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La leyenda de Dareth, príncipe de Aredia

Portada diseñada por Laura Morales


Las nubes se arremolinaban sobre la Torre de Zordrak, oscuras como la noche. Una tenue llovizna mojaba lentamente la túnica negra de Dareth, que observaba la torre con el ceño fruncido. A su lado, la elfa Kimara se apoyaba sobre su bastón de mago blanco, cansada por el largo viaje.
El mundo de Loreana se hallaba en peligro y Dareth, príncipe del Reino de Aredia, había recibido la misión de salvarlo. Muriel, la Reina de la Oscuridad, había regresado y había sumido el mundo en el más absoluto de los caos. Vientos de guerra soplaban desde los cuatro puntos cardinales y, se decía, que en el norte un ejército de monstruos sin nombre se agrupaba para lanzar un ataque que traería consigo la muerte y el dolor.
Dareth había partido de su hogar un año antes, en compañía de su hermana Yamira. Habían atravesado el desierto del Fuego, habían surcado el Mar de la Locura. Había luchado contra Orcos, goblins y otros seres aún más terroríficos. Por el camino habían encontrado y perdido aliados. Uno de ellos era Kimara, la elfa de piel blanca y cabellos oscuros como la noche. La única que se encontraba junto a él en el final de su camino.
—Por fin hemos llegado —susurró la elfa admirando la inmensa llanura que tenía frente a ella. En el centro se erigía la Torre de Zordrak, el lugar en el que Muriel aguardaba el momento de salir al mundo.
Dareth no dijo nada. Sólo comenzó a andar a través de la lluvia sin perder de vista la Torre, con la empuñadura de su espada, de nombre Filo, aferrada fuertemente con su mano, dispuesto a desenvainarla en cualquier momento. Mientras caminaba observó a su compañera. Al principio no se habían caído bien, pero había aceptado su compañía, simplemente porque la necesitaba. Con el tiempo se había dado cuenta de que era una aliada poderosa. Le había salvado la vida en numerosas ocasiones, al igual que él a ella. Ahora, el príncipe no sabía si habría llegado a su destino si no la hubiera encontrado.
Cuando llegaron al pie de la torre, Dareth observó la puerta. Era de oro. Algo que contrastaba con el color negro que teñía el resto de la estructura. Buscó una cerradura, algo con lo que poder abrirla, pero no había nada. Se lo dijo a Kimara, que se acercó lentamente colocándose a su lado, examinando la puerta.
—Quizás yo pueda abrirla —dijo.
Kimara, además de una gran luchadora, era maga. En más de un combate, Dareth la había visto invocar inmensas bolas de fuego y cambiar la climatología a su antojo.
El príncipe se alejó unos pasos de ella para permitirle que se concentrara. La elfa apoyó la cabeza de su bastón en el centro de la puerta y, con los ojos cerrados, musitó unas palabras en el idioma arcano. Una tenue luz grisácea rodeó su cuerpo y la puerta de oro comenzó a brillar. Entonces, en medio de un estallido de luz, la puerta empezó a abrirse lentamente.
Cuando estuvo totalmente abierta, Dareth se acercó a la elfa y posó una mano sobre su brazo.
—Gracias —le dijo—. ¿Cómo sabías las palabras que tenías que decir?
La elfa le miró a los ojos y como sucedía siempre que lo hacía, Dareth sintió que ella era capaz de leer cada uno de sus pensamientos.
—Es un conjuro muy rudimentario —contestó—. No entiendo por qué Muriel no ha puesto alguno más poderoso.
Dareth sonrió.
—Eso significa que aún está débil. Este es el momento perfecto para destruirla.
—Supongo que sí.
Los dos compañeros entraron a través de la puerta y lo que vieron en el interior de la Torre les dejó sin habla. En el centro de la estancia, sobre un montículo hecho con piedra, se hallaba un trono con los reposa brazos con forma de dragón. A ambos lados del montículo se arremolinaban unas escaleras negras que acababan justo frente al trono. El techo se perdía en la oscuridad, en lo más alto de la torre.
Pero no había nada más. Muriel no estaba allí. Habían esperado encontrarla sentada en su trono, pero se había ido. Quizás les había visto venir y había escapado. Dareth maldijo por lo bajo. Si hubieran tenido más cuidado a la hora de atravesar la llanura en la que estaba la torre quizás aquello no habría sucedido.
—¡Maldita sea! —gritó Dareth frustrado—. Ha escapado.
—Yo no estaría tan segura —susurró Kimara.
Entonces el príncipe oyó como la puerta de la torre se cerraba violentamente tras él. Cuando se giró el mundo se le vino abajo. Alrededor del cuerpo de Kimara se arremolinaba una luz oscura. Sus ojos, antes de un azul brillante, se habían tornado rojos como el fuego. Su rostro ya no era el que Dareth conocía. Su expresión amable había pasado a ser la expresión del mal en persona. Y entonces lo comprendió todo. Comprendió por qué la elfa se había empeñado en acompañarle en su viaje. Por qué derrotaba a los enemigos que encontraban con tanta facilidad. Y por qué había abierto la puerta sin ningún problema. Ella era la Reina de la oscuridad. Ella era Muriel.
—Humanos —susurró Kimara con desdén—. Siempre tan confiados. ¿De verdad piensas que te ayudaba por bondad?
—¿Por qué haces esto? —preguntó lleno de ira Dareth, sin poder creer lo que estaba pasando.
—Aún estoy débil, Dareth. Necesito fuerza, necesito poder.
—¿Y por qué me has ayudado? ¿Por qué has luchado junto a mí? ¿Por qué me has traído hasta aquí, si sabes que podría matarte?
Muriel comenzó a andar lentamente, rodeando a Dareth.
—Porque te necesito. Necesito tu esencia. Tu fuerza.
—No puedes quitármela. Y lo sabes.           
La Reina de la Oscuridad soltó una carcajada. Era una risa diabólica, sin sentimientos.
—Quizás yo no. Pero ellos sí.
Extendió una mano y, al instante, cinco criaturas aparecieron de la nada. Tenían forma humana, caminaban a dos patas y se movían de la misma manera. Pero ahí acababa cualquier parecido con la especie humana. Dareth miró con odio a Muriel, la que antes había sido su compañera, su aliada.
—Adiós, Dareth —dijo la Reina de la Oscuridad—. Ha sido un placer viajar contigo.
Muriel se alejó de él, andando con tranquilidad hasta sentarse en el trono. Mientras tanto, las criaturas se habían acercado a Dareth. El príncipe desenvaino a Filo y se lanzó al ataque.
Aparecían y desaparecían sin que pudiera golpearles. Tan pronto como Dareth les atacaba blandiendo su espada, se materializaban tras él y le golpeaban en la espalda. Eran tremendamente rápidas. Lo intentó una y otra vez sin lograr ningún resultado. No podía vencerlas. La ira nublaba su mente y no le dejaba pensar. Se recriminaba a sí mismo el haber confiado en Kimara, haberla llevado hasta allí. Haber dejado que le ayudara. Odiaba a la elfa y, por encima de todo se odiaba a sí mismo por haber desperdiciado la oportunidad de salvar su mundo. Millones de personas, de todas las razas de Loreana habían puesto sus esperanzas en él y les había fallado. Las lágrimas afloraron a sus ojos mientras intentaba, sin éxito matar a las criaturas que le atacaban.
Y entonces, en lo más profundo de su alma, surgió la luz de su inminente destino. Muriel quería su fuerza, su energía. Pero Dareth no estaba dispuesto a dársela y dejar que conquistara el mundo con ella.
Sin pensar, dejó de atacar y miró a la Reina de la Oscuridad con la cabeza bien alta. Las criaturas se detuvieron, desconcertadas ante aquel cambio en la actitud del príncipe. Muriel le observaba inquieta.
—No vas a absorber mi poder, Muriel —dijo Dareth desafiante—. Me has engañado, pero puedo arreglarlo.
—Nada podrá evitar que consiga mi objetivo —declaró Muriel, aunque no estaba del todo segura—. Será mejor que lo asimiles.
—Yo no estaría tan seguro —susurró Dareth como había hecho momentos antes Kimara.
Entonces, ante la atónita mirada de la Reina de la Oscuridad, el príncipe de Aredia clavó su espada en su propio estomago. Primero sintió un lacerante dolor en todo el cuerpo. Después perdió el equilibrio y cayó de rodillas. En esa posición, sintiendo como la vida se le escapaba entre el acero de su arma, vio a Muriel levantarse del trono, solo para retorcerse de dolor. La Reina también cayó al suelo. Escuchó el agudo grito de las criaturas que se deshacían. Muriel intentaba llegar a él, pero era en vano.
—Yo soy la fuente de tu poder —le dijo Dareth mientras su vista se nublaba—.Ya no podrás tenerme.
Entonces, la reina de la oscuridad comenzó a gritar. Dareth vio como su cuerpo se iba volviendo translúcido. Estaba desapareciendo. Lo había logrado. A pesar de su fallo, había logrado enmendarlo.
Cuando Muriel desapareció todo quedó en silencio. El príncipe de Aredia quedó solo con la vista fija en el infinito. Y entonces murió. Murió con una sonrisa en los labios, orgulloso de haber muerto de aquella manera. De haber muerto salvando a su mundo.
           
En el exterior de la Torre de Zordrak las nubes oscuras que habían estado cubriéndolo permanentemente durante un año comenzaron a deshacerse, mostrando un cielo azul y limpio. Las hordas de criaturas sin nombre que había en el norte del país desaparecieron en una explosión de luz. El mundo de Loreana volvió a conocer la paz para siempre.
Cientos, incluso miles de años después, los bardos aún cantan en las posadas y las fiestas en los grandes palacios, la historia de Dareth, el valiente príncipe que se enfrentó a la Reina de la Oscuridad, dando para ello su propia vida.

Relato incluido en la antología de relatos El guardián de la fantasía.
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Adelanto de Crónica galáctica: La cabeza de la serpiente


Portada diseñada por Carlos Moreno.
Soy mejor escritor que diseñador gráfico. Lo sé.


Capítulo 1Y la oscuridad se sumió sobre él


El silencio invadía cada rincón de Alarkán. La luna, grande y blanca, reflejaba su luz en las irregulares superficies de los bajos edificios de piedra. Las calles de aquél pequeño poblado estaban vacías a aquellas horas de la noche, y el calor había obligado a sus habitantes a encerrarse en sus casas, más frescas. Sólo el sonido de unos pasos recorrían, en aquellos momentos, las estrechas callejuelas. 
Tres figuras se deslizaron en la oscuridad, en silencio. Parecía que sus pies apenas tocaran el suelo, se movían como sombras. Una persona que pasara a solo dos metros de ellas no habría podido darse cuenta de su presencia. Siguieron corriendo, ocultándose y avanzando sin cesar. De pronto, al final de una larga y estrecha calle, encontraron su destino.
El edificio podría haber pasado como uno normal de no ser por un pequeño detalle. De paredes grises y de dos pisos, era el único en la pequeña ciudad de Alarkán que tenía a aquellas horas una luz encendida. Los tres individuos se acercaron a la puerta de la planta baja y extrajeron sus armas de las largas túnicas negras que cubrían sus cuerpos.
—Comencemos —ordenó uno de ellos en un susurro.
Los otros dos cargaron las armas que empezaron a emitir un leve zumbido y, acto seguido, dispararon a la puerta.
La explosión rompió el silencio y la tranquilidad de la ciudad, levantando una pequeña nube de humo y polvo que se alzó en el cielo, ocultando las estrellas. Los tres hombres entraron a través de la puerta destrozada y llegaron a una pequeña habitación en la que únicamente había una escalera. Sin perder un instante, ascendieron por ella a toda velocidad.
Las órdenes que habían recibido eran muy precisas. Tenían que encontrar al objetivo, reducirlo y llevarlo a bordo de la nave que esperaba en las afueras de la ciudad. No era una misión complicada. Los habitantes de Alarkán eran un pueblo pacífico. Las armas en aquél lugar brillaban por su ausencia y era altamente improbable que alguien les plantara cara o les diera problemas mientras escapaban con el objetivo.
Aún así, a aquellos tres hombres, preparados y entrenados, les gustaba tenerlo todo bajo control. Antes de comenzar la misión habían estudiado planos en tres dimensiones del pueblo para memorizar el mejor camino hasta el edificio que tenían que abordar. Examinaron cada esquina, cada rincón en el que ocultarse, e idearon una vía de escape, teniendo en cuenta las zonas menos pobladas. Nunca habían estado en Alarkán pero su preparación les permitía atravesar toda la ciudad con los ojos cerrados.
Lo mismo sucedía con el edificio. Sabían perfectamente que nada más entrar por la puerta encontrarían una escalera a su derecha. Sabían también que la escalera tenía cuarenta escalones divididos en cuatro partes de diez, y que tardarían diez segundos exactos en llegar a la parte más alta.
Por eso no se sorprendieron cuando encontraron una nueva puerta de madera, por la que se filtraba una fuerte luz. Era menos gruesa que la de la planta baja, por lo que solo tuvieron que golpearla con los pies para derribarla.
Cuando la madera cayó al suelo con un fuerte ruido, levantando una nube de polvo, los tres soldados se encontraron con una habitación desordenada. Los muebles estaban tumbados en un suelo salpicado de libros, papeles y todo tipo de objetos. Nada en aquél lugar parecía estar en su sitio. Excepto la pequeña vela que danzaba solitaria sobre una mesa y el hombre que se apoyaba con la espalda sobre la pared del fondo.
El soldado que iba en medio examinó al individuo. Tendría unos treinta y cinco años, aunque su piel podía haber sido la de un hombre de cincuenta. Algunas arrugas prematuras surcaban un rostro que observaba con horror a los recién llegados. 
—Es él —dijo al fin—. Cogedle.
—¿Quiénes sois? —pregunto el hombre con voz temblorosa cuando vio que se acercaban a él con actitud decidida—. ¿Qué queréis de mí?
Los desconocidos ignoraron las preguntas del hombre y levantaron las manos para agarrarle por los hombros. Pero no pudieron hacerlo pues una extraña fuerza invisible los empujó hacia atrás, estrellándolos contra la pared. El único que quedaba en pie miró a sus compañeros despatarrados en el suelo, que intentaban levantarse doloridos, y luego miró al objetivo.
—Ese poder que tienes es maravilloso —comentó con una sonrisa, dando un paso al frente—. Deberías explotarlo más.
El hombre no contestó. Simplemente se dedicó a mirar al desconocido con el rostro desfigurado por el miedo.
—Tu rey te necesita —susurró el soldado—. ¿Por qué no te entregas pacíficamente?
Sus dos compañeros se habían levantado y ya alzaban sus armas directamente a su objetivo, dispuestos a atacar al menor atisbo de rebeldía. Cuando el hombre vio la amenaza en sus rostros no lo dudó un instante. Cerró los ojos e invocó aquél extraño poder que tenía desde pequeño y que iba consumiéndole poco a poco.
De pronto un dolor atravesó su cuerpo como un aguijón. El pobre hombre cayó al suelo de rodillas, presa de espasmos, y abrió los ojos para ver que el soldado que le había hablado empuñaba en sus manos una especie de pistola de la que salía un rayo azul de electricidad y que iba a parar directamente a su pecho. Intentó invocar de nuevo su poder pero fue inútil. No sucedió nada.
El rayo cesó y el acosado cayó al suelo sin poder moverse. Unas manos le agarraron del cabello y tiraron de él hacia arriba.
—Tus magias no pueden hacer nada contra mí —dijo el soldado mirándolo fijamente con expresión enloquecida—. No puedes hacerme daño.
—¿Y puede hacerte daño esto? —preguntó de pronto una voz desconocida, justo antes de que un rayo de energía surgiera de la oscuridad y fuera a impactar directamente al hombro del soldado, que se derrumbó en el suelo.
Tres figuras entraron en la habitación. Una de ellas iba vestida con una túnica negra y una capucha ocultaba su rostro. Los otros dos eran una mujer negra, alta y esbelta que vestía con un traje plateado y ceñido; y un hombretón grande y musculoso. Los tres empuñaban armas que apuntaban directamente a los soldados.
Los desconocidos se lanzaron a toda velocidad sobre los dos soldados que quedaban en pie y los redujeron a base de golpes. La mujer se movió ágilmente entre los dos y golpeó en la mano a uno de ellos haciendo que soltara el arma, luego su puño se estrello en el rostro del hombre, que cayó hacia atrás. Antes de que su cuerpo tocara el suelo, un rayo de energía estalló en su pecho.
El otro soldado murió más rápido. Su primer instinto había sido el de atacar al hombre de la túnica y la capucha, pero su objetivo se apartó tranquilamente hacia atrás y adelantó una pierna haciéndole la zancadilla. Entonces, el hombretón que había junto a él solo tuvo que agarrarle la cabeza y golpearla contra la pared, matándole al instante.
—Te has pasado, Bran —murmuró el de la capucha observando el cuerpo inerte del soldado—. Eso tiene que haberle dolido.
—Se lo tiene bien merecido —se defendió el hombretón—, por meterse donde no le llaman.
—¿Cómo está el hombre, Dahi? —el encapuchado, que parecía el jefe, se volvió a la mujer negra que ya estaba junto al cuerpo inmóvil del objetivo de los soldados.
—Se pondrá bien —contestó Dahi con una sonrisa—. Aunque parece que ha estado usando el Aura mucho en estos años. Su cuerpo está muy corrupto.
—Poco podemos hacer por él en ese sentido.
—Lo mejor es que hagamos lo que hacemos siempre, Dorian —propuso Bran—. Dejarle aquí y que siga con su vida. Ya le hemos salvado. Nuestro trabajo está hecho.
Dorian Larkin frunció el entrecejo y se acercó al hombre que yacía en el suelo y respiraba con dificultad. Dahi guardó silencio mientras Larkin lo examinaba paseando su mirada bicolor por su consumido cuerpo. Sus ojos, uno rojo y otro azul, dejaban entrever un atisbo de tristeza. Desde el principio Dorian había tenido la intención de dejarlo en aquél planeta, como a todos lo que habían salvado en ese último año. Los salvaban y los dejaban seguir con su vida. Como Bran había dicho, su trabajo estaba hecho.
Sin embargo, cada vez que salvaban a alguien y luego le dejaban a su suerte, no podía evitar pensar que, tal vez, lo único que estaban haciendo es alargar un poco más su vida, pero que morirían igualmente. Ya fuera consumidos por el Aura o porque los hombres del rey Hack los volvieran a encontrar.
En aquellos momentos, Dorian tomaba una difícil decisión. En el fondo sabía que no había otro camino posible y siempre tomaba la misma. Pero cuando se trataba de dejar a su suerte a un niño de diez u once años, por ejemplo, aquella decisión se convertía en una tortura que martirizaba su mente día y noche.
—Lo dejaremos aquí —decidió al fin—. Como siempre. No podemos hacer otra cosa ¿Dónde llevamos a tanta gente? No cabrían todos en el Heraldo Espacial.
—¿Y con estos dos qué hacemos? —preguntó Bran levantando con sus fuertes brazos los dos cuerpos de los soldados.
Dorian sonrió al ver al hombretón con los dos cadáveres colgando de cada una de sus manos.
—Con esos dos también lo de siempre —contestó con una amplia sonrisa—. Los llevaremos al Heraldo y cuando estemos fuera del planeta los soltamos al espacio. Para que se den una vuelta —añadió en tono cómico.
—Así me gusta, amigo —exclamó Bran mientras se giraba y arrastraba los dos cuerpos escaleras abajo.
Dorian lo miró perderse en la oscuridad y se volvió a Dahi.
—Será mejor que nos… —su voz murió en sus labios cuando vio que el jefe de los soldados se había levantado y había agarrado a Dahi por el cuello. El cañón de un arma descansaba sobre la nuca de la mujer.
—No tan rápido, Larkin —susurró su enemigo—. Tu padre se pondrá muy contento cuando te lleve ante él.
De un rápido movimiento la pistola de Dorian apuntó al soldado y ambos hombres se miraron fijamente.
—Mi padre está loco —escupió Larkin sin perder de vista al soldado. Dahi respiraba con dificultad pues el hombre le apretaba con fuerza en el cuello—. Suéltala y arreglemos esto entre nosotros. Ella no tiene nada que ver.
—Oh, sí que tiene que ver —replicó el soldado—. Forma parte de la tripulación del Heraldo Espacial ¿no? Ese es el objetivo de esta misión: capturaros a todos.
Dorian frunció el entrecejo con curiosidad.
—¿De qué estás hablando?
—¿Crees que fue casualidad que escucharais la transmisión en la que hablábamos de secuestrar a este hombre? ¿De verdad piensas que fue un golpe de suerte?
—Dahi, ¿me das permiso para disparar? —Larkin preguntó con decisión mientras apuntaba directamente a la cabeza del soldado. 
—Mátale, Dorian —fue la única respuesta de la mujer—. Luego me limpiare.
El capitán del Heraldo Espacial emitió una sonrisa. Lo que más le gustaba de su tripulación era que ni en los peores momentos perdían el buen humor. 
—No creo que tengas esa oportunidad, Larkin —sentenció el soldado. Luego movió la cabeza hacia un transmisor que ocultaba en la hombrera de su túnica—. Adelante.
De pronto, la ventana que había a la izquierda de Dorian saltó en pedazos, esparciendo una lluvia de cristales sobre él. Un soldado completamente vestido de negro cayó al suelo, rodó sobre sí mismo y se arrodilló apuntando con un arma larga al pecho de Larkin sin que este pudiera hacer nada. A este le siguió otro, y a este, otro más.
Lo mismo sucedió con la otra ventana. Dorian esbozó una mueca maldiciendo por lo bajo. Tuvo la tentación de disparar pero era consciente de que, si lo hacía, en un momento sería acribillado. No, era mejor esperar un momento más propicio.
En un instante la habitación se llenó de soldados que apuntaban con sus armas de rayos al hombre de ojos bicolores.
—Ahora suelta el arma —ordenó el soldado que agarraba a Dahi— si no quieres que tú y tus amigos os convirtáis en puré.
Tras Dorian, varios soldados entraron también por la puerta. Entre ellos caminaba con gesto de fastidio Bran, con varias armas apuntando a su descomunal pecho.
—Lo siento, Dorian —se disculpó con la mirada clavada en el suelo.
—No te preocupes, amigo —musitó Larkin levantando las manos y con ellas su pistola—. ¿Qué vas a hacer con nosotros ahora que nos tienes? —preguntó al soldado que amenazaba a Dahi.
—Iréis a Kur, a la base de Hack —respondió el soldado—. Una vez allí, el rey Hack hará con vosotros lo que considere oportuno. Pero antes tenemos que tratar un asunto —añadió soltando a Dahi, que fue a parar entre los brazos de un soldado. La mujer lanzó una mirada asesina al hombre.
Dorian enarcó una ceja en un gesto de incredulidad pero guardó silencio. Deseaba saber de qué asunto se trataba.
—Sabemos que en vuestra nave, el Heraldo Espacial, hay dos tripulantes más ¿Dónde están? —preguntó el soldado con expresión tranquila.
Larkin sonrió divertido y miró al soldado con el ceño fruncido.
—Jinx y Moon ya deben estar bien lejos de aquí —dijo—. Al igual que tú llevo un transmisor oculto en mi túnica. Ellos han escuchado toda esta estúpida conversación y han huido. Nunca los encontrareis, nunca daréis con ellos. Serán invisibles para vosotros.

—Tenemos que ir a rescatarlos —dijo Moon con decisión—. No podemos irnos y dejarlos solos.
—Ya-ya ha-has escu-cuchado a Do-Dorian —tartamudeó Jinx, el piloto del Heraldo—. Te-tenem-mos q-que irnos.
—De eso nada. No voy a dejar a mi marido a merced de la Monarquía.
Estaban en la cabina de mandos del nuevo Heraldo Espacial, ocultos en un cañón rojo y profundo. El sol ya empezaba a salir y, poco a poco, las tinieblas se iban tiñendo de un  color ocre.
—Pe-pero Do-dorian no apr-proba-bará esto.
—Me da igual si Dorian lo aprueba o no —replicó Moon, saliendo de la cabina para llegar al armario donde guardaban las armas—. No hemos venido aquí para dejarles  a su suerte. Hemos caído en una trampa y debemos salir de ella.
Tras decir esto abrió el armario y un auténtico arsenal de armas apareció ante ella. Examinó el contenido con aire metódico y, cuando lo hubo decidido, cogió una pequeña pistola. Por su aspecto podría parecer débil, pero los rayos de energía que lanzaba eran capaces de hacer volar por los aires un aerodeslizador como los que usaban en las ciudades de los planetas más grandes.
En el último año, Moon había aprendido y viajado mucho. Desde que habían truncado los planes de Hack en Looner, la mujer se había visto absorbida por la Resistencia, un grupo que luchaba contra el gobierno del rey Hack. Al principio no había estado muy segura de ellos, pero poco a poco, había visto la realidad. Había descubierto que el rey, a pesar de su imagen, era un tirano que usaba a los habitantes de la galaxia para sus propios planes.
Uno de esos planes era usar el Aura como fuente de energía. El Aura era una especie de energía que recorría el cuerpo de algunas personas y que les permitía hacer cosas increíbles, como mover objetos con la mente e incluso volar. La contrapartida del Aura era que, si se usaba demasiado, corrompía el cuerpo. Las personas que lo usaban demasiado acababan prematuramente avejentadas y morían de viejos siendo relativamente jóvenes.
La intención de Hack era secuestrar a esas personas y extraerle esa energía para hacer volar grandes naves y dar luz a un planeta durante mucho tiempo. 
Por suerte, un año antes, Moon se había topado con Dorian Larkin y había descubierto la verdad. Cuando su vida en Looner quedó destruida, no tuvo más remedio que unirse a la Resistencia. Además, había algo que la retenía allí. Dorian y ella se habían casado.
Más allá de la imagen cruel de Dorian, Moon había descubierto a un hombre sensible que luchaba en su interior contra sus propios fantasmas. Era el hijo de Hack y no estaba de acuerdo con la forma de gobierno del rey, lo que había provocado que su padre intentara matarle en algunas ocasiones. Por si eso fuera poco, el rey había matado a su otro hijo, Darren, al descubrir que tenía el Aura. Usó su energía para hacer volar la primera nave nodriza que construyó. Además, Dorian también poseía el Aura y debía ocultarlo ante el mundo. 
Todo aquello hacia que Dorian se escondiera bajo una máscara de dureza y crueldad que en realidad no tenía. Moon había sido capaz de traspasar esa mascara y ver al verdadero Dorian Larkin, un hombre amable y divertido con sus propios planes de futuro. En más de una ocasión desde que se casaron, Dorian había expresado su deseo de dejar la resistencia y retirarse a algún bonito planeta a vivir lo que le quedaba de vida. 
Por eso no pensaba dejar a su marido allí, en aquél caluroso planeta, en manos de un hombre desquiciado que, o le mataría al instante o, peor aún, le usaría como fuente de energía para alguno de sus maquiavélicos planes.
—En-entonc-ces s-será me-mejor que trac-cemos u-un pl-plan —dijo entonces Jinx dándose por vencido.

El puño volvió a estrellarse de nuevo sobre el rostro de Dorian provocándole un dolor que comenzaba a ser insoportable. La cara le zumbaba a causa de la hinchazón y sentía un hilillo de sangre recorrer su barbilla, hasta gotear sobre sus piernas. Estaba sentado en una silla atado de pies y manos, recibiendo golpes casi sin parar del general Gladius. El soldado se había presentado educadamente antes de comenzar con el interrogatorio. Un gesto que a Dorian le pareció de lo más siniestro.
—¡¿Dónde están?! —volvió a preguntar por enésima vez el general.
—Ahora estarán tomándose unas copas a tu salud en algún garito de mala muerte —contestó Dorian con sorna—. Posiblemente cerveza helada.
El general Gladius agarró con fuerza a Dorian por la barbilla y le empujó con fuerza haciendo que la silla se inclinara sobre el suelo.
—Estoy cansándome de tus bromas, Larkin —dijo clavando su mirada en los ojos bicolores del capitán de la Resistencia.
—Pues siéntate y descansa.
Gladius, cansado ya de tanto juego, soltó a Dorian y la silla volvió a ponerse en situación normal. Luego hizo una señal a uno de sus hombres, que agarró a Dahi por el cuello y la obligó a caminar hasta ponerse frente a Larkin. La mujer se resistió pero el arma que se apoyaba contra su nuca la convenció de que debía obedecer.
—¿Serás capaz de seguir bromeando cuando el cuerpo inerte de tu amiga caiga al suelo? —preguntó Gladius apartándose para que Dorian pudiera ver bien a Dahi.
—No te preocupes por mí, Dorian —la mujer intentó seguir hablando pero el arma se hundió aún más en su carne y se vio obligada a callar presa del dolor.
Bran, rodeado de varios soldados que apuntaban sus armas a su cabeza hizo ademán de correr hacia ella, pero un hombre hundió la culata en su entrepierna con fuerza y el hombretón se dobló dolorido con los ojos bizcos. A Dorian le pareció curioso ver a un hombre tan enorme y fuerte doblado sobre su estomago, a merced de soldados que no eran ni la mitad de grandes que él.
Larkin apartó la mirada de su amigo, observó a Dahi y luego volvió a mirar a Gladius.
—¡Venga ya, Gladius! —dijo esbozando una amplia sonrisa que mostró unos dientes manchados de sangre—. Nos secuestras, me torturas para saber donde están mis amigos y ahora me amenazas con matarlos. No tiene mucho sentido ¿no crees?
—No sabes de lo que soy capaz, Larkin.
—Sí, sí que lo se —replicó Dorian—. Tú solo eres un mensajero. Has venido aquí a por mí porque mi padre te lo ha ordenado. Pero él nos quiere a todos ¿verdad? Si no fuera así no estarías aquí pegándome. Habrías matado a Dahi y Bran hace tiempo y te daría igual donde estuvieran Moon y Jinx.
Gladius miró a Dorian con el rostro desencajado por la ira. Lo que más le encolerizaba era que tenía razón. Las órdenes de Hack era capturar a todos los componentes del Heraldo Espacial. Aquél hombre se estaba burlando de él delante de sus subordinados y le estaba haciendo quedar en ridículo. Pero aquello no podía quedar así, debía hacer algo para recuperar su posición ventajosa. 
Sin pensarlo dos veces se giró y agarró por el cabello al hombre que había ido a secuestrar. El plan había sido usar a ese hombre, un profesor de Alarkán con Aura, como cebo para que Larkin y los demás fueran allí y hacerles la emboscada. Además también tenían que llevarse al profesor, pues servía para los planes de Hack. Habría sido un plan perfecto de no ser por la resistencia ante las torturas de Larkin. Por suerte, había muchas personas más en la galaxia que poseían el Aura, pero sólo había un Dorian Larkin.
El profesor se quejó cuando Gladius le obligó a levantarse y a caminar hacia delante.
—Él no es indispensable —dijo Gladius apoyando la pistola en la espalda del hombre—. ¿Dejaras que lo mate?
Dorian apretó los dientes y guardó silencio. Había previsto que, tarde o temprano, Gladius usaría a aquél inocente para sacarle la verdad. Lo que no había podido pensar era una forma de salvarle la vida sin revelar la ubicación de Jinx y Moon.
—Es solo una persona inocente —protestó Larkin revolviéndose en la silla—. No le hagas daño.
—Que le haga daño o no depende de ti.
Larkin hinchó las narices, impotente. Hiciera lo que hiciera, alguien saldría dañado. O ellos o el profesor. Aunque pensándolo fríamente, al profesor le matarían de todas maneras. Dudaba mucho que Gladius le dejara vivir tranquilo sabiendo que poseía el Aura y que Hack buscaba a gente así.
De pronto un sonido se dejó escuchar a lo lejos. Era como el motor de una máquina. Uno de los soldados se acercó a la ventana y oteó el firmamento. Sobre el pequeño poblado, el sol ya había salido y los pocos habitantes dejaban ya sus casas y caminaban por las estrechas calles, ajenos a lo que sucedía en el interior del edificio.
El soldado observó el cielo con curiosidad, buscando el origen de aquél sonido. Cuando lo descubrió su rostro se desencajó por la sorpresa.
—¡Al suelo! —gritó mientras se tiraba en plancha y la ventana saltaba en pedazos tras él, dejando una abertura similar a la de una puerta. Todos los allí presentes se arrojaron al piso, protegiéndose bajo las mesas y ocultándose en las esquinas.
Bran aprovechó aquél momento de desconcierto para soltarse de sus captores y lanzar un derechazo contra el rostro del que tenía más cerca. Luego, en un movimiento que no correspondía con alguien de su tamaño, se giró y estrelló la cabeza de otro contra la pared.
Dahi, tampoco se había quedado quieta. De un salto se había librado de sus guardianes, los había dejado fuera de combate y, tras robar una pistola y matar a tres soldados, se acercó a Dorian.
—Tenemos que salir de aquí —dijo mientras desataba apresuradamente los nudos que aprisionaban a su compañero.
—¿Dónde está el profesor? —preguntó Larkin levantándose mientras se frotaba las doloridas muñecas.
La respuesta a su pregunta le llegó en forma de grito. Un alarido se elevó por encima del ruido de los lásers y el sonido que seguía escuchándose en el exterior. Los ojos bicolores de Dorian se clavaron en la figura enjuta del profesor cuando este cayó al suelo, abatido bajo un rayo que había impactado en su pecho. Tras él, Gladius bajó el arma.
—Te lo dije, Larkin —dijo el general con la locura impregnada en su mirada—. Tú serías el culpable de su muerte.
—¡Era una persona inocente! —replicó Dorian encolerizado, al tiempo que se lanzaba sobre Gladius.
El general, pillado por sorpresa, no pudo disparar el arma a tiempo y el puño de Larkin se estrelló con fuerza en su rostro. Ambos hombres cayeron al suelo, empujados por el impacto y forcejearon violentamente.
Una nueva explosión hizo saltar en pedazos la pared de la habitación que daba al exterior y, enmarcado en el agujero, apareció el Heraldo Espacial, posado sobre la azotea de uno de los edificios adyacentes. El sol de Alarkán se reflejaba en su silueta plateada.
Las personas que recorrían las calles de Alarkán corrieron a refugiarse de la lluvia de escombros que se les vino encima. Unos se escondieron bajo los pequeños puestos de frutas que salpicaban el empedrado; otros se protegían en el interior de los edificios o en los vanos de las puertas. El caos se había adueñado de la ciudad y nadie daba crédito a lo que veía.
El puño de Gladius se estrelló en el rostro de Dorian y este, sin perder un momento, contraatacó golpeándole a su vez. Ambos hombres peleaban violentamente. Uno, impulsado por el deber de obedecer a su rey; al otro, simplemente le guiaba la ira y el odio.
Por desgracia, la superioridad de Gladius era evidente y Dorian, dolorido por la tortura que su enemigo le había infligido, estaba perdiendo terreno. Pensó en usar el Aura y acabar de una vez por todas con la miserable vida del general, pero el precio que podía pagar era demasiado alto. Lo había usado muy poco en su vida. La última, un año antes en Looner. Esa última vez había quedado muy debilitado. Los efectos de la ponzoña no habían hecho estragos en él entonces, pero no estaba dispuesto a arriesgarse de nuevo. Ahora tenía demasiado que perder.
Cuando Gladius le dio una patada en el estomago y lo derribó, haciendo que su espalda golpeara con fuerza contra la pared, la imagen de Moon se volvió clara en su mente. Ella era su vida, ella era todo por lo que luchaba. Por ella se resistía a usar el Aura y matar a Gladius.
A su alrededor, Dahi mataba a un soldado disparándole en la cabeza y Bran lanzaba a otro por la ventana. Todos los soldados de la Guarida Monárquica habían caído. Unos, bajo los brutales golpes de Bran; otros, cuando un rayo del Heraldo se estrelló contra ellos, y el resto de mano de Dahi y sus pistolas.
Dorian vio con la vista nublada como Gladius se alzaba ante él con el rostro cubierto de sangre. La pelea había sido brutal y sus efectos podían verse en los cuerpos de los dos. El propio Dorian sentía un lacerante dolor en un brazo, producto de un fuerte golpe de su enemigo.
—El rey no se enfadará si te mato en defensa propia —dijo el general mientras metía una mano bajo su túnica. Momentos después alzaba una daga que refulgió bajo el sol de la mañana de Alarkán—. A lo mejor hasta me premia por acabar con su peor pesadilla.
Dorian consiguió incorporarse y alzar las manos en el último momento, pero ya era tarde. La mano de Gladius descendió a toda velocidad directa a su cuello.
Pero la daga no llegó a su destino. En vez de eso, cayó al suelo con un repiqueteo metálico cuando un rayo se estrelló en su espalda y Gladius se derrumbó sobre Dorian. Larkin aguantó su peso un momento y, tras recuperar un poco de sus escasas fuerzas, lo empujó a un lado. La mirada de Gladius se perdía sin vida en el techo de la habitación destrozada.
Un liviano brazo le rodeó el cuello y le ayudó a levantar la cabeza. Los ojos de Moon aparecieron frente a él y su sonrisa le dio las fuerzas que necesitaba.
—Ya me darás las gracias luego —dijo ella con voz firme mientras le ayudaba a incorporarse.
—¡Chi-chicos, se-será me-mejor q-que n-nos va-vayam-mos! Un mon-montón de gen-gen-gente vi-viene a  u-unirs-se a la fi-fi-fiesta —el menudo cuerpo de Jinx apareció en el lugar donde, minutos antes había estado la ventana. Tras él, el Heraldo Espacial esperaba tembloroso sobre la azotea de un edificio cercano.
Dorian se puso en pie a duras penas apoyado en el hombro de Moon. Le dolía todo el cuerpo pero se recuperaría. Había salido de situaciones peores. Bran acudió rápidamente a sustituir a la muchacha y sus fuertes brazos pronto levantaron a Dorian colgándoselo sobre sus robustos hombros. Larkin sintió una punzada de dolor en el hombro por el movimiento.
—Oye, Bran —se quejó—. Un poquito de cuidado.
—No hay tiempo para delicadezas, amigo —replicó el hombretón atravesando de un salto la habitación hacia la ventana—. ¿Prefieres quedarte a pelear con el resto de invitados?
Como invocados por las palabras de Bran, cuatro hombres aparecieron por la puerta tras subir la escalera. Llegaron solo para ser abatidos por los rayos de Dahi, Moon y Jinx. Detrás de ellos, comenzaron a aparecer más.
Los cinco amigos saltaron de un edificio a otro para llegar al Heraldo. A Bran no pareció costarle ningún trabajo dar el salto con Dorian sobre sus hombros. Varios rayos de energía mordieron el suelo a su alrededor, antes de que Jinx abriera la compuerta de la nave y todos se refugiaran en su interior.
—Te-tenemos que mar-mar-march-charnos ya —tartamudeó Jinx en cuanto la compuerta se cerró mientras se dirigía a la cabina de mandos—. Se-seguro q-que ahí afuera ha-hay más de u-una na-nave esp-espere-rando-donos.
—¿Cómo te encuentras? —Moon se sentó junto a Dorian, sobre el cómodo asiento en el que Bran le había instalado.
Larkin se incorporó dolorido y cerró los ojos para aplacar el dolor que sentía en el rostro, el brazo y el costado. Gladius le había pegado fuerte y la pelea con él había sido extenuante pero se obligó a levantarse. No habían conseguido salvar al profesor. Ese había sido el único objetivo de su misión y habían fallado. Para Dorian, aquél había sido un gran fracaso, pensó Moon mientras le miraba caminar por la nave, apoyándose en los muebles que encontraba a su paso. Un fracaso mucho más grande que no poder derrotar a Hack. Para Dorian, la vida de un ser humano valía más que cualquier cosa en la galaxia y por eso estaba sufriendo por dentro.
La nave tembló y Moon sintió que la máquina se levantaba suavemente del suelo manejada hábilmente por Jinx.
—Será mejor que te sientes, Dorian —le aconsejó ella—. El viaje promete ser movidito.
—El hombre al que hemos venido a salvar no podrá moverse nunca más —replicó él acercándose a la cabina en la que Jinx pilotaba—. Ya descansaré cuando salgamos de ésta.
Bran y Dahi miraron a Moon que apretó los labios dándose por vencida. Cuando Dorian estaba así, lo mejor que podían hacer por él era dejarle en paz.
—¿Cuál es la situación? —preguntó Dorian apoyándose en el asiento de Jinx y observando con ojo experto los mandos de la nave.
—Tres na-naves han apa-pare-reci-cido en el ra-radar —contestó el piloto—. Nos pe-persiguen.
Dorian hizo una mueca de desagrado. Les iba a resultar difícil despistar a tres cazas. Poco a poco, el paisaje que veían a través de la ventana delantera cambió del lugar árido en el que habían estado a la oscuridad más absoluta, solo salpicada por las lejanas y distantes estrellas.
—Pon la máxima velocidad —ordenó Dorian—. Tenemos que dejar atrás a esos canallas.
—Eso va a-a s-ser di-di-difícil, Do-Dorian —tartamudeó Jinx sin apartar la vista de la ventana—. Lo-los ca-cazas que nos pe-persig-siguen son un un-nuevo mod-modelo. Vue-vue-vuelan más rá-rápid-pido que el He-heraldo.
—Nos darán alcance sin remedio —comprendió Larkin pasándose la mano por la frente. Le dolía todo el cuerpo y la cabeza le zumbaba sin parar.
De pronto, la nave dio una sacudida. Dorian, cogido por sorpresa cayó hacia atrás y chocó contra la pared de metal.
—¡No-nos han da-dado! —anunció Jinx.
—¡Intenta despistarlos! —gritó Dorian mientras se levantaba y otra sacudida volvía a invadir el Heraldo.
Desde la parte de atrás llegaron gritos y Dorian se giró a tiempo de ver como Bran se levantaba para acercarse a un foco de incendio, que se había encendido al otro lado de la nave.
—¡Estamos heridos! —gritó el hombretón mientras agarraba un largo tubo que colgaba del techo y giraba la manivela para que expulsara espuma. El material cayó sobre el fuego que se extinguió al momento.
Jinx frunció el entrecejo y soltó una maldición con la que, milagrosamente, no tartamudeó.
—¿Qué pasa? —preguntó volviendo su mirada hacia su amigo.
—E-ese im-im-impac-pacto ha des-des-tr-troza-zado el ci-ci-cilindr-dro de energi-gia.
—¿Y qué significa eso?
—Per-per-perdemos ve-veloci-cidad.
Dorian cerró los ojos desalentado. Todo estaba yendo de mal en peor. Cuando habían decidido ir a Alarkán a rescatar al profesor no había pensado que todo saldría de aquella manera.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó intentando serenarse mientras la nave daba otra sacudida por un nuevo impacto. Por la ventana de la derecha vio como uno de los cazas que le perseguía se ponía a su altura. Los habían alcanzado.
Jinx desvió la mirada del espacio para dirigirla a la pantalla holográfica que tenía frente a él. El radar le mostraba tres puntos azules que se arremolinaban a alrededor del centro de la pantalla. Un poco más lejos había otro punto verde, bastante más grande.
—Es-estamos cerca de Ba-Belasia, u-uno de los sa-sateli-lites de A-Alarkan —contestó secamente mientras viraba el rumbo bruscamente para evitar una nueva oleada de rayos de energía—. Po-pode-demos in-intent-tar un a-aterriza-zaje for-forzoso. Pe-pero no hay mu-muchas po-posibi-bilida-dades de con-conseguirlo.
—¿Por qué?
—Es mu-muy pe-pequeño —explicó el piloto sin perder de vista el caza que se posicionaba frente a ellos—. Ti-tiene mu-mucha graveda-dad. El He-heraldo caerá mu-mucho más ra-rápido y se-será ca-casi impo-posible de-detener-nerlo a e-esa ve-veloci-cidad.
Dorian volvió a maldecir.
—Sin con-contar con que per-perdemos e-e-energí-gía por mo-mo-ment-mentos —continuó Jinx—. E-eso no me de-dejará mu-mu-mucha capaci-cidad d-de ma-manio-obra.
—En una palabra, que estamos en un buen lío ¿no?
—Bá-básicamen-mente.
Dorian se giró y miró al resto de sus amigos. Bran estaba sentado con la mirada fija al frente. No tenía miedo, de eso estaba seguro Dorian. Pero en su rostro podía ver que el hombretón sabía exactamente la situación en la que estaban sin necesidad de oír las palabras de Jinx. Dahi, sentada a su lado, le miró y le sonrió trasmitiéndole su fuerza, sus energías, mientras abrazaba a Moon.
Dorian cerró los ojos. Su esposa sí que tenía miedo. Y él la había llevado hasta allí. Volvió a abrir los ojos para enfrentarse a la mirada de la muchacha. Por su culpa iba a morir. Él la había sacado de su planeta natal y la había llevado por toda la galaxia corriendo peligro hasta acabar así, aplastada contra el suelo de un planeta del que ni siquiera sabía el nombre.
Ella alzó los ojos y le miró. Sonrió. Dorian le devolvió una sonrisa triste. Aún en aquellos momentos, Moon le daba fuerza y optimismo. No podía dejar que aquella sonrisa muriera. No podía dejar que ninguno de sus amigos desaparecieran por seguirle a él. Les debía demasiado como para quedarse de brazos cruzados mientras ellos esperaban la muerte. Entonces tomó una decisión.
—¡Jinx! ¡Por rumbo a Belasia! —ordenó—. Vamos a aterrizar allí.
—N-no lo con-consegui-guiremos —advirtió el piloto.
—Sí lo haremos —replicó Dorian caminando con paso decidido hacia la parte trasera de la nave. Una vez allí abrió la puerta que escondía el generador de energía—. Yo le daré al Heraldo la energía que le falta.
—No, Dorian. Es muy peligroso —Bran se levantó bruscamente haciendo caso omiso al temblor que invadía en aquél momento la nave. Al contrario de lo que creyó en un principio el hombretón había escuchado con claridad la conversación entre Jinx y Dorian.
—Tie-tiene ra-razón —estuvo de acuerdo Jinx—. En-entre la gra-gravedad del pla-plane-neta y la pe-perdida d-de e-energí-gia de la na-nave ten-tendrías q-que u-usar de-demasia-ado A-aura.
—Eso te mataría —intervino Moon librándose del abrazo de Dahi para acercarse a Dorian.
—Y si no lo hago, todos moriréis —replicó Dorian zambulléndose en los ojos de su mujer—. Tú morirás. No puedo dejar que eso pase.
—Pero… —Moon intentó hablar pero Dorian la interrumpió abrazándola con fuerza. La muchacha comenzó a llorar.
—Me habéis seguido todos fielmente desde que todo esto empezó —dijo Larkin sin dejar de abrazarla—. Habéis estado en multitud de ocasiones en peligro por mí y nunca he podido agradecéroslo. Es hora de hacerlo.
Moon se soltó de su abrazo y clavó un dedo en su pecho. Dorian notó su tacto tembloroso.
—No puedes dejarme —le recriminó—. No ahora.
—Si no lo hago morirás —respondió Larkin en un susurro—. Puedes rehacer tu vida, Moon. Vete lejos, empieza una nueva vida lejos de la Resistencia. Yo moriré feliz de que tú vivas.
—Pero…
—Aunque no me guste tener que decir esto —intervino Dahi levantándose para acercarse a sus amigos—, Dorian tiene razón.
Larkin clavó sus ojos bicolores en la mujer de piel negra, agradeciéndole su apoyo con la mirada. De todos los componentes de la Resistencia, Dahi siempre había sido la más sensata. La mujer sabía que, aunque era una decisión difícil, la única manera de salir de aquél atolladero era con la actuación de Dorian. Solo así podrían seguir adelante y derrotar de una vez por todas a Hack.
—¿Cómo te atreves a decir eso? —Moon se volvió hacia ella con la mirada llena de cólera—. Dorian es tu amigo.
—Y también lo eres tú, y Bran y Jinx —replicó Dahi—. Sinceramente, si me dan a elegir entre perder a un amigo o perder a cuatro, elijo perder sólo a uno.
A pesar de sus palabras, Moon vio en la expresión de ella la tristeza de quien deja ir a un ser querido para no verlo nunca más. Sus ojos brillaban por la pena de lo que estaba sucediendo. Se habían visto en una encrucijada y el único modo de seguir el camino era perdiendo a uno de ellos.
Moon volvió a girarse para enfrentarse a su marido. Los ojos de él brillaban con intensidad pero en su rostro veía decisión y seguridad. Estaba seguro de lo que quería hacer y lo haría, le dejaran o no.
La nave volvió a vibrar bajo el impacto de una nueva andanada de rayos. Los cazas que les perseguían les estaban acribillando. El Heraldo perdía velocidad por momentos.
—No-nos acercamos a Ba-Belasia —anunció Jinx ajeno a todo lo que sucedía en la parte trasera del Heraldo.
Dorian dio un paso al frente para abrazar con fuerza a Moon que le correspondió entre lágrimas. El hombre sostuvo el frágil cuerpo de su esposa mientras se empapaba de su olor y de su alma. Él también comenzó a llorar. Un año antes habría dado su vida sin ningún problema, sin pensarlo. Ahora, a pesar de que estaba seguro de lo que iba a hacer, sentía una fuerte congoja en lo más profundo de su corazón.
—Te quiero —susurró a modo de despedida antes de separarse de ella. Sus manos se amarraron con las de Moon mientras lo hacía, como queriendo aferrarse a la vida que ella le daba hasta el último momento.
Moon, por su parte no dijo nada, con el rostro anegado en lágrimas. No podía creer que aquello estuviera sucediendo.
—Dorian… —susurró cuando sus manos se separaron por fin y lo vio alejarse en compañía de Bran que posaba una de sus enormes manos sobre el hombro de él—. No, por favor, no lo hagas.
Moon reaccionó al fin e intentó acercarse a Dorian para detenerle, para intentar convencerle de que lo que iba a hacer era una locura, pero los brazos de Dahi la retuvieron con fuerza. La nave volvió a temblar. Moon y Dahi cayeron al suelo abrazadas. Bran y Dorian simplemente se agarraron a la pared y continuaron su camino.
—¡No, Dorian, no lo hagas! —repitió la muchacha intentando librarse del abrazo de su amiga—. No me dejes, por favor.
—Tranquila, Moon —susurró Dahi en su oído.
Dorian se giró justo cuando llegó al generador de energía. Clavo su mirada bicolor en ella y tragó saliva. Quiso decir algo, pero el dolor era demasiado fuerte. Con decisión agarró los cables que Bran le tendía y los enrolló en cada uno de sus brazos. Las luces del Heraldo se apagaron y la oscuridad cayó sobre ellos.
A varios metros de él, Moon seguía forcejeando con Dahi para acercarse. Entre las tinieblas, Dorian escuchó los ahogados sollozos de su mujer.
De pronto, la nave ganó velocidad. Acababan de entrar en Belasia y la fuerte gravedad del planeta hacía efecto sobre el Heraldo.
—¡Esta-tamos cayendo! —gritó Jinx desde los mandos—. ¡Ne-necesita-tamos e-energía ya!
Dorian no perdió un solo instante más. Con las lágrimas cayendo por sus mejillas invocó el poder del Aura que le mataría a él y, con un poco de suerte, salvaría a sus amigos y a su esposa. Las luces del Heraldo volvieron a encenderse pero él ya no pudo ver a Moon. Tenía los ojos cerrados para concentrarse y expulsar toda la energía posible.
Notó como la máquina vibraba, protestando por la súbita y brusca subida de energía. El sonido de la nave al adquirir velocidad invadió toda su existencia. Escuchó los gritos de sus amigos. Poco a poco su cuerpo fue perdiendo fuerza. Su mente se fue disipando en la inconsciencia. Pero a través de la oscuridad que le rodeaba, su último pensamiento fue para Moon.
Antes de perder por completo el conocimiento reunió el valor y la fuerza para pronunciar sus últimas palabras:
—Te quiero, Moon.
Entonces la oscuridad se sumió sobre él.

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El orco mórfico

Portada diseñada por Laura Morales

La ciudad de Rawa hervía de actividad. Los soldados, componentes de uno de los ejércitos más poderosos de Loreana, corrían a toda velocidad para incorporarse a sus pelotones. Delfos observaba desde una torre el enorme ejército que se extendía a varios kilómetros de la ciudad amurallada. Aquél era el día. El día en el que Rawa debería luchar por la supervivencia.
Pero la verdad es que no guardaba demasiadas esperanzas en la victoria. El ejército de orcos, los Dragones Rojos, era demasiado grande. Muriel, la Reina de la Oscuridad, no había reparado en hombres. Sólo les quedaba una oportunidad de sobrevivir. Y esa oportunidad estaba en aquellos momentos al sur de Loreana, posiblemente acercándose a la Torre de Zordrak donde la Reina de la Oscuridad esperaba su momento para salir al mundo. Era Dareth, el príncipe de Aredia, la oportunidad que esperaban. Él debía salvarlos. Si fracasaba…
—¡Delfos! —una voz grave le sacó de sus pensamientos y el hombre bajó la cabeza para mirar a Gáleron, un enano de doscientos cincuenta años, de larga barba y cejas pobladas, que miraba el mundo a través de unos grandes ojos azules—. ¡Maldita sea, Delfos! ¿Por qué no dejas de mirar y actúas de una maldita vez?
Delfos sonrió y se arrodilló para ponerse cara a cara con el enano. Lo consideraba un amigo… su mejor amigo. Habían luchado juntos durante un año, cuando acompañaban en parte de su largo camino al príncipe Dareth. Por desgracia, tuvieron que separarse y Gáleron y él habían ido a Rawa para realizar cierta tarea; mientras, Dareth y la elfa maga Kimara prosiguieron su camino hacia la Torre de Zordrak.
—Lo siento, Gáleron —se disculpó posando una mano en el hombro del enano—. Estaba pensando.
—Pues deja de pensar que luego no rindes en batalla —gruño Gáleron. Luego giró la cabeza y miró a las largas y estrechas escaleras que bajaban hasta el suelo—. Nuestro amigo Jinzi ha encontrado algo. Cree saber dónde está.
—¿De verdad? —Delfos frunció el entrecejo y se giró—. Entonces será mejor que vayamos y acabemos con esto cuanto antes —añadió, mientras se dirigía con premura a las escaleras.
—¡Espera, humano desgraciado! —protestó Gáleron mientras intentaba ponerse a la altura de Delfos—. Yo no soy un patilargo como tú.
Poco rato después, caminaban entre la gente que corría a esconderse en sus casas para proteger a su familia de la inminente batalla. Delfos y Gáleron iban en sentido contrario y el hombre se sintió extraño al alejarse de una guerra, en vez de acercarse, como habría deseado hacer. Pero la misión que les había llevado allí era tan importante como luchar contra los Dragones Rojos. Debían encontrar a alguien que les ayudaría a derrotar a Muriel en caso de que ésta recuperara su poder.
—Aquí está Jinzi —anunció Gáleron cuando llegaron frente a la puerta de una posada que estaba vacía, pues sus clientes habían corrido a refugiarse. Poco a poco, las calles de Rawa se iban vaciando cada vez más y Delfos tuvo la sensación de encontrarse en una ciudad fantasma.
—Hola, amigos —saludó una voz alegre. Delfos observó a su compañero. Era un elfo que, a pesar de ser cien años mayor que Delfos, no parecía tener más de veinte—. Orrocur está en la ciudad —anunció sin perder un instante su tono desenfadado.
—¿Cómo lo sabes? —inquirió Delfos.
—En las posadas se habla mucho, Delfos —explicó el elfo—. Está en aquél edificio.
Delfos siguió la dirección que indicaba el dedo extendido de Jinzi y lanzó un suspiro.
—¿En la Iglesia de Shera? —preguntó incrédulo—. Ahí solo hay novicias y Altas Adeptas. ¿Cómo puede un orco pasar desapercibido allí?
Abrió los ojos de par en par al encontrar él mismo la respuesta. Jinzi sonrió y asintió con la cabeza.
—Exacto, amigo —confirmó dando uno golpecitos amistosos en el hombro de Delfos—. Estamos hablando de un orco mórfico.
Gáleron refunfuñó y maldijo por lo bajo. No había esperado que Orrocur fuera un orco mórfico.
—¿Y cómo, en el nombre de los Dioses, vamos a encontrar a un orco mórfico en  un lugar lleno de personas? —preguntó, más para sí mismo que para los demás—. Seguro que se ha transformado en una hermosa novicia, por la cual nuestro estúpido y enamoradizo amigo Jinzi, caerá terriblemente enamorado.
Delfos sonrió ante la ocurrencia del enano.
—No creo que suceda eso, Gáleron —luego miró al elfo y sonrió—. Por que Jinzi ya sabe quién es, ¿verdad?
Jinzi hizo un movimiento con la cabeza dando a entender que agradecía el voto de confianza del humano y asintió.
—Hace una semana llegó a la Iglesia una Alta Adepta de las lejanas tierras de Maia —explicó—. Solicitó tener una habitación para ella sola y un sótano en el que pudiera guardar algo que había traído. Lo interesante es que, desde que llegó esa mujer, se escuchan extraños ruidos en su sótano… como si hubiera alguien allí.
—Yamira —susurró Delfos al recordar a la hermosa mujer que habían ido a rescatar. No lo hacía solo por que el príncipe Dareth se lo hubiera pedido, porque la mujer fuera importante o porque ella era la única que podría destruir a Muriel si conseguía recuperar su poder. También lo hacía porque la amaba. Y no deseaba perderla.
Sintió el apretón alentador de Gáleron en la mano, y movió la cabeza intentando recuperar la compostura.
—Está bien —dijo al fin—. Vayamos allí y encontrémosla de una vez.

Cuando llegaron a la Iglesia de Shera atravesaron lentamente los hermosos patios, adornados por grandes y bonitas fuentes, que expulsaban agua con gracia. A pesar de la belleza del lugar, Delfos lo veía como un infierno. El orco al que iban a enfrentarse no era un orco normal. Era un mago mucho más poderoso que muchos humanos y, por si eso fuera poco, podía transformarse en otras personas. No, decididamente, aquél lugar no era el paraíso exactamente.
Subieron unas escaleras, brillantes y pulidas, y el humano golpeó la puerta de madera con los nudillos. No esperaba que le abrieran inmediatamente, pues aquél no era un día normal. La ciudad estaba a punto de ser invadida, y todas las novicias y adeptas estarían escondidas. Para su sorpresa, a los pocos momentos de llamar, comenzó a escucharse el sonido de los cerrojos y cadenas y, al fin, se abrió la puerta.
Una mujer mayor asomó una cabeza plagada de canas y cubierta por un mantón azul de Adepta y, al ver a los tres amigos armados y vestidos para la batalla preguntó:
—¿Qué hacen aquí? La batalla está fuera de la ciudad.
Delfos sonrió y dio un paso al frente:
—No somos soldados, señora —le dijo—. Venimos buscando a… —y entonces se detuvo al recordar que no sabía el nombre de la Alta Adepta que buscaban. Se volvió y movió la mano para pedirle a Jinzi que le ayudara.
—Adelaine —reaccionó el elfo—. La Alta Adepta Adelaine. Tenemos un mensaje muy importante para ella.
La mujer les miró un momento sin fiarse del todo, pero finalmente abrió la puerta de par en par y los dejó pasar.
—Debe ser muy importante ese mensaje para venir aquí en mitad de una batalla —refunfuñó—. No podían esperar a que pasara la tempestad —siguió protestando mientras los guiaba a través de los largos pasillos—. Nooo. Tenían que venir aquí a molestar.
—Como no se calle le corto la cabeza a la vieja —gruñó Gáleron en voz baja.
Delfos sonrió al comprender que, en el fondo, esa mujer y el enano harían muy buenas migas.
—Aquí está la habitación de la Alta Adepta Adelaine —anuncio la Adepta de mala gana—. Espero que no molesten más.
Y se marchó refunfuñando palabras ininteligibles hasta que se perdió en el pasillo.
—¿Llamamos? —preguntó Jinzi examinando la puerta de madera con detenimiento.
—¡Maldito elfo cobarde! —explotó de pronto Gáleron—. Llamar a la puerta de un orco que ha secuestrado a la princesa de Aredia… ¡Habrase visto ocurrencia más tonta! ¡Esto se hace así!
Y con la rapidez de un rayo, desenvaino su hacha y la descargó violentamente contra la puerta, que se quebró lanzando trozos de madera por todas partes, sin que Delfos ni Jimzi pudieran hacer nada.
La puerta cayó de sus goznes y la habitación quedó a la vista de los tres. El primero en entrar con decisión fue Delfos. Después le siguieron sus dos amigos. La habitación estaba pulcramente ordenada y la poca luz que entraba por la ventana cubierta por unas gruesas cortinas, daba a la estancia un aspecto un tanto siniestro.
Pero lo que más les sorprendió fue la mujer semidesnuda que estaba apoyada en la pared. La túnica medio transparente dejaba entrever la estilizada silueta de su cuerpo, al tiempo que uno de los tirantes caía sobre su brazo mostrando un hombro bronceado por el efecto del sol. El miedo se reflejaba en un rostro moreno, enmarcado por una ondulada cabellera rubia. Sus ojos, verdes como el follaje de un hermoso bosque, miraban de uno a uno a los compañeros.
—Por los Dioses —Jimzi no podía apartar la mirada de la hermosa mujer—. Es preciosa.
—Te lo dije —susurró Gáleron a Delfos.
—¿Quiénes sois? —preguntó la Alta Adepta con voz dulce—. ¿Qué queréis de mí?
Delfos se recompuso, haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, para dejar de mirar a la mujer como un ser humano normal.
—Déjate de truquitos, Orrocur —le dijo con firmeza—. ¿Dónde está Yamira?
—¿Yamira? ¿Quién es?
—¡Maldición! —explotó de repente el humano. Llevaba demasiado tiempo buscando a la princesa y se había hartado de aquella estúpida persecución—. ¡¿Dónde está?!
Y entonces se abalanzó sobre la mujer y la empujó contra el suelo, al mismo tiempo que desenvainaba su espada y posaba la punta de la hoja sobre el suave cuello de la Alta Adepta.
—Te he dicho que me digas donde está Yamira —le ordenó el hombre fulminándola con los ojos.
Y entonces, la Alta Adepta comenzó a llorar. Delfos se vio, de repente, observando el maravilloso rostro de la mujer, con las lagrimas surcando unas suaves y bronceadas mejillas y se dijo a sí mismo que aquella preciosa criatura no podía ser un orco. No era posible. Sus lágrimas eran reales. Las palabras que pronunciaba, a duras penas, presa del terror eran sinceras.
En aquél momento deseó abrazar aquél tibio cuerpo y limpiar sus lágrimas con los dedos. Aflojó lentamente su presa, deseando no  haberla empujado nunca.
—Yo no sé nada —susurró la mujer acercando sensualmente sus carnosos labios a los de él—. No sé quién es Yamira… ni Orrocur.
Sus labios se acercaron más y más y Delfos no pudo evitar la tentación de besarlos, de beber de su esencia. Se inclinó, vencido por el deseo.
Y de pronto, algo le empujó hacia atrás y le estrelló contra la pared.
—¡Maldita sea, Delfos! —escuchó que gritaba Gáleron—. Al final vas a ser tú más estúpido que Jimzi.
Delfos vio desde el suelo cómo Gáleron se abalanzaba sobre la mujer con el hacha en alto, dispuesto a matarla. El hombre se levantó para detener a su amigo con la firme convicción de que la Alta Adepta era inocente. Pero se detuvo al ver como la muchacha se levantaba con velocidad, esquivando el hacha del enano, que se clavó con violencia en el suelo, esparciendo piedra a su alrededor. Del rostro de la mujer desapareció todo vestigio de dulzura y Delfos supo que se había equivocado, que había caído en las redes y en las sucias artimañas de un orco mórfico.
Mientras tanto, Jimzi juntó las manos frente a su pecho y comenzó a pronunciar palabras en el idioma arcano. La mujer reaccionó al escuchar esas palabras y emitió un agudo y aterrador grito. Delfos tuvo que taparse los oídos para aguantar semejante sonido. Era el sonido de la locura. Las palabras de Jimzi estaban produciendo el efecto deseado. La Alta Adepta comenzó a temblar violentamente y su cuerpo fue cambiando.
El hermoso rostro moreno y el suave y ondulado cabello rubio fueron sustituidos por una horripilante cabeza calva, de la textura de las serpientes. Los profundos ojos verdes se tornaron del color de la sangre; y el esbelto cuerpo se convirtió en la horrorosa silueta de un orco vestido con una túnica negra como la noche.
Jimzi había logrado anular el hechizo de transformación y, con ello, evitar que ninguno de los tres volviera a caer en sus juegos de falsa seducción. Entonces Orrocur, con su imagen real, desenvainó una espada larga y negra y habló:
—Nunca encontrareis a la princesa —en sus voz ya no había el más leve atisbo de dulzura. Más bien sonaba como el sonido de la propia muerte—. Estáis locos si pensáis que podéis derrotarme, humanos desgraciados.
—¡No me llames humano! —explotó Gáleron de pronto alzando su hacha—. ¡Sucia babosa salida de los infiernos!
Pero el hacha nunca llegó a su destino. Gáleron salió despedido, sin esperarlo, hacia el fondo de la habitación y se estrelló contra un mueble de madera, destrozándolo por completo. Orrocur no había hecho ningún movimiento. Había lanzado al enano por los aires solo con desearlo. Delfos no sabía cómo podría derrotarle… pero debía hacerlo. Yamira debía estar en algún lugar encerrada y sufriendo. No podía dejar que siguiera así.
Orrocur alzó la mirada y clavó sus ojos rojos en ellos.
—Ahora moriréis —dijo. Y empezó a caminar hacia ellos, lenta pero inexorablemente.
Entonces Delfos sintió  una presión en su brazo. Jimzi estaba a su lado con la mirada fija en el orco mórfico que se acercaba dispuesto a matarle.
—Mira en su cuello, Delfos —dijo el elfo sin desviar la cabeza.
El hombre obedeció y vio que el orco tenía algo colgado de su cuello, a modo de collar. Era una especia de cajita de forma cilíndrica adornada con bonitos motivos de colores.
—¿Qué es? —preguntó levantando el arma y poniéndose en posición de combate.
—Una Lámpara de Jade —explicó el elfo—. Se usa para encerrar a personas o cosas allí.
Delfos frunció el entrecejo y desvió la mirada del orco para fijarla en su amigo.
—¿Yamira?                
Jimzi asintió con la cabeza.
—Es posible.
—Hay que acabar con él —dijo Delfos volviendo a enfrentarse a Orrocur—. Y hay que hacerlo ya.
Y entonces, comenzó la batalla. Al mismo tiempo que, en el exterior de la ciudad, la muralla de Rawa era bombardeada por enormes rocas provenientes de catapultas; al mismo tiempo que los soldados de la ciudad se enfrentaban a sus propios orcos y horrores, Delfos se abalanzó sobre Orrocur, dispuesto a acabar con su vida.
El orco detuvo el primer golpe con facilidad y contraatacó. El humano pudo saltar a un lado y dar una vuelta sobre sí mismo, para encontrar un ángulo y volver a lanzar su espada. Pero era inútil, el orco se movía con gran rapidez y, las pocas veces que Delfos lograba encontrar un hueco libre para clavar su acero, Orrocur se defendía por medio de magia, haciendo que la espada de Delfos tropezara con una barrera de aire.
Mientras tanto, Jimzi y Gáleron, que habían vuelto a ponerse en pie, atacaron a la criatura por detrás. Por desgracia, Orrocur se había dado cuenta y la barrera de aire volvió a aparecer, haciendo inútiles los esfuerzos de los amigos. Y entonces, de un rápido movimiento, Orrocur se giró con la espada en alto y alcanzó a Jimzy, que cayó al suelo con una herida en el hombro de la que surgían gruesos chorros de sangre. Gáleron volvió a salir despedido contra la pared y se quedó inmóvil sobre los trastos esparcidos por la batalla.
—¡No! —gritó Delfos desesperado. Lo que temía estaba a punto de suceder y no podía hacer nada por evitarlo. Orrocur era demasiado fuerte, demasiado poderoso.
El orco mórfico se acercó entonces a él. Delfos se dispuso a esperar el ataque que le daría muerte, pues ya había perdido toda esperanza de rescatar a Yamira. Orrocur lanzó un hechizo que hizo que Delfos volara hasta estrellarse contra una pared. Su espada se escapó de sus manos y cayó en el suelo con un sonido metálico, lejos de él. El orco avanzó hasta él y sonrió.
—Habéis sido muy obstinados —susurró mostrando sus horrorosos dientes—. Eso es lo que os ha matado.
Entonces sucedió lo impensable. Un sonido aterrador surgió desde fuera y, justo cuando Orrocur alzó el brazo para dar el golpe de gracia que mataría a Delfos, el orco se echó hacia atrás lanzando un grito de dolor. Delfos también retrocedió, arrastrándose penosamente sobre el sucio suelo, sobresaltado por el súbito alarido de Orrocur.
Con los ojos muy abiertos observó como el orco empezaba a emitir una brillante luz blanca. Su cuerpo pareció resquebrajarse mientras moría lentamente. Finalmente, explotó en un millón de haces de luz en medio de un desgarrador y agudo grito.
—Ha sido Dareth —susurró la quejumbrosa voz de Jimzy junto al humano. Se había levantado y, agarrándose el dolorido y sangrante hombro, se agachó junto a Delfos—. Ha matado a Muriel ¡Lo ha logrado!
Delfos comprendió entonces y, sin esperar siquiera a que Jimzi lo acompañara se levantó, corrió hasta la ventana y, de un rápido movimiento, abrió las cortinas. La luz del sol penetró en la habitación como si anunciara un nuevo día, una nueva era en la larga historia de Loreana. Delfos sintió a Jimzi pararse junto a él.
Los dos, elfo y humano, observaron con los ojos muy abiertos la escena que se desarrollaba en el exterior. A lo lejos, en la inmensa llanura que se extendía frente a Rawa, los cientos o miles de orcos que atacaban la ciudad y, cuyas catapultas ya habían destrozado parte de la muralla que rodeaba a urbe, se retorcían, presos del dolor que les provocaba la explosión de luz que surgió de su interior. Poco a poco, todos los enemigos de Loreana, fueron desapareciendo en la súbita descarga.
Tras ellos, una pequeña figura se acercó cojeando.
—Estoy bien ¿eh? —se quejó Gáleron mientras se frotaba el costado, dolorido tras el golpe que había recibido—. No os preocupéis, sobreviviré. ¡Malditos y estúpidos hijos del infierno!
La voz del enano sacó de su ensimismamiento a Delfos que se giró rápidamente y buscó con la mirada la Lámpara de Jade que Orrocur había tenido momentos antes colgada del cuello. En el interior de aquél pequeño recipiente se encontraba Yamira. La princesa de Aredia, la hermana del hombre que había salvado Loreana de las garras de La Reina de la Oscuridad; pero sobre todo era la mujer a la que él amaba. Con manos temblorosas agarró la Lámpara, que había encontrado bajo la túnica, ahora inútil, del orco mórfico.
Entonces la abrió.
Del interior surgió una nube de humo blanco que fue a posarse inmediatamente en el suelo y se transformó en una mujer rubia de aspecto frágil. Estaba vestida con la misma ropa que cuando fue secuestrada, cuando se la quitaron a él mismo de sus propias manos, sin que pudiera hacer nada. Delfos corrió hacia ella y la levantó en brazos. Respiraba. Observó su hermoso rostro blanco como el marfil y sus profundos ojos azules, y dio gracias por volver a tenerla junto a él.
A su lado, Jimzi y Gáleron sonreían. Ese era un gesto poco acostumbrado en el enano, pero la situación lo merecía. Dareth y Kimara habían derrotado a Muriel; la ciudad se encontraba a salvo y habían rescatado a la princesa de Aredia ¿Qué más podían pedir?

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Siempre estaré aquí

Portada diseñada por Laura Morales

La noche cae ya sobre la ciudad y poco a poco las luces se apagan. Tan lentamente que parece como si la oscuridad invadiera su vida, al igual que el agua se desliza suavemente sobre el lecho rocoso de un río.
Esta sentado en un sillón. El humo de su cigarro se eleva formando una perfecta línea recta hacia el techo y piensa que ojala el mundo fuera distinto. Fija su vista en la pared del fondo. Tan blanca que se diría que es ajena al dolor que aprieta su corazón. Como si de una pantalla de cine se tratara ve pasar su vida. Dolores, anhelos, deseos, alegrías... Pero sobre todas esas sensaciones predomina una: tristeza.
Toda su vida había sido gris y oscura, como el cielo nocturno que dominaba su ciudad, apenas salpicado por algunas estrellas. Solo una luz brillaba en su particular cielo nocturno. Y ahora esa estrella ha desaparecido. Se borro en un instante, como se borra una bella pintura cubriéndola con una capa negra. Y ahora él está solo, perdido en un mundo que no tiene sentido sin la lumbre que le guiaba antes. Ya nada volverá a ser lo que era.
Aplasta el cigarro en el cenicero y se levanta lentamente sin dejar de observar los restos de ceniza y después dirige su mirada a la puerta del balcón. Nada vale la pena ya. Nada le hará volver a reír, aunque antes no lo hiciera demasiado a menudo. Emite una leve sonrisa amarga. Resulta irónico que todo acabe así. Toda la vida deseando una existencia libre y feliz, y en ese momento lo único que le proporciona la tan ansiada libertad es la muerte.
Atraviesa la puerta del bacón con paso firme, decidido. Las luces de la ciudad se extienden ante él y piensa que dentro de poco no será una más entre ellas. Eso le anima a subir a la barandilla y guardar el equilibrio. Piensa que es curioso. Precisamente lo que no quiere es guardarlo. Pero es un movimiento intuitivo. Cosas de la naturaleza, se dice.
Mira hacia abajo. El suelo está lejos. Mejor. Cierra los ojos sintiendo el aire golpear su rostro. Se inclina hacia delante. Siente su equilibrio desaparecer.
"Te quiero".
Sus ojos se abren de golpe. Su cuerpo se endereza y queda de pie en la barandilla del balcón, con los brazos abiertos en cruz mirando al frente. Ha reconocido esa voz. La misma voz que le susurraba palabras al oído en las interminables noches de invierno. La misma que le saludaba al llegar del trabajo cada tarde.
"Hola, cariño".
Ella está allí. Gira su cabeza, buscándola con desesperación mientras las lágrimas recorren su mejilla cubierta por una barba de tres días que no había tenido ganas de afeitar. Baja de la barandilla y observa el interior de su casa a través de la ventana. No la ve. Pero la siente. Sabe que ella nunca más volverá a sentarse en el sillón a ver la televisión, ni observará el mar con ojos soñadores. Pero en ese momento, el sabe que está allí. Vuelve a entrar en la casa. Se vuelve a ver invadido por la oscuridad y el frío que desprende aquel hogar incompleto. Pero en ese momento hay algo más. Algo que un momento antes no estaba allí. Sus pasos le dirigen inconscientemente a su habitación. La cama sigue allí, deshecha, vacía y fría. Pero en la oscuridad algo brilla con fuerza. Ella está allí. Puede verla. Asustado y esperanzado se derrumba quedando de rodillas sin poder apartar la mirada de aquella visión hermosa y aterradora al mismo tiempo.
Su cuerpo es etéreo, semitransparente. Parece más bien la silueta de ella esculpida con humo. Pero en sus ojos sigue viendo la felicidad que emanaba de ellos solo tres días antes. Su cuerpo sigue desprendiendo el calor de siempre. Él intenta acercarse a ella caminando con las rodillas golpeando el suelo. Desea abrazarla, besarlas, acariciar su cabello. Pero en el fondo sabe que no será posible.
"Siempre estaré aquí". Susurra ella como en un sueño.
Y entonces se disuelve de la misma manera que el humo del cigarro cuando se encontraba con el techo. Y él vuelve a quedar solo en el frío suelo de la habitación. Llorando, pero con el corazón henchido de esperanza. Sintiendo algo que no había sentido antes. Algo nuevo para él. Paz.
Porque sabe que ella siempre estará allí.

Relato disponible en la antología El guardián de la fantasía. Disponible en El rincón de Carlos Moreno
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Debí haberlo evitado


No pude evitarlo. Ya sé que en realidad no podía hacer nada. No era mi deber ni mi obligación, pero aún así, debí hacer algo.
Ahora estoy sentado en esta habitación. El viento aúlla a través de la ventana, y hace que las ramas de los árboles golpeen en los cristales y que las paredes crujan. Miro a mi alrededor y sonrío tristemente al contemplar cómo un niño se abraza a su madre, dos mesas más allá. En frente de mí, un hombre le da una larga y profunda calada a un cigarro y saborea el humo con una amplia sonrisa de satisfacción, antes de tragarlo. Bajo la cabeza, intentando olvidarme por un momento de la multitud de personas que me rodean, y mis ojos se encuentran con el macabro titular de un periódico: “Seis personas mueren asesinadas en un hotel”. Mis manos comienzan a temblar al recordar que yo estuve allí. El dolor me reconcome por dentro.
Debí hacer algo.
Entre lágrimas de dolor veo como las personas que me rodean ríen y juegan. Parece imposible que apenas unos días antes, el suelo y las mesas sobre las que ahora se apoyan hubieran estado cubiertas de sangre. Me levanto bruscamente, temblando de la cabeza a los pies, y  miro a mi alrededor desesperado. Necesito salir de allí, huir de los sonidos que me aterran, que me recuerdan. Atravieso la habitación entre las personas que ríen, hablan y viven.
Justo antes de salir extiendo la mano y aparto con violencia la cinta roja que la policía puso hace dos días en la puerta. Caigo al suelo presa de espasmos, y noto la frente y la espalda empapadas en sudor. Cuando siento la primera arcada y de mi boca sale el lúgubre y triste sonido del llanto, las voces de la habitación se apagan. Guardo silencio mientras intento recuperar el control de mi cuerpo que tiembla bruscamente. Cuando por fin lo consigo, cuando al fin tengo fuerzas y ánimos para girarme, admiro la silenciosa habitación.
Ha empezado a llover y el agua golpea con fuerza los cristales, como si de una funesta marcha fúnebre se tratara. El fuerte viento pone voz a esta macabra canción de dolor. A parte de aquello todo está quieto.
Ya no hay nadie. No pude evitarlo.

Relato disponible en El guardián de la fantasía. Si te ha gustado puedes compartirlo en tus Redes Sociales. También puedes adquirir la novela en El rincón de Carlos Moreno.
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