18/3/16

Y EL CIELO SE VOLVIÓ ROJO


Sue Landis luchó por mantener los ojos abiertos. Solo llevaba unos cuarenta minutos conduciendo, pero le parecían horas. Haber pasado todo el día en LakeSide negociando con un ricachón que pretendía comprar un cuadro de miles de dólares también influía en su estado de agotamiento. Y encima, la carretera que la llevaba a Riverside Falls, a su hogar, era recta, condenadamente recta.
La oscuridad rodeaba su vehículo por todos lados, excepto por delante, donde las luces de los faros se arrastraban por el pavimento. Solo se había cruzado con un coche a lo largo de todo el trayecto y el viaje amenazaba con aburrirla hasta dormirla.
Así que pulso el botón de la radio y buscó una emisora con música ruidosa. Sin embargo, mientras repasaba el dial, la voz de un locutor llamó su atención. Era el programa local dedicado a sucesos paranormales.
Sue sonrió y se apartó un mechón de pelo rojo, más animada de repente. Le gustaban esas cosas. No creía en ellas, claro, pero disfrutaba escuchando o leyendo las demenciales teorías que elaboraban algunos expertos.
¿Ovnis? ¿Fantasmas? ¿Vampiros? Esas leyendas estaban muy bien para las películas o los libros. Uno podía disfrutar de Independence Day, pero no por ello tenía que creérselo.
A lo lejos aparecieron las luces de unos faros y Sue aminoró la velocidad de forma instintiva. Al ser completamente de noche y conducir por una recta tan larga no podía calcular bien la distancia a la que estaba el vehículo. Pero sí se dio cuenta de que conducía a toda velocidad.
Desvió el coche para pegarse al arcén derecho lo más posible sin salirse de la carretera. El vehículo que venía de frente no iba del todo recto. De vez en cuando invadía parcialmente el carril contrario. Maldijo en voz alta a los borrachos que conducían después de beber. Si querían matarse le parecía muy bien, pero que dejaran en paz a los que no.
Conforme se acercaba, el conductor comenzó a tocar el claxon. El agudo pitido invadió la noche. El potente rugido del motor se clavó en el aire cuando el vehículo se cruzó con el coche de Sue. La mujer dio un volantazo y logró frenar sobre el arcén, levantando una densa nube de tierra a su alrededor.
—¡Hijo de puta! —gritó, girándose en el asiento—. Será capu…
Enmudeció cuando un estruendo llegó a sus oídos. Sonaba como un helicóptero volando a poca altura. Unas brillantes luces amarillentas iluminaron su vehículo un instante y, antes de que Sue pudiera asimilar lo ocurrido se perdieron en la noche.
La mujer resopló mirando por el espejo retrovisor. Las luces habían desaparecido como si nunca hubieran estado allí. Respiró hondo y volvió a poner el coche en funcionamiento.
—Malditos borrachos —masculló de mal humor—. Y malditos militares con sus malditos cacharros.
Iba a seguir despotricando. De hecho, ya tenía varios insultos más originales en la recamara cuando algo llamó su atención por el rabillo del ojo. Giró la cabeza, extrañada y sorprendida a partes iguales. Tal vez debería haber sentido miedo, pero lo cierto es que la curiosidad ganó la batalla y Sue abrió la puerta del coche para salir fuera y ver lo que estaba pasando sin un cristal de por medio.
El cielo, completamente oscuro y plagado de estrellas un instante antes, se había iluminado, adoptando un color rojizo.
«Sangre», pensó Sue. «Es el color de la sangre».
Era como si estuviera amaneciendo, pero sustituyendo el color azul por el rojo. Incluso siendo aficionada a los programas de sucesos paranormales, la mujer nunca había escuchado de algo como aquello. Era algo extraño. Muy, muy extraño.
Y en cierto modo terrorífico.

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Carlos Moreno Martín. Con la tecnología de Blogger.

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