8/6/12


Sara Brademberg pasó un trapo húmedo por la barra de madera de la cafetería en la que trabajaba. El local debería haberse vaciado ya, pero el partido de futbol que enfrentaba a dos de los equipos más importantes de la liga había retrasado la tranquilidad que tanto deseaba.
Con un suspiro, llenó y sirvió una nueva jarra de cerveza para servírselo a un hombre que nada más cogerla pegó un bote para lamentarse porque un jugador había fallado. Los clientes gritaban, exaltados por las cuestionables decisiones del árbitro, y Sara maldijo a su jefe por haberla dejado sola precisamente ese día. La muchacha estaba segura de que, en aquel preciso instante, estaba cómodamente sentado en el sillón de su casa.
Al fin, los tres pitidos pusieron punto y final a la contienda y la gente comenzó a marcharse. Sara se apresuró a atravesar el local, pisando cascaras de pipas y servilletas de papel en su camino, para cerrar con llave la puerta. Una vez hecho, se apoyó en ella y observó el lugar. Ahora tendría que recogerlo todo. Sola, por supuesto.
Pero antes se tomaría un merecido descanso. Arrastrando los pies, se acercó a la nevera y sacó una botella de refresco. Cerró los ojos, intentando acallar el zumbido de sus oídos. Después de un día en el que el ruido había sido su único compañero, aquél silencio repentino la desquiciaba.
Luego echó un vistazo al reloj que había tras la barra con el distintivo de Coca Cola. En diez minutos su novio Guillermo debería llegar para recogerla y llevarla a casa.
Un golpe en la puerta la sobresaltó, justo en el momento en el que se llevaba el cuello de la botella a los labios. El líquido se derramó sobre su camiseta blanca. Era demasiado pronto para que Guillermo estuviera ya allí. Además, su novio siempre solía recogerla por la puerta trasera de la cafetería. Seguramente fuera algún cliente que no se había percatado de que acababa de cerrar.
—Mierda —maldijo, dedicando una fulminante mirada a la puerta de metal—. ¡Está cerrado!
Sara se levantó con gesto de fastidio, dejando sobre la mesa la botella y, con ella, sus esperanzas de descansar un momento.
La puerta era verde, con un pequeño postigo desde el que se podía ver el exterior. La muchacha había expresado más de una vez lo poco que le gustaba. No iba con el local, decorado con cuadros de estrellas de rock, guitarras y con cierto aire americano. Su jefe se empeñaba en no cambiarla. Según él, si la puerta estaba siempre abierta. ¿Qué más daba como fuera?
Pero en aquellos momentos, lo que menos le importaba a Sara era la puerta. Solo quería descansar. Por eso abrió el postigo de mal humor, dispuesta a decirle a quién quiera que hubiera llamado que se fuera. Pero no había nadie. En lugar de una persona, se encontró con la amplia avenida en la que estaba el local. Era de noche, y las luces de las farolas iluminaban una calle completamente vacía. Un coche pasó a toda velocidad por la carretera, pero nada más.
—Capullos —se quejó la joven, convencida de que era víctima de alguna broma de los niños del barrio. Con expresión agotada, se giró para volver a su mesa, con su refresco—. Deberían estar acostados.
De nuevo, la puerta volvió a temblar, esta vez con más fuerza.
—Malditos niñatos —Sara se giró y corrió para abrir de nuevo el postigo, con la esperanza de pillar desprevenidos a los niños.
Sin embargo, no fueron niños lo que vio. El terror se apoderó de ella cuando un rostro desfigurado apareció en el marco de la ventana. Tenía la piel blanquecina y unos aterradores ojos completamente negros. Sus labios oscuros se curvaban en una diabólica sonrisa, plagada de dientes amarillentos terminados en punta.
Sara cayó al suelo, impresionada y sintiendo el corazón golpear su pecho. Su espalda golpeó contra la barra de ladrillo, provocándole un agudo dolor. La puerta comenzó a temblar al ser golpeada desde fuera. Varias abolladuras aparecieron en el metal.
Presa del miedo, Sara se arrastró en el suelo, intentando alejarse lo más posible de allí, pero la puerta cedió y se derrumbó con un estruendo. La criatura penetró entonces en el local. La joven se arrodilló cuando sintió los pasos acercarse a ella. Quiso correr hasta la puerta trasera.
Sin embargo, una garra rodeó su tobillo e impidió su avance. Sara gritó e intentó aferrarse desesperadamente a una silla, que cayó al suelo, cuando el ente tiró de ella. Las manos de la joven agarraron el aire. Logró girarse a duras penas. El monstruo la miró con aquellos ojos que contenían todo el horror del infierno. En un acceso de valentía, se obligó a golpearle. La planta de su zapatilla Nike se estrelló en su rostro y la garra soltó su tobillo.
Sara aprovechó ese pequeño respiro para levantarse y correr hacia la parte trasera del local. Tal vez pudiera escapar por allí. Pero la criatura volvió al ataque, agarrándola del pelo. La joven emitió un grito de dolor y se derrumbó sobre el suelo.
Sintió que le faltaba el aire cuando el monstruo que la atacaba se alzó sobre ella, levantando unos brazos terminados en garras negras. Sara cerró los ojos, aterrada. No sabía qué era aquella criatura, ni por qué quería matarla, pero estaba segura de que cuando esas uñas descendieran, todo habría terminado para ella.
Pero dos disparos resonaron en el local y Sara abrió los ojos a tiempo de ver como el monstruo caía hacia un lado, emitiendo un chillido de dolor. Nada más tocar el suelo, el cuerpo se deshizo en una nube de arena dorada.
—¡Arriba! —le ordenó una voz mientras dos fuertes manos la agarraban de los brazos para ayudarla a incorporarse—. Hay que irse.
—¿Quién eres tú?
El desconocido, un hombre alto, con el cabello oscuro cayendo en cascadas sobre sus hombros, la miró con sus ojos marrones. Luego movió la cabeza para observar la puerta de la cafetería.
En ese momento, otra criatura entró en el local y saltó hacia ellos. El recién llegado alzó su arma una vez más y, con tranquilidad, disparó dos veces. De nuevo, la arena dorada se expandió por el lugar, rodeándoles a ambos, hasta desaparecer poco antes de llegar al suelo.
—Me llamo Víctor Alias —contestó— y no es precisamente un buen momento para hablar.
Tras decir esto, Alias agarró a Sara de la muñeca y la obligó a caminar hacia el fondo de la cafetería. Atravesaron la cocina y, una vez frente a la puerta trasera, la abrió con un rápido movimiento.
—¿Cómo sabías que estaba esta puerta aquí? —quiso saber Sara, que no estaba muy segura de si alegrarse o no de la aparición de aquél extraño hombre.
—Llevo tiempo vigilándote —Víctor tiró de ella para cruzar el callejón en el que se habían internado, con el arma firmemente afianzada en su mano, alerta.
—¿Me espiabas? —Sara se soltó de Alias y retrocedió unos pasos—. ¿Quién demonios eres? ¿Y qué eran esas cosas?
El hombre miró a Sara con expresión de fastidio
—Esas cosas son las que te habrían matado si yo no hubiera estado espiándote estos días. Ahora, si no es mucho pedir, deberíamos irnos —añadió.
—¿Qué hacían esas criaturas en mi cafetería?
—¡Joder! —maldijo Víctor, apuntando a la muchacha con su arma.
Sara cerró los ojos, sobresaltada al escuchar el disparo. Cuando una lluvia de arena dorada cayó sobre ella, comprendió lo que había sucedido.
—¿Quieres seguir hablando? —preguntó Alias, girándose para inspeccionar los alrededores—. ¿O prefieres esperar a que te maten?
La camarera no se lo pensó dos veces y siguió al hombre a través del callejón. Salieron a la avenida principal, completamente vacía a aquellas horas. Víctor paseó la mirada por cada edificio, cada esquina y cada rincón oscuro.
—Parece que estamos solos —confirmó al fin, guardándose el arma tras su chaqueta negra—. Sólo tres. Qué raro.
Luego se volvió para encararse con Sara y en aquél momento, bajo la luz de una farola, la chica vio con más claridad el rostro de su salvador. El cabello largo y negro enmarcaba una cara de bellas facciones pero de expresión derrotada. Sin embargo, la amplia sonrisa de Víctor, cargada de buen humor, otorgaba al hombre cierto aire de misterio.
—Tienes algo que necesito —dijo Víctor de pronto—. Quítate todas las joyas que lleves encima.
Sara dio un paso atrás al escuchar aquellas palabras.
—¿De verdad has montado todo esto para robarme?
—¿Robarte? —repuso Alias con una sonrisa—. No, de eso nada. No quiero robarte. Al menos no como tú piensas —añadió tras meditarlo un momento.
—De todas maneras no tengo ninguna joya encima —replicó ella.
—¿Nada?
—No, así que ya puedes dejarme en paz e irte por dónde has venido.
Víctor se acercó a ella y volvió a sacar el arma.
—Lo siento, pero eso no será posible —replicó apuntando a la chica—. Por favor, haz memoria. Busco algo antiguo. Tal vez un collar, o un anillo.
—No tengo anillos ni nada por el estilo. No me gustan las joyas.
—¿Qué está pasando aquí, Sara? —preguntó de pronto una voz tras ellos.
Alguien se abalanzó sobre Víctor, desviando el arma y provocando que se disparara contra el suelo. Alias se revolvió y golpeó en el rostro al hombre que le había atacado.
—¡Guillermo! —Sara corrió a auxiliar al hombre, que estaba arrodillado en el suelo, apretándose dolorido la nariz—. ¡Estúpido! —gritó, fulminando con la mirada a Víctor—. Es mi novio.
—Lo siento —se disculpó Víctor, levantando las manos para dar a entender que no había querido hacerle daño.
Pero Guillermo, se levantó y, rojo de ira, se volvió a lanzar sobre Alias. Ambos cayeron y forcejearon en el suelo. Se golpearon y rodaron, arrastrando en su camino la suciedad. La pistola salió despedida hasta perderse en la oscuridad.
Entonces, entre golpe y golpe, Víctor vio que una sombra se alzaba tras Sara.
—¡Mierda! —maldijo, intentando quitarse de encima a Guillermo.
Un golpe le hizo callar. Víctor empujó con fuerza para colocarse sobre el otro, pero fue inútil. Realmente era un hombre fuerte. Movió la cabeza para intentar localizar el arma. A un par de metros de ellos vio el brillo metálico de la culata.
—Oye, tu chica está en peligro. Hay que…
El grito de la muchacha resonó entre las paredes del callejón. Guillermo se detuvo y se giro para ver como su novia era arrastrada por el tobillo por una extraña y nauseabunda criatura. La muchacha, intentaba agarrarse a todo lo que tenía a mano sin éxito.
Sin pensarlo un instante, se desentendió de Víctor y corrió para rescatar a la chica.
—¡No! —gritó Víctor, girándose para arrastrarse hasta la pistola.
Un nuevo grito de Sara obligo a Víctor a girarse con el arma fuertemente aferrada entre las manos. Allí, en el suelo, vio como la criatura asestaba un letal zarpazo a Guillermo en el pecho.
Dos disparos mataron al monstruo y la lluvia de arena dorada cayó sobre la muchacha, que se acercó llorando a su amado. El cuerpo de Guillermo yacía inmóvil sobre el pavimento. Un río de sangre caía de su camiseta para acabar derramándose sobre el suelo.
—Guille, no, por favor —susurraba—. No te vayas.
Pero él no contestó. Su mirada vidriosa, sin vida, se clavaba en los ojos de Sara, que agitaba su cuerpo, esperanzada en encontrar un halito de energía en él. Pero la vida se le había escapado.
—Lo siento —Víctor se acercó a ella y posó una mano en su hombro—. No pude prever…
—¡Maldito desgraciado! —explotó Sara, librándose de un movimiento del apretón de Alias—. ¡Ha sido por tu culpa! ¡Tú lo has matado!
Cuando ella intentó golpear a Víctor, este agarró las muñecas de la muchacha y la detuvo. Luego, de un rápido movimiento la obligó a girarse para inmovilizarla.
—Sé lo que debes estar sintiendo y te comprendo —dijo, intentando imprimir dulzura a su voz—. Te prometo que podrás llorar su pérdida. Pero no hoy. No ahora. No querrás estar aquí dentro de un rato.
—¡Guillermo! —gritó de pronto Sara, con la voz poseída por la esperanza—. ¡Estás vivo!
Sorprendido, Víctor soltó las muñecas de la muchacha y miró al hombre, que acababa de abrir los ojos y los clavaba con amor en su novia. Alias sacudió la cabeza desconcertado. Era imposible, él había visto cómo la criatura le arrancaba la piel del pecho. No podía estar vivo.
La respuesta llegó en el momento en el que Guillermo se arrojó sobre Sara al mismo tiempo que sus ojos se volvían completamente blancos. La muchacha, convencida de que su amado le iba a dar un abrazo, se inclinó hacia delante. El terrorífico grito que surgió de la garganta de Guillermo sobresaltó a la joven, que vio como las manos de su novio se abalanzaban sobre su cuello. Pero Víctor llegó a tiempo, agarrándola de un hombro y empujándola hacia atrás. Los brazos de Guillermo se cerraron en el aire y, con una agilidad sobrenatural, se arrastró en el suelo, hasta alejarse unos metros
—¿Qué le ha pasado? —quiso saber Sara, sin apartar la mirada del hombre. Su cara estaba salpicada de gruesas lágrimas.
—Ya no es Guillermo —contestó Víctor, sacando su móvil del bolsillo.
Mientras Guillermo se levantaba, Alias le hizo varias fotos y luego, volvió a guardarlo. El cañón de su arma apuntó directamente al pecho.
Sara parecía estar de acuerdo con Víctor.
—Y si no es él ¿qué es?
—No lo sé, pero tenemos que irnos. ¡Ya!
Los ojos de Guillermo tornaron blancos y dio un salto que ningún ser humano podría haber dado nunca. Su cuerpo se elevó varios metros en el aire, pero Víctor descargó varios proyectiles en su pecho y lo hizo caer de nuevo al suelo.
Sin esperar un instante más, las dos figuras se giraron y corrieron para perderse en las calles. En el callejón, el cuerpo que había sido de Guillermo se levantó con facilidad. Tres balas cayeron al suelo, cuando las heridas de su pecho se cerraron instantáneamente y las expulsaron al exterior.
Luego, sus ojos blancos se clavaron en el callejón por el que se habían perdido Víctor y Sara.


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1 susurros en la guarida:

Acterateuim (Josema Beza) dijo...

No me piques más la seguridad que me va a tocar adelantar su lectura

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