincuenta y cinco años, obeso y con calvicie—. Esperaba su llamada con ansia.
—Ha sido maravilloso, señor Turner —Andrews no parecía querer esperar a contar sus últimos adelantos—. Algo que jamás habría imaginado poder presenciar. Y sólo con eso —añadió señalando con un dedo tembloroso la piedra que había en la habitación contigua.
Su jefe sonrió, ansioso por ver aquello que le querían mostrar.
—¿Cree que podemos sacarlo a la luz?
—Lo verá ahora mismo, señor —el científico hizo un gesto a uno de sus subordinados, que pulsó un botón que apagó todas las luces. Sólo en la habitación de al lado permaneció encendido el foco que iluminaba el cadáver. La piedra a través del cristal latía con un débil resplandor. Aquello era lo que más maravillaba a Jake, la extraña luz que revoloteaba en el interior de aquella joya encontrada tanto tiempo atrás, en pleno desierto del Sahara.
—Morrison nos ha proporcionado este nuevo cadáver —explicó Andrews a su lado—. Ahora verá.
Jake respiró hondo cuando el científico pulsó otra de las teclas. Esta vez, en la habitación de la piedra se escuchó un zumbido. La joya brillo con más intensidad. Tanto, que Turner tuvo que entrecerrar los ojos para poder ver bien. No quería perderse ni un instante de tan mágico momento. 
De repente, el cadáver cobró vida. Turner apenas podía creer lo que estaba viendo. Nada más entrar, lo había visto. La mirada perdida, los ojos vacíos y vacuos; la tonalidad cenicienta de su piel. Ese hombre estaba condenadamente muerto. Y ahora, sus brazos se movían. Sus ojos miraban el techo con vida, el color de su piel volvía a ser normal. Aquella piedra, o lo que fuera que había en su interior, le había resucitado.
—Me voy a hacer de oro. ¿Cuándo podemos sacarlo a la luz?
—Aún tenemos mucho que mejorar, señor Turner —respondió Andrews—. El último que resucitamos no ha salido del todo bien.
—¿A qué se refiere?
—Conserva sus recuerdos, pero no todos. Está desorientado y tiene accesos de locura.
—¿Cree que podrá arreglar eso?
—Es pronto para saberlo —fue la escueta respuesta del científico.
—Bueno trabajo, doctor Andrews —le felicitó extendiendo la mano para apretársela—. Manténgame informado.
Sin esperar respuesta, Jake Turner se giró para marcharse. Tenía muchas cosas que hacer.

* * * *

Aquella habitación era fascinante. David Dean paseó la mirada por enésima vez sobre las paredes cubiertas de imágenes surrealistas. Ángeles y demonios se retorcían por doquier en una extraña danza macabra. También había esculturas, pequeñas figuras que representaban a las mismas criaturas.
Si no hubiera visto lo que vio dos semanas antes, cuando Pete “El rompehuesos” Reinolds, escapó de la prisión volando a través de una ventana, con dos enormes alas de murciélago aleteando en su espalda, pensaría que su compañero estaba loco.
Pero no era así. Era demasiada casualidad. Richard Bryan, que ahora se debatía en coma entre la vida y la muerte, sabía algo sobre el criminal y sus extraños poderes. Así lo atestiguaban todas aquellas reliquias que guardaba escondidas en una habitación secreta en su propia casa. 
Pasó la mano por un antiguo oleo que representaba a la Virgen María con el niño Jesús en brazos. Tras ella, como si de una aparición terrorífica se tratara, una criatura con alas de pesadilla los miraba con expresión perdida. También había una figura, al parecer moldeada en barro, que representaba a dos de las mismas criaturas, una de ellas con alas de ángel, inmersos en una batalla con extrañas espadas llameantes en sus manos.
Pero de todas ellas, de todas las reliquias que había allí, la que más curiosidad le despertaba era un antiguo pergamino, en el que había dibujado algo, a base de carbón creía David. Se trataba de un paisaje de montaña, repleto de frondosos árboles. Un riachuelo discurría sinuoso entre ellos. Y allí en medio, un cráter con una extraña piedra negra. Un meteorito, tal vez. Y de él surgía algo, como una voluta de humo con forma humanoide. Le llamaba la atención porque era el único objeto en aquél lugar que no mostraba criaturas con alas. No parecía ser un demonio o un ángel. Sin saber exactamente por qué, le asustaba aquella imagen.
El sonido de su móvil le sacó de sus pensamientos.
—Agente Dean —respondió.
Una sonrisa se dibujo en su rostro cuando escuchó lo que le decían al otro lado de la línea.
—Está bien. Muchas gracias, doctor —agradeció antes de colgar.
Sin perder un instante, David salió de la habitación y arrastró el mueble que hacía las veces de puerta hasta cubrir por completo la abertura. Una vez hecho el trabajo salió de la casa apresuradamente.
Richard Bryan había despertado del coma y era hora de que contestara a algunas preguntas.

* * * *

Raven City era preciosa desde aquella altura. Llama Blanca observaba la ciudad, sentada con los brazos rodeando sus rodillas, en lo más alto de la enorme mole de cristal que era el Edificio Turner. Por la noche, las luces de los edificios formaban una amalgama maravillosa de colores que le hacía sentir relajada. Desde allí no se escuchaba el ruido del tráfico ni las voces de los habitantes que protegía. Sólo una débil brisa de aire fresco golpeaba su rostro y hacía ondear su melena.
Solía acudir allí cuando necesitaba pensar. En aquellos momentos, su Señor no podía serle de gran ayuda pues su problema radicaba directamente en él. Quería que acabara con Tom, pero ella no estaba segura de poder hacerlo. Esa misma mañana lo había intentado, como otras tantas veces, a lo largo de las dos semanas anteriores. Pero era inútil. No podía. ¿Y si su Señor se equivocaba? ¿Y si asesinaba a alguien inocente? No podría vivir con ello el resto de su vida. Además, había algo más.
Se lo había negado a sí misma, había intentado ocultarlo, pero lo cierto era que sentía algo por ese hombre. No sabía si era amor o, simplemente aprecio. Tal vez sólo fuera la necesidad que tenía de contacto, de cariño. A lo mejor no era nada, pero notaba una extraña comezón en el estomago cada vez que pensaba en asesinarle. Y aquello la frustraba.
Se levantó, observando la ciudad a su alrededor. Estaba en el mismo borde del edificio. A sus pies, doscientos metros de vacío hasta el suelo, donde serpenteaban las carreteras y las luces de los coches. Alzó la mirada para mirar directamente a la luna llena y sentir el aire refrescar su rostro. Necesitaba hacer algo, si no se volvería loca. Por eso saltó.
Adquirió una posición vertical, para no generar ningún tipo de resistencia al aire. Cayó a toda velocidad, sin perder de vista el suelo, que se acercaba cada vez más. Y entonces desplegó sus alas, que aparecieron a su espalda como por arte de magia. Las alas frenaron la caída un momento, para luego remontar el vuelo y planear entre los edificios.
Se deslizó suavemente en el aire, cimbreando sus alas con elegancia, atravesando con velocidad el cielo de Raven City. Buscaba algo concreto, mientras observaba el suelo que pasaba rápidamente debajo de ella.
Alguien gritó entre los edificios de la ciudad. Llama Blanca oyó el lamento rebotar en las paredes, directamente hasta sus oídos. Sin perder un momento, viró el vuelo para dirigirse al origen del grito. Era una mujer, el grito que había oído era de mujer. Como por arte de magia, los latidos de su corazón se aceleraron, como siempre que actuaba. Cinco años atrás no habría pensado así, pero lo cierto era que sentía una extraña satisfacción cada vez que salvaba a alguien de las garras de la muerte.
Imprimió más velocidad al movimiento de sus alas para acelerar su vuelo. Su objetivo estaba cada vez más cerca. Lo localizó saliendo a todo correr de un oscuro callejón. La mujer huía de algo que la había aterrado, pero parecía estar a salvo. Por propia experiencia, Llama Blanca sabía que, tras una mujer corriendo, casi siempre iba su atacante. Pero nadie más salió del callejón. Extendió sus alas para frenar la velocidad y descender suavemente.
La víctima ya se había perdido tras una esquina, pero seguían escuchándose sonidos en el interior del callejón. Una vez posada en el suelo, la justiciera escondió sus alas y caminó lentamente. Alguien forcejeaba. Pudo ver dos figuras al fondo de la calle, iluminadas por una farola que parpadeaba. Eran dos hombres peleando. Su mente comenzó a trabajar y dedujo lo que había pasado. Uno de los dos había intentado atacar a la mujer y el otro la estaba defendiendo. Algo muy común.
Sin embargo, frunció el entrecejo al comprobar que aquello iba a más. Uno de ellos no estaba simplemente defendiendo a la mujer. Mantenía al otro hombre atrapado contra la pared, apretando con fuerza su cuello.
—¡Eh! —gritó—. ¿Qué demonios haces?
El atacante la ignoró y Llama Blanca apretó el paso para acercarse lo más posible a ellos. Una cosa era proteger a una mujer indefensa, otra muy distinta, asesinar al agresor.
—¡Déjale en paz! —ordenó haciendo que su voz resonará entre las paredes del callejón.
Entonces, por fin, le soltó. La víctima cayó al suelo como un fardo y respiró a toda velocidad, intentando recobrar el aire perdido. La silueta del agresor se giró hacia ella y Llama Blanca pudo ver el destello de unos ojos bajo la luz de la farola.
—Está muy bien que hayas salvado a la muchacha —dijo la muchacha—, pero no creo que matarle sea la solución.
Seguía avanzando, impaciente por averiguar la identidad del hombre que había levantado en el aire, con tanta facilidad, a la figura que estaba tirada en el suelo. Lo había hecho con una sola mano, lo que le daba una pista de la fuerza que podía tener el desconocido.
El que había atacado a la mujer se revolvió en su sitio y comenzó a arrastrarse en el suelo para alejarse de su atacante. Finalmente, se levantó y, acuciado por el miedo corrió hasta perderse en la oscuridad. Llama Blanca le dejó huir. En aquellos momentos le interesaba más el hombre que tenía en frente.
—Merecía morir —dijo el desconocido en un susurro.
La justiciera frunció el entrecejo. Había escuchado esa voz. Le resultaba tremendamente familiar. El que había hablado dio un paso atrás para alejarse de ella. Y, por fin, la luz de la farola iluminó sus rasgos.
—Maldita sea, Tom —musitó Llama Blanca—. ¿Qué has hecho?
Randall estaba frente a ella. Era una imagen completamente diferente a la que había visto esa misma mañana, en su piso nuevo del paseo marítimo. Unas oscuras ojeras enmarcaban los ojos, antes vivarachos del muchacho, y toda la piel de su rostro estaba perlado de un sudor pegajoso.
—Quería violarla —continuó Tom—. No podía dejar que saliera con vida, Llama Blanca.
—No debiste hacer eso. ¿Qué habría pasado si no llego a aparecer? ¿Le habrías matado?
—¿No era esto lo que querías? ¿No me dijiste que podía ser un superhéroe?
—Pero no así. No tienes derecho a matar.
—¿Y él? —replicó Randall señalando con la cabeza el lugar por el que se había marchado el violador.
Ella meneó la cabeza, destrozada. Llevaba dos semanas negándose a matarle porque podía ver algo más en él, que el simple hecho de que era el Hibrido, el único capaz de acabar con el mundo. Su Señor, se lo había dicho, y ella se negaba a hacerle caso. Quería ver luz en la oscuridad.
—No me lo pones fácil. Yo confiaba en ti. Creía que eras bueno. Creía que eras un héroe.
—Tal vez no sea un héroe —dijo él—. Tal vez sea un villano.
Y tras decir esto, Tom Randall se giró y corrió. Llama Blanca quiso seguirle pero sus músculos no le respondieron. Estaba en estado de shock. Finalmente, la verdad había salido a la luz. Estaba equivocada, muy equivocada. Por mucho que le doliera, Tom era un peligro y debía ser eliminado.

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Ojos de sangre

Portada diseñada por Laura Morales

Shenris oteó el firmamento. El ejército de Rawa estaba tomando posiciones frente a la ciudad. La humana la observó. Era una ciudad muy bonita con altas y esbeltas torres blancas. Sería una pena que quedara destruida. Una suave brisa alborotó su larga cabellera blanca. Con una sonrisa acarició la empuñadura de su espada.
Shenris era la capitana de un ejército de orcos elegida directamente por Muriel, la Reina de la Oscuridad, que esperaba en la Torre de Zordrak, al sur, su resurgir. Había sido asignada como jefa del ejército destinado al norte de Loreana, los Dragones Rojos.
            Frunció el entrecejo cuando pasó una catapulta, empujada por varios orcos, junto a ella. Les había dejado bien claro que no quería destrucción en la ciudad, era demasiado bonita. Y mucho menos deseaba la muerte de civiles. Solo eran personas inocentes inmersas en una guerra en la que no tenían nada que ver.
—¡Soldados! —llamó con voz autoritaria. Los orcos se detuvieron y se volvieron a ella—. Les dije que no quería catapultas. Lucharemos solo con nuestras armas. No queremos más muertes de las necesarias. Solo conquistar Rawa.
—Lo sabemos, señora —contestó uno de los orcos con su gutural acento—, pero el general Tamil nos ha ordenado que pongamos las catapultas en primera línea.
 Shenris chasqueó la lengua. Tamil. Siempre estaba llevándole la contraria. No confiaba en él.
 —Olvidad su orden —ordenó—. Llevad las catapultas atrás. Y vigilad que nadie las use.
Acto seguido comenzó a andar. Atravesó el campamento entre los orcos que se movían de un lado a otro, preparándose para la batalla, hasta llegar a la tienda de Tamil. Lo encontró colocándose la armadura con ayuda de dos soldados humanos. Cuando Shenris entró, el hombre alzó la mirada y la miró fijamente. Desde que le conoció, sus ojos la habían impresionado. Eran de color rojo como la sangre. La misma sangre que  teñía el acero de su espada. Siempre había sido un hombre violento, y su ambición y crueldad no  conocía límites.  Por eso la Reina de la Oscuridad lo había relegado al puesto de general. Ella no quería destruir Loreana, solo conquistarla. No le convenía que un hombre como Tamil mandara sus ejércitos. Y por eso Shenris no confiaba en él.
 —Hola, capitana —saludó él con un deje de ironía en la voz.
 En lugar de contestar, ella ordenó a los soldados que los dejaran solos. Después se acercó al hombre hasta encararse con él.
 —¿Por qué demonios has ordenado que pongan las catapultas en primera línea? —preguntó intentando mantener su actitud de superioridad al mirarle a los ojos. Esos ojos que tanto la intimidaban.
 Él dio un paso atrás, despreocupado.
—Pensé que nos ayudarían a ganar la batalla.
—Las catapultas —replicó ella— producen muertes innecesarias y nuestra Reina no desea eso.
—¡Intentamos conquistar Loreana, Shenris!
—¡Conquistar! —ella dio un paso al frente—. No destruir.
—Te estás equivocando, y lo sabes.
—Me equivoque o no, yo soy la capitana de los Dragones Rojos. No vuelvas a llevarme la contraria.
—¿Y qué harás si la Reina falta? No olvides que el príncipe de Aredia ha ido a la Torre de Zordrack con la misión de destruirla ¿Qué harás si lo consigue? ¿Seguirás obedeciendo sus órdenes?
—Si ella falta —Shenris habló en un susurro— ya nada importará. Nuestros orcos desaparecerán y no podremos hacer nada. Así que, como capitana, te ordeno que cumplas mis órdenes ¡o atente a las consecuencias!
 Con un ligero movimiento se giró y salió de la habitación. Pero antes de salir pudo escuchar que Tamil susurraba:
 —Los orcos no desean esto.
 Esas palabras preocuparon a Shenris. Era cierto que los orcos eran criaturas violentas, pero acataban las órdenes de su Reina. Aunque la capitana no pudo evitar preguntarse si sus ansias de violencia no serían más fuertes que su lealtad.
 Mientras caminaba entre las hordas de orcos se dio cuenta de que la batalla estaba a punto de comenzar. Andó con paso ligero hasta su puesto, en primera línea, como correspondía a la capitana de un ejército.
 Los orcos rugían y gritaban con su gutural acento, ansiosos de entrar en batalla, cuando ella llegó. El ejército de Rawa había terminado de posicionarse frente a la ciudad. Shenris sonrió comprendiendo. Ella también defendería hasta la muerte una ciudad como Rawa. Por desgracia, muchos de aquellos valientes soldados morirían en aquella batalla.
 Observó su propio ejército. Había llegado el momento. Desenvainó su espada con un sonido metálico y la sostuvo en alto. De pronto, el rugido  de los orcos cesó y todos guardaron silencio. Sólo dos palabras desataron la vorágine de la batalla. Sólo dos palabras fueron las causantes de lo que iba a suceder a continuación.
 —¡Por Muriel! —gritó Shenris con todo el poder de su garganta.
 Entonces, todos los orcos atravesaron a gran velocidad la llanura con sus armas en alto, dispuestos a conquistar Rawa. Shenris observó la gran mole de orcos estrellarse contra el ejercito humano y, sin pensarlo, se unió a ellos.
 Cuando llegó al centro de la batalla, un soldado de Rawa la atacó. La mujer esquivó la espada, y hundió la suya en el estomago de su atacante con un limpio movimiento. A este le siguió otro. Y luego otro más.
 Y entonces, cuando el fragor de la batalla la había poseído por completo y sus ropas estaban teñidas con la sangre de sus enemigos, todo cambió. Empezó a observar algo extraño en la actitud de su ejército. Estaban avanzando. Hacia la ciudad.
 Maldijo por lo bajo. Había ordenado que no entraran en la ciudad. Solo debían acabar con el ejército.
 —¿Qué hacéis? —preguntó gritando—. ¡Volved atrás!
 Pero los orcos la ignoraron y continuaron su camino hacia la ciudadela. Y, de pronto, una roca cayó del cielo. Se estrello justo encima de varios soldados humanos matándolos al instante. Cuando se giró para ver qué había pasado lo vio todo claro.
 Varias catapultas se habían adelantado y estaban lanzando sus letales proyectiles. Junto a ellas estaba Tamil, con su reluciente armadura y sus ojos de sangre observándolo todo, con una siniestra sonrisa en los labios.
 Shenris gritó, ordenando a los orcos que detuvieran la marcha, pero no solo hicieron caso omiso, sino que dos orcos se abalanzaron sobre ella, dispuestos a matarla. Acabó con los dos de un solo movimiento.
 Entendió entonces lo que había sucedido. Tamil había embaucado a los orcos para que cumplieran sus órdenes y no las de Shenris.
 Corrió a través de los orcos que asesinaban con violencia a los soldados humanos. Varios de ellos la atacaron por el camino, pero se deshizo de ellos sin problemas. Aquello no podía seguir así. La Reina de la Oscuridad había ordenado que no se hicieran derramamientos de sangre innecesarios.
 Llegó frente a Tamil. El general la esperaba ya con su espada desenvainada y esos ojos rojos fijos en ella.
 —¿Qué has hecho, Tamil? —le espetó Shenris.
 Tamil lanzó una siniestra sonrisa.
 —No te imaginas —dijo— lo fácil que ha sido convencer a tu ejército de que te traicionase. Sólo he tenido que prometerles sangre.
 La Reina te castigará por esto y…
 —¡No! —la interrumpió él mientras daba un paso al frente, acercándose un poco más a ella—. Me recompensará. Le serviré la ciudad de Rawa a sus pies. Algo que tú no podrías hacer con tus métodos.
 La batalla seguía su curso alrededor de ellos. Daba la sensación de que los demás soldados, tanto humanos como orcos, se habían olvidado de ellos.
 —Mis métodos son las ordenes de Muriel —replicó ella, haciéndose oír sobre el fragor de la batalla.
 Tamil alzó la espada apuntando con ella a la mujer.
 —¿Y cómo se yo que son realmente sus ordenes? —preguntó—. ¿Cómo se que no me has engañado?
 Shenris no podía creer lo que oía.
 —Te has vuelto loco, Tamil —gritó—. Tu codicia y tu maldad te han hecho perder la cabeza.
 Y tras decir esto, Shenris atacó. Las espadas entrechocaron  una y otra vez mientras se atacaban y defendían con gráciles movimientos. Shenris tenía claro que debía acabar con la vida de ese miserable. De todas formas, si no lo hacía ella, lo haría Muriel.
Esquivó la espada de Tamil con un salto y contraatacó. El acero penetró en el hombro del general. Pero casi al mismo tiempo, Tamil lanzó un tajo a su pierna. Los dos retrocedieron unos pasos, observándose mutuamente. Giraron en círculos midiendo sus movimientos.
Shenris observó que el ejército de orcos había llegado ya a las puertas de Rawa. Una roca se estrelló sobre la imponente muralla derrumbándola parcialmente. Dentro de poco entrarían y empezarían a morir inocentes.
 Con un rápido movimiento volvió a atacar. Tamil detuvo la estocada con su espada y contraatacó. Shenris esquivó el acero.
 Y entonces sucedió. La mujer notó que el cielo se ennegrecía con rapidez, cubierto por oscuras nubes. Comenzó a soplar un fuerte viento que alborotó su melena blanca. Y se dio cuenta de que los orcos que atacaban la ciudad comenzaban a emitir un leve fulgor blanquecino.
 Los dos detuvieron sus ataques extrañados, observando cómo los orcos que había a su alrededor empezaban a desaparecer en explosiones de luz.
 —Muriel ha sido derrotada —dijo Tamil mirándola con sus ojos de sangre—. ¿Qué harás ahora?
 Un fuerte vendaval azotaba ya sus cuerpos. Los orcos explotaban por doquier.
—El príncipe de Aredia ha conseguido su objetivo —susurró el general.
 Y, entonces, sin previo aviso, la atacó. Shenris no tuvo tiempo de defenderse cuando el acero se clavó en su carne. Por suerte, había podido moverse lo suficiente para que la espada  entrara en su brazo y no en su pecho. Con un rápido movimiento, y con la espada de Tamil aún clavada en su piel hundió su propia arma en el estomago del hombre. Vio como esos ojos rojos que tanto la impresionaban perdían su brillo asesino. Hirviendo de ira, Shenris retorció su arma en las entrañas de su enemigo. Y entonces, Tamil murió.
 Shenris cayó al suelo agotada. Los orcos habían desaparecido ya, y el viento había remitido. Solo escuchaba los gritos de júbilo que emitía los soldados de Rawa, celebrando la victoria de Dareth, el príncipe de Aredia.
 Derrotada y dolorida, la capitana de los Dragones Rojos se puso en pie a duras penas. Se alejó de la ciudad, apretándose con fuerza el brazo herido, para esconderse en las montañas. Desde allí observo Rawa. Había estado a punto de conquistarla pero su reina había sido derrotada. Y ahora, a ella, ya no le quedaba nada.

Relato incluido en El guardián de la fantasía.
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Adelanto de Habitación fantasma. El misterio de la casa número 10

Portada diseñada por Carlos Moreno. ¿Se nota mucho?



1PRESENCIAS EN LA NOCHE



14 de octubre de 2008

La figura salió del coche y recorrió el camino que separaba el vehículo de su casa. Caminó tambaleante, apoyándose en cualquier cosa para no caer, dejando que su cuerpo se empapara de agua. Sus pies se hundieron en un charco cuando se giró para observar, con los ojos irritados, lo que le rodeaba.
La lluvia caía con fuerza sobre la pequeña casa de piedra blanca en el número diez de la urbanización El Sepulcro, en la ciudad de Málaga. Rodeando la construcción, un pequeño bosque de naranjos se doblaba por la fuerza del viento y el agua. Al otro lado de la calle, un poco más allá de la puerta de entrada al terreno de la casa, el resto de los hogares brillaban con luz propia. Algunos niños jugaban con sus padres, mientras estos les contaban historias de miedo, ayudados por el tétrico paisaje lluvioso que reinaba fuera. Otros preparaban la cena mientras bromeaban entre sí. A pesar de la lluvia y del trueno que resonó a lo lejos, todo parecía en orden. Pero en el número diez de la urbanización El Sepulcro, el silencio era intenso.
Daniel Martín entró en casa después de un largo día. Hizo una mueca de desagrado cuando abrió la puerta, y vio el corto pasillo que comunicaba el recibidor con la zona de las habitaciones. A su derecha estaba la puerta que daba al salón y junto a ella, a un lado del pasillo, las escaleras que llevaban hasta el sótano. Suspiró contrariado y dio un paso al frente, mientras agitaba la cabeza para quitarse toda el agua que tenía encima.
Por un momento sintió que las paredes se alargaban y se doblaban sobre sí mismas intentando consumirle, pero sabía que no era más que la sensación de agobio que le invadía cada vez que entraba allí. Había pasado gran parte del día paseando por la ciudad, yendo de aquí para allá, mientras fumaba y bebía alguna que otra copa. Finalmente, el cansancio había acabado por agotarle y había vuelto a casa.
Cerró la puerta tras él, se apoyó en ella y se quedó observando el interior de su hogar. Sonrió. ¿Cómo se le ocurría llamar hogar a ese lugar? Era una casa fría, vacía. El salón solo tenía un sofá de piel negro; una televisión que siempre permanecía apagada y una librería repleta de libros que ya había leído. Completaban la decoración un bastonero que una amiga le había regalado para inaugurar su casa y una triste mesa en la que yacía su ordenador portátil. Al otro lado de la casa, la única habitación con muebles era su dormitorio, que solo tenía una cama, una mesita de noche y el armario empotrado repleto de ropa desordenada.
Volvió a sonreír, esta vez con desgana. Desde luego era la casa que merecía. Impulsándose con las manos se alejó de la puerta, dejando atrás el silbido del viento al colarse por las rendijas de las ventanas, y paseó la mirada por el salón. Sus ojos se detuvieron en el escritorio. Sobre él descansaba, apagado, el ordenador. «Ahí dentro —pensó—, está mi vida». Pero no era capaz de encenderlo y continuar escribiendo. Cada vez que lo hacía su mente volaba muy lejos de la historia que estaba intentando contar y siempre acababa abriendo esa carpeta en la que se arremolinaban fotos de una vida pasada. No encontraba fuerzas para expresar sus sentimientos. Unos sentimientos que, por otra parte, amenazaban con desaparecer, se le ocurrió mientras metía la mano en el bolsillo de su pantalón vaquero, sacaba un paquete de Fortuna Light y extraía de él un cigarrillo.
Una vez encendido volvió a caminar, tambaleándose precariamente a causa del alcohol que inundaba sus venas. Pasó de largo el escritorio y el ordenador. Ya escribiría más tarde, pensó… o quizás mañana. Mientras le daba una calada al cigarro, agarró la botella de whisky que le esperaba sobre la chimenea y vertió parte de su contenido en un vaso, derramando al mismo tiempo algo de líquido sobre la madera. Luego se giró y contempló su estampa en el cristal de una de las puertas que accedían al jardín. La imagen que vio fue más bien patética. 
La oscura barba de varios días sombreaba su piel clara y el cabello aparecía despeinado. Unas tremendas ojeras adornaban unos ojos rojos por la falta de sueño. Todo aquello rematado por el vaso que descansaba sobre su mano. Si Ana le hubiera visto en aquellos momentos, posiblemente le gritaría hasta hacerle entrar en razón. Al final dejaría de fumar y tiraría el whisky por el váter. Pero ella no estaba allí. Murió por su culpa y ese estilo de vida era el precio que debía pagar.
Mientras observaba las desordenadas volutas de humo gris en el ambiente, el sonido de la lluvia al golpear sobre el cristal penetró en su mente y le produjo una extraña somnolencia. El ruido era el mismo que se escuchaba aquel día. En otra casa, en otra vida...
Sucedió dos años antes. Él estaba en casa, un bonito piso con vistas al mar en Torremolinos. Se encontraba sentado en su escritorio, junto al enorme ventanal desde el que se divisaba el fino horizonte al frente, y la bahía de Málaga a la izquierda. El sol penetraba con fuerza a través del cristal, calentando su rostro. Delante de él, su ordenador portátil le mostraba las líneas de su último trabajo.
 Su primera novela, Ojos de sangre, había resultado ser un éxito, y Sergio, su editor, estaba muy contento con los beneficios. Todo fue muy rápido. Un par de años antes había terminado el manuscrito, una historia de fantasía épica, y comenzó a enviarla a editoriales y a algunas agencias. En apenas tres meses su bandeja de entrada se llenó de emails rechazándole. Y justo cuando estaba a punto de perder la esperanza, una tarde en la que volvía del trabajo, bajo un cielo plagado de estrellas, su teléfono sonó. Era Sergio Correa, un agente editorial de poca monta, que estaba interesado en la novela. Dani sopesó por un momento la idea. «¡¿Pero qué demonios?! —pensó—. El resto de editoriales y agencias la han rechazado. ¿Qué puedo perder?» Finalmente aceptó la proposición de Sergio y a partir de ahí comenzó una época de prosperidad. 
Sergio supo dónde y cuándo mover el manuscrito y, por fin, una gran editorial, que ni siquiera tenía colección de fantasía, decidió darle una oportunidad, iniciando una para publicar Ojos de sangre. A partir de entonces, la cuenta corriente de Dani engordó a marchas forzadas. En poco tiempo, el libro se publicó en el extranjero con los mismos resultados. Por fin pudo hacer lo que tanto tiempo llevaba anhelando. Casarse con Ana, comprar una casita junto al mar y dedicarse únicamente a escribir.
En aquellos momentos, con solo veintiséis años, se encontraba inmerso en el que sería su segundo libro y su confirmación como escritor. Eran las seis de la tarde y llevaba trabajando desde las diez de la mañana, con apenas un corto descanso para comer. Ana se había ido a su trabajo en unos grandes almacenes.
Entonces, cuando el héroe se proponía derrotar al villano, el estridente sonido del teléfono atravesó el silencio y rompió el hechizo.
—¡Mierda! —protestó Dani. 
Enfadado, buscó a tientas el aparato por la mesa sin éxito. Bajó la mirada sintiendo cómo la ira se apoderaba de él. Paseó la mirada por el salón, mientras el teléfono seguía sonando. Finalmente lo encontró medio oculto entre los cojines del sofá y, de un salto, se plantó junto a él, dispuesto a contestar de la manera más borde y maleducada posible. Pero su cólera desapareció cuando vio en la pantallita del aparato el nombre de quien llamaba.
—Hola, cariño —contestó con suavidad—. Lo siento, no encontraba el teléfono. ¿Cómo ha llegado a estar metido entre los cojines del sofá?
—No sé. —La voz de Ana le llegó ligeramente mezclada con el sonido de los clientes y la música de fondo—. Tú sabrás ¿No estuviste ayer hablando con Sergio?
—¡No, guapa! —replicó Dani de buen humor—. Tú fuiste quien estuviste hablando durante hora y media con Cristina.
—¿Yo? —preguntó ella entre risas—. Creo que te estas equivocando con otra ¿eh?
—Bueno, ya hablaremos esta noche. —Dani dio por terminada la conversación, aunque sabía que más tarde, cuando Ana regresara del trabajo, volverían a bromear sobre el tema y acabarían haciendo el amor sobre el sofá—. Oye, cariño, ya que has llamado, ¿te importaría hacerme un favor?
—Dime.
—Veras, llevo todo el día escribiendo —le explicó él—, estoy muy inspirado y no quiero dejarlo ahora que puedo aprovecharlo.
—Vale, no te preocupes, iré a casa en autobús —comprendió Ana—. Tú escribe. Veras como con el segundo libro te cubres de gloria.
Dani sonrió.
—Eso espero. Gracias, guapa.
—De nada —contestó ella precipitadamente—. Oye, te tengo que dejar que vienen clientes. Un beso. ¡Te quiero!
Y colgó. Dani se quedó un instante con el teléfono apoyado en la oreja pensando en Ana. Aquello era lo que más le gustaba de ella. Su comprensión. Cualquier otra persona, quizá hubiera puesto pegas a la hora de tener que volver del trabajo en autobús, pero ella no. Ella comprendía que para Dani escribir era importante y aceptaba esos pequeños sacrificios.
Volvió a sonreír al pensar en el momento en que Ana llegara a casa. Alzó la mirada y vio la foto que descansaba sobre la mesa. En ella, posaban los dos juntos frente a la Torre Eiffel. Le gustaría volver a París, pensó. Tal vez, cuando terminara la novela, podrían escaparse una semana.
Lo que Dani no imaginaba es que no volvería a ver a Ana.
El sonido del teléfono le sacó de su ensimismamiento, trayéndole de nuevo amargos recuerdos. Como en un sueño, sacudió la cabeza y emitió un suspiro al comprobar que el aparato se encontraba entre los cojines del sofá. «Maldito destino de mierda», pensó. Sin darse demasiada prisa atravesó el salón y cogió el teléfono. Era Sergio. Lo dejó sonar unas cuantas veces más, sopesando la idea de contestar o no.
No tenía ganas de hablar con él. Llevaba dos semanas de retraso con el manuscrito de su nueva novela, la cuarta ya, pero no tenía fuerzas para escribir. Sergio le apremiaba para que la terminara y poder mandarlo a la editorial que le publicaba hasta entonces. Sus dos últimas novelas no habían tenido las ventas esperadas y estaban perdiendo la confianza en él. La tardanza en enviar el nuevo manuscrito tampoco mejoraba las cosas. 
Por otro lado, a raíz de la muerte de Ana, Sergio se había convertido en uno de sus mejores amigos. De hecho, aparte de Cristina, la mejor amiga de su mujer, era la única persona con la que mantenía algún tipo de relación.
Al fin, haciendo un esfuerzo, pulso el botón para descolgar.
—Hola, Sergio —saludó con voz ronca.
La voz de su amigo le llegó con expresión preocupada.
—Dani, ¿qué tal?
Hizo una mueca y se volvió a acercar a la puerta. En el exterior solo se veía oscuridad. La silueta de los arboles, que se balanceaban empujados por el viento, resultaban amenazantes entre la lluvia. 
—He estado mejor, la verdad —contestó tras llevarse el vaso de whisky a la boca.
—¿Estas escribiendo?
Dani esbozó una sonrisa. Sergio siempre iba directo al grano. La verdad es que no podía culparle. Llevaba tanto tiempo intentando animarle sin éxito que ya debía de estar cansándose. Alzó la mirada y clavó sus ojos en el ordenador.
—Ahora mismo estaba abriendo el portátil para ponerme —mintió.
El silencio al otro lado del teléfono le confirmó que Sergio no estaba muy convencido con la respuesta.
—Oye, Dani —le dijo—, la editorial me está metiendo prisa. Quieren el manuscrito y lo quieren ya. Sé que estás triste y que echas de menos a Ana, pero ya hace dos años de aquello. Creo que deberías…
—Sergio, ahora te llamo —le interrumpió con brusquedad. 
—Pero... —Dani cortó la comunicación.
Cuando colgó se sintió mal por no haber dejado hablar al editor, pero había algo que le apremiaba más que escuchar las mismas palabras de ánimo de siempre, palabras que ya no le ayudaban en nada.
Mientras hablaba con Sergio había estado observando el desolado paisaje que se extendía fuera de la casa. Los naranjos cada vez se doblaban más, vencidos por la implacable fuerza del viento, pero no fue eso lo que atrajo su atención. Entre los árboles, oculto tras la lluvia y las hojas que volaban de un lado a otro, se discernía una figura inmóvil, que contrastaba con el movimiento que lo rodeaba.
Dani entrecerró los ojos para ver mejor, y comprobó que era una persona quien estaba allí, dentro del terreno de su casa. Hinchando las narices en una muestra de enfado, se agachó lentamente para posar el vaso en suelo, al tiempo que tiraba el cigarro a su lado y lo aplastaba con el pie. Luego volvió a mover el brazo, intentando no hacerlo con brusquedad, hasta el bastonero que descansaba junto a la puerta y rodeó con su mano la empuñadura de uno de los bastones que había en él. 
Un movimiento en la siniestra figura le confirmó lo que ya se imaginaba. El desconocido había ladeado la cabeza, sin duda alertado por los suaves y, al parecer inútiles, intentos de Dani de disimular que lo había visto. Ya no había tiempo para tonterías, pensó el escritor. Así que de un rápido movimiento abrió la puerta y se lanzó al exterior. El fuerte viento golpeó su cuerpo y amenazó con tirarlo al suelo, pero el escritor logró mantenerse en pie y continuar su camino. La lluvia le empapó en un momento y le obligó a cerrar los ojos. Aun así, sin poder ver y apenas moverse, Dani avanzó a voz en grito.
—¡¿Quién está ahí?! ¡¿Qué quieres?! ¡Fuera de mi propiedad!
Sus pies se hundieron en el barro cuando corrió entre los naranjos, pero él no se rindió y alcanzó el lugar en el que se encontraba el desconocido. Sin pensarlo dos veces alzó el bastón por encima de su cabeza y se dispuso a golpear a su espía. Pero la figura había desaparecido. Dani giró sobre sí mismo buscándolo, pero no podía ver nada a través de la espesa capa de lluvia.
—Mierda —susurró.
Cansado, bajó el bastón y dejó que el agua cayera sobre él. Quizá no había nadie, pensó intentando recobrar el resuello. A lo mejor, simplemente, había bebido demasiado y el alcohol le estaba jugando una mala pasada. Dani volvió a pasear la mirada entre la lluvia y el viento, en un último intento por demostrarse a sí mismo que no estaba loco. Por desgracia no podía convencerse de no estar borracho.
Un momento después volvía a estar en el calor de la casa. Había dejado el bastón sobre una mesa y miraba fijamente el vaso de whisky que descansaba sobre la chimenea. El agua chorreaba por su ropa hasta caer al suelo salpicándole sus zapatos.
Cerró los ojos e intentó tranquilizarse. Necesitaba relajarse, pero le resultaba imposible. Cada vez que cerraba los ojos veía a Ana. De nuevo, la imagen de su difunta mujer se dibujó en su mente. «¡A la mierda!», pensó mientras alargaba la mano y volvía a coger el vaso. La única manera de poder dormir y olvidarlo todo era acostarse borracho. Por supuesto, por la mañana tendría que lidiar con el dolor de cabeza y la resaca, pero era un precio que estaba dispuesto a pagar.


2UN SUEÑO DEMASIADO REAL



15 de octubre de 2008

El pub Hechizo era uno de los lugares de moda en Málaga. Estaba en un paseo marítimo con hermosas vistas al mar que, ese día, se revolvía con violencia. Durante el verano, el Hechizo estaba siempre a rebosar de gente, pero ahora, con el otoño ya bien entrado, el local estaba vacío.
Hacía realmente un día desapacible. La lluvia y el viento impedían caminar con normalidad y además, el frío atería la piel. Las nubes se arremolinaban en el cielo presagiando tormenta. Dani pensó que, en cualquier momento, un trueno rompería la relativa tranquilidad de que gozaba la ciudad. 
Había estado toda la mañana en casa, durmiendo, dejando que la resaca hiciera su trabajo. Se le había ocurrido más de una vez sentarse frente al ordenador, pero ¿para qué? ¿Acaso iba a escribir? No lo creía. Así que se quedó en la cama, ahogándose en sus propios pensamientos, en su propio dolor.
Pero Sergio le había llamado. El teléfono volvió a sonar destrozando su cabeza, y se vio obligado a levantarse por fin. Su editor quería hablar con él. Y era importante.
 Así que allí estaban los dos. Sentados el uno frente al otro con el mar embravecido de fondo y la lluvia golpeando el cristal del Hechizo.
—¿Por qué no me volviste a llamar ayer? —preguntó Sergio mientras meneaba despreocupado la cucharilla en la taza de café.
Dani cerró los ojos recordando que se le olvidó devolverle la llamada a su amigo. Además, llegaron a su mente imágenes de lo sucedido la noche anterior. Aquella figura oculta entre los árboles… Hizo una mueca y sonrió desganado.
—Lo siento. Se me quemaba la cena —mintió—. Luego me acosté. Estaba muy cansado.
No quiso decirle a su amigo la verdad. ¿Qué iba a decirle? ¿Qué una figura extraña le espiaba la noche anterior? Precisamente, en aquellos momentos en los que bebía prácticamente a todas horas, Sergio pensaría que eran alucinaciones y no dejaría de intentar convencerle de que dejara de beber, de que intentara cambiar, que olvidara el dolor y la pena que le estaba consumiendo y volviera a tomar las riendas de su vida. Pero lo último que necesitaba Dani era a alguien dándole un sermón. Al menos no ese día.
Sergio movió la cabeza con una expresión con la que Dani comprendió que no le creía.
—Ya —musitó quitando importancia al asunto. Luego fijó su mirada en Dani, mirándole con expresión grave—. Te he conseguido dos semanas más —le anunció—. Pero ni una más. La editorial está ya cansada. Tus dos últimos libros han sido un fracaso y no tienen demasiadas esperanzas en ti, la verdad.
Dani suspiró contrariado. Toda su vida había soñado con ser escritor y, cuando al fin lo logró, todo se torció con la muerte de Ana. Aunque intentara ocultárselo a Sergio, en realidad le dolía lo que estaba sucediendo. Por desgracia, en su estado, poco había que pudiera hacer.
—¿Y tú? —preguntó de repente—. ¿Confías tú en mí?
Sergio meneó la cabeza pensativo y desvió la mirada a la calle, a través de la ventana, donde el agua golpeaba con fuerza el suelo y la gente caminaba, embutida en gruesos chaquetones, ocultándose como podían bajos sus paraguas.
—No lo sé, Dani —contestó al fin—. Antes eras bueno. De lo mejor que había leído nunca.
—Tú me animaste a publicar Ríos de tormenta y El último ninja —replicó Dani con un tono que quiso ser de acusación.
—Lo sé. Y eran buenos, la historia era buena, pero tu estilo bajó mucho después de Ojos de sangre. 
Dani sonrió con tristeza y extrajo un cigarro de la caja que descansaba sobre la mesa. 
—Lo jodido es que tienes razón —dijo después de encenderlo—. Hasta yo mismo lo entiendo.
Sergio le miró e hizo un gesto de comprensión.
—Ana no querría esto —le recordó señalando el cigarro—. Ella querría que siguieras adelante y escribieras como tú sabes. Que lucharas.
—Pero ella no está aquí —replicó el escritor, dando una temblorosa calada—. Se fue y no volverá. ¿Qué importa ya?
—¿Es que no quieres honrarla, Dani? Ella te apoyó siempre. Ella estuvo a tu lado. Deberías…
—Déjalo ya, Sergio. —Dani hinchó las narices y fulminó con la mirada a su amigo. No necesitaba aquello.
—… seguir adelante y…
—Sergio, no.
—… hacerlo por ella.
—¡No quiero hacerlo por ella! —explotó entonces Dani golpeando la mesa y empujando el vaso, que derramó su contenido sobre el mantel de papel blanco. Varias personas de una mesa cercana volvieron la cabeza al escuchar el golpe—. ¿Es que no lo entiendes? Yo puse todo mi corazón en aquella relación. Todo lo que hacía, todo lo que escribía, era por ella, ¡gracias a ella! Y ahora Ana no está. ¿Qué quieres de mí?
Sergio desvió la mirada, incomodo, hacia un periódico que descansaba sobre la mesa. Mientras intentaba calmarse, paseó los ojos por él. Cuando leyó la fecha emitió un suspiro.
—Mierda —susurró—. Hoy es quince de octubre. Lo siento.
Dani meneó la cabeza.
—Hoy hace dos años de la muerte de Ana —confirmó—. Pero eso no tiene importancia —añadió levantándose y dejando un billete de cinco euros sobre la mesa—. No te preocupes, no tenías por qué acordarte. Solo yo debo recordarlo. Tendrás el borrador en dos semanas —añadió mientras se ponía la chaqueta.
—Dani… —Sergio pareció querer decir algo, pero se detuvo. Lo último que quería era empeorar la situación—. Descansa, ¿vale?
Dani asintió con la cabeza.
—Lo intentaré
—No lo intentes, hazlo.
Sin añadir una palabra más, el escritor se giró y salió de la cafetería para zambullirse entre la lluvia y la gente. Sergio lo vio marchar esquivando charcos, con las manos completamente embutidas en los bolsillos de su chaqueta vaquera y dejando que el agua empapara sus cabellos negros.

Un rato después, Dani observaba como las gotas de lluvia golpeaban con fuerza el estanque artificial de un parque. Estaba sentado sobre un banco de acero mientras el agua caía sobre él, como si llorara. Pero las lagrimas del cielo no podían compararse con las que surgían de sus ojos. Exactamente dos años antes Ana había muerto. A partir de ese día nada volvió a ser lo mismo.
Se había vuelto a sumergir en el pasado y había perdido la noción del tiempo. Regresó a la noche en que Ana no había vuelto. Debería haber llegado, por lo menos hacia media hora. Una llamada a su teléfono móvil le confirmó que lo tenía desconectado o fuera de cobertura. Aquello le extrañó muchísimo ya que ella jamás lo apagaba.
Apenas dos minutos después, el chillido del teléfono fijo de la casa le sacó de su estupor. Lo cogió apresurado esperando escuchar la voz de Ana al otro lado, pero en su lugar un hombre con voz seria preguntó por él.
—¿Dani Martín?
—Soy yo —contestó preocupado.
Con las siguientes palabras de aquel hombre el mundo de Dani se vino abajo. Tiró el teléfono al suelo, gritando y deseando despertar en aquel momento. Pero no era un sueño. Aquello era real, dolorosamente real. 
Cuando Ana se dirigía a la parada de autobús más próxima de su trabajo para volver a casa, un coche se saltó el semáforo en rojo. Según los testigos, su cuerpo había volado varios metros en el aire antes de estrellarse contra la acera. Ahora se encontraba en el hospital luchando por su vida.
Con los ojos anegados de lágrimas y el cuerpo temblando, Dani alcanzó la puerta de la casa y bajó corriendo los ocho pisos por las escaleras. No tenía tiempo para esperar el ascensor.
No recordaba un viaje en coche más tenso que aquel. A cada momento debía dar un volantazo para seguir por su carril. Su mente estaba en otro lugar, con otra persona. Maldijo, lleno de ira, mientras golpeaba el volante. Si él hubiera ido a por ella, ahora no estaría en esta situación. Pero no, había decidido quedarse en casa. Y aquella decisión había condenado a Ana.
Cuando llegó al hospital y entró por los pasillos de suelos verdes y paredes blancas, la primera persona que encontró fue a Cristina, la mejor amiga de Ana. Tenía los ojos irritados de llorar. Su pelo rubio, normalmente brillante, limpio y con vida, se mostraba ahora sucio y apagado. Ella no dijo nada, solo le miró con expresión derrotada, y Dani supo que lo que más temía había sucedido.
—¿Dónde está? —preguntó él, intentando aguantar, sin mucho éxito, las lagrimas.
Ella no contestó de inmediato, intentando controlarse, aunque Dani sabía que le estaba costando la propia vida aguantar su dolor.
—Lo siento, Dani.
Aquellas palabras fueron como un desgarrón en las entrañas de Dani. Sin esperar a que Cristina se explicara, corrió hacia el fondo del pasillo y llegó a la sala de espera. Allí vio a la madre y al padre de Ana. Él con la mirada triste y pérdida en la pared, ella llorando amargamente en una esquina.
Entonces se derrumbó. Apenas tuvo tiempo de apoyarse en la pared para no caer al suelo. Solo los brazos de Cristina, que en aquel momento llego junto a él, lo sostuvieron.
—Ya estoy aquí, Dani. Tranquilo. —Las palabras de la joven llegaron a él como en un sueño, como si en realidad todo aquello no estuviera sucediendo, y fuera solo una visión—. Siempre estaré aquí. Te lo prometo.
Al día siguiente, después de una larga noche de dolor y llanto, despidieron entre lágrimas y lluvia el cuerpo de Ana. Dani observó con el rostro desencajado cómo dos hombres levantaban el ataúd de madera para meterlo en el nicho. El escritor no podía creer lo que estaba sucediendo. Estaba enterrando a su mujer, cuando apenas se había apagado el calor de ella en la almohada o el sonido de su risa en el ambiente. Aún entonces, cuando cerraba los ojos, esperaba que al abrirlos todo volviera a ser como antes, con aquellas tardes en el salón de la casa que compartían. Ella viendo un programa en la televisión y él escribiendo. Sin hablar, no hacía falta.
Solo el fuerte apretón que Cristina, completamente vestida de negro y con unas gafas ocultando unos ojos hinchados, le daba con sus manos en un intento inútil de mitigar su dolor, le decía que era cierto. Los familiares de Ana lloraban frente al féretro, como si con sus peticiones a Dios pudieran lograr que la muchacha volviera.
«Pero ella no volverá —pensó Dani—. Nunca lo hará.»
Aquella noche, dos años después de la muerte de su mujer, apenas pudo conciliar el sueño. Cristina no le había llamado ese día. Desde aquel fatídico quince de octubre, la muchacha le había llamado casi a diario y se había volcado en él, animándolo a salir y a escribir, pues sabía que era lo que más le agradaba. Dani sabía que tras aquellos actos se escondía el deseo de hacer feliz a Ana, estuviera donde estuviese. El hecho de que no le hubiera llamado le indicaba que ella lo estaba pasando también mal.
Pasó varias horas girando sobre las sabanas blancas de su cama hasta que, al final, el agotamiento pudo con el dolor y se sumergió en un sueño intranquilo, lleno de pesadillas en las que Ana era la protagonista. En ellas, Dani corría tras su mujer rodeado de una extraña nada. La perseguía sin llegar a alcanzarla nunca. Parecía que, a cada paso que daba, ella se alejaba más y más, sin que él pudiera siquiera oler su perfume.
Dani corría y corría, forzando al máximo sus músculos, que ya comenzaban a arderle. De pronto, ella se detuvo y se giró. Clavo sus ojos en él y Dani aceleró, aprovechando aquel respiro para ganar ventaja. Y entonces, cuando ya estaba a punto de alcanzarla, algo se abrió bajo los pies de Ana y ella cayó. Dani la vio desaparecer en la oscuridad de aquel mundo extraño en el que estaba inmerso. Gritó, llamándola, deseando poder agarrarla, pero ella estaba ya demasiado lejos. Solo escuchó su voz pidiendo auxilio desesperada.
—¡Socorro! ¡Ayudadme!
Al mismo tiempo unos golpes resonaron en su mente, tan fuertes que ocuparon todo su cerebro.
—¡Ana! —Dani despertó empapado en sudor cuando los gritos de su esposa aún no se habían extinguido. Con la respiración acelerada comprobó que la lluvia había dejado de golpear en las ventanas y que la luz de la luna llena se filtraba a través de las rendijas de las persianas.
Por un momento esperó ver a su mujer a su lado, que aquellos dos años no hubieran sido más que un mal sueño, una pesadilla muy real. Pero las sabanas frías le dijeron que no era así. Ella estaba muerta, pero su voz en el sueño parecía tan real, tan cercana… Sacudió la cabeza reprendiéndose por su estupidez. Era imposible que Ana le hubiera hablado.
Dani se tumbó y se acurrucó, cubierto por los pesados edredones y sintió de nuevo la soledad y el frío que le producía el dolor. Después de un rato inmerso en sus propios pensamientos, en el que el silencio fue su única compañía y en el que la imagen de Ana ocupaba por completo su mente, el sueño por fin volvió a apoderarse de su cuerpo. Poco a poco, sus ojos volvieron a cerrarse sumiéndole en la oscuridad.


3REFLEJOS



16 de octubre de 2008

El sonido del timbre de la puerta le sacó de su letargo. Dani abrió los ojos lentamente y clavó su mirada en el techo. No habría podido decirlo con seguridad, pero creía que era temprano. O tal vez no. La luz del sol se filtraba por las rendijas de las persianas, salpicando el suelo y las paredes de puntitos de luz. El timbre volvió a sonar y el escritor hizo una mueca de fastidio. Esa noche no había dormido nada y ahora, quien fuera, venía a despertarle. Cuando el sonido volvió a dejarse oír, Dani hizo acopio de la poca energía que tenía y se levantó de la cama.
La habitación estaba patas arriba. La ropa cubría la mayor parte del suelo, esperando a que alguien la recogiera y la lavara y, en la mesita de noche, dos vasos de whisky le mostraban a Dani que bebía demasiado. Como siempre últimamente.
Cuando el timbre sonó de nuevo, salió al pasillo y se sorprendió al comprobar que el único cuadro que adornaba la pared estaba torcido. Con desgana lo puso recto y prosiguió su camino. El timbre volvió a sonar y Dani empezó a preguntarse quién era y, sobre todo, qué hora sería. Le asaltó fugazmente la idea de comprar algún reloj de pared y colgarlo en mitad del pasillo.
Siguió caminando mientras se frotaba la cara con las manos, aún dormido. A medida que atravesaba el pasillo fue notando algo. Una sensación que le hacía sentir extraño en su propia casa. Como una presencia, como si hubiera alguien más allí que él no pudiera ver. Se detuvo un momento, justo antes de la puerta que había al final del pasillo y desembocaba en el salón y en la puerta de acceso a la casa.
Giró sobre sí mismo extrañado. La sensación seguía allí. Era como el efecto que produce que alguien te clave la mirada desde atrás. Algo realmente incomodo. El recuerdo de la figura que vio, o creyó ver, un par de días antes entre los naranjos de su jardín le asaltó de repente. ¿Y si estaba allí? ¿Y si había entrado en su casa? Meneó la cabeza reprendiéndose a sí mismo. Era una tontería. Antes de acostarse se había asegurado de cerrar todas las ventanas, y la puerta de la casa era blindada. No podía haber entrado nadie. Por supuesto, también estaba la puerta del jardín, pero a pesar de tener cristales, también era de seguridad. De haber entrado alguien, lo habría hecho por ahí. Y habría escuchado los cristales romperse. No, debían de ser imaginaciones suyas, provocadas por la falta de sueño y el alcohol.
El sonido del timbre le sacó de su ensimismamiento. Dani dio un respingo, sobresaltado. Luego sonrió. Realmente estaba susceptible aquella mañana. Volvió a caminar, deseando de pronto abrir la puerta y ver quién llamaba con tanta insistencia. Tal vez aquella sensación fuera una tontería, pero se sentía más a gusto si había alguien con él. Cuando salió del pasillo todas sus hipótesis y conjeturas se vinieron abajo.
El salón había amanecido en completo desorden. Los escasos muebles que lo llenaban estaban volcados en el suelo, y los papeles que Dani guardaba tan celosamente, y que contenían apuntes sobre sus próximas novelas, descansaban por el suelo marrón de la casa. Parecía que hubiera pasado un tornado.
—¿Qué demonios ha pasado aquí? —se preguntó en voz baja.
El timbre volvió a sonar y sacó a Dani de su embobamiento. Sin dejar de mirar la habitación se acercó a la puerta y la abrió solo un poco, entornándola para que, quien fuera, no pudiera ver lo que había sucedido. No habría podido decir por qué quería ocultarlo pero, por alguna razón, se sentía mejor así.
—Ya era hora, Dani. Ya estaba a punto de irme. —El joven sonrió cuando comprobó que era Cristina. La muchacha de ojos verdes le miraba con una mueca de fastidio a través de la rendija que había dejado abierta—. ¿Qué pasa? ¿No vas a dejarme entrar?
Con un suspiro, abrió la puerta y la chica entró sin apartar la mirada de él.
—Tienes mala cara —dijo—. ¿Estás…?
Pero su voz se ahogó cuando desvió sus ojos hacia el salón. Con la boca abierta volvió a mirar a Dani.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó.
Dani se frotó la cara con las manos, todavía desorientado. No entendía nada de lo que estaba sucediendo. Quizá había entrado alguien en la casa, aunque no era posible, estaba herméticamente cerrada y él no recordaba haber escuchado ningún ruido, ¿o tal vez sí? A su memoria llegó el sueño que había tenido aquella noche. Ana corriendo en un mundo sin formas, Ana cayendo, gritando desesperada que la ayudara. Y luego un sonido extraño que, recordado desde la perspectiva del tiempo, podía haber sonado como muebles destrozados. ¿Había sido real aquel sueño?
—¡Dani! —La voz de Cristina le sacó de sus pensamientos—. ¿Qué ha pasado aquí?
—No lo sé —contestó al fin—. Quizás ha entrado alguien esta noche.
—¿Te has dado cuenta de si te falta algo?
—No, acabo de despertarme. Espera...
Dani se adentró en la jungla en la que se había convertido su salón y, sorteando todos los muebles y carpetas, llegó hasta la mesita que usaba a modo de aparador, que yacía volcada sobre el suelo. La levantó bajo la atenta mirada de Cristina y hurgó en los cajones.
—Qué raro —murmuró.
—¿Qué pasa? —preguntó Cristina impaciente.
Dani se giró mostrando con la mano un sobre blanco. Luego lo abrió y descubrió un fajo de billetes.
—Tres mil euros. No estaban escondidos. Me extraña que quien haya entrado no se los haya llevado. Aparte de esto no tengo nada digno de ser robado. El ordenador tal vez, pero sigue ahí —dijo señalando el aparato que, gracias a Dios, había ido a parar sobre el sofá, el único mueble que seguía en su sitio.
—Aun así tenemos que llamar a la policía.
—No hace falta, Cris. No se han podido llevar nada ¡No hay nada!
—Tú has tenido suerte, pero tus vecinos quizás no la tengan —replicó ella avanzando decidida hacia el teléfono, oculto bajo un montón de papeles—. Además, podían haberte hecho daño.
Dani resopló refunfuñando. Acababa de pasar una noche malísima, le dolía la cabeza y echaba de menos hasta más no poder a su difunta esposa. No quería que un enjambre de policías se adueñara de su casa y le agobiara a preguntas. Por otro lado, Cristina tenía razón, si alguien había entrado en su casa, podían hacer lo mismo con la de sus vecinos. Y ellos sí tenían cosas de valor.
—Está bien, llama —accedió al fin, aunque Cristina ya estaba marcando el 091.

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